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2 de julio de 2026

DESPIDEN A UNA PROFESORA POR PEDIR QUE NO MATEN NIÑOS EN GAZA

Fátima llora porque la han echado de su trabajo. Era profesora infantil en Luxemburgo. Su “delito”: defender a los niños palestinos y pedir algo tan básico, tan humano, tan insoportable para algunos, como que Israel deje de matar. Esa es la época oscura que estamos viviendo: un mundo donde la empatía se castiga, donde señalar un genocidio puede costarte el empleo y donde la maquinaria de presión sionista intenta convertir la humanidad en una falta laboral.

Pero lo que pasó después también importa. Sus alumnos y alumnas salieron a apoyarla, pidieron que volviera, le demostraron cariño y dejaron una imagen difícil de borrar. Frente a la política del miedo, del silencio y del castigo, apareció algo mucho más fuerte: apoyo mutuo. Ni grandes discursos ni cinismo institucional. Niños y niñas entendiendo mejor la decencia que muchos adultos con poder.

Porque el caso de Fátima no es una excepción. Hay cuentas silenciadas, trabajadoras y trabajadores presionados, voces perseguidas, activistas criminalizados y personas castigadas simplemente por pedir que cese el genocidio contra el pueblo palestino. Y ante cada intento de imponer silencio, solo queda una respuesta: abrazarnos más fuerte, hablar más alto y no permitir que defender la vida se convierta en motivo de despido.

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