Quieres suscribirte al blog?

Colaborando con...

18 de septiembre de 2026

EL VATICANO SITÚA EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN EN EL CORAZÓN DE LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA.

El pasado 2 de septiembre de 2026, la Santa Sede dio a conocer el documento Prendersi cura della nostra Casa comune: Risposta responsabile e fraterna al Dio trinitario (Cuidar nuestra Casa común: respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario), elaborado por la Comisión Teológica Internacional. Su secretario general, Piero Coda, explica que el texto no pretende ser exhaustivo ni ofrecer la última palabra sobre la cuestión ecológica, sino ayudar a redescubrir el fundamento teológico del cuidado de la Casa común.

El documento recoge y profundiza un camino que Francisco había situado en un lugar central de la reflexión de la Iglesia, especialmente con Laudato si’. Pero da un paso más: se pregunta por qué el cuidado de la creación pertenece a la propia comprensión cristiana de Dios, de la creación y del ser humano.

No estamos, por tanto, ante otro documento sobre medio ambiente. La novedad está en que la cuestión ecológica entra de lleno en la reflexión teológica.

La creación habla de Dios

El documento comienza desde el centro mismo de la fe cristiana: Dios Trinidad.

Si Dios es comunión, relación y amor, la creación no puede entenderse como un conjunto de objetos independientes puestos a disposición del ser humano. La realidad creada lleva, según la Comisión, una «huella trinitaria»: todo está relacionado y participa, de algún modo, de una red de vínculos que hace posible la vida.

Esta mirada cambia también nuestra comprensión del mundo. La naturaleza deja de ser simplemente aquello que debemos conservar porque necesitamos sus recursos. Es creación, es decir, don recibido y realidad que remite a su Creador.

Por eso, para la teología cristiana, destruir la creación o vivir de espaldas a su deterioro no es una cuestión indiferente para la fe.

¿Qué tiene que ver la ecología con la teología?

Mucho más de lo que podría parecer a primera vista. 

La Comisión Teológica Internacional plantea que la crisis ecológica afecta a las tres relaciones fundamentales de la persona: su relación con Dios, con los demás y con la creación. Cuando una de estas relaciones se rompe, las otras también quedan afectadas.

Aquí aparece uno de los aspectos más significativos del documento. La CTI propone reflexionar sobre el pecado contra la creación y contra el Creador, en relación con las nociones de pecado social y de estructuras de pecado.


No significa convertir la ecología en una nueva lista de obligaciones morales. Significa reconocer que nuestras decisiones, nuestros estilos de vida y también las estructuras económicas y sociales que construimos tienen consecuencias sobre la vida de otros seres humanos y sobre el conjunto de la creación.

La cuestión ecológica adquiere así una dimensión espiritual: ¿qué relación estamos estableciendo con aquello que hemos recibido como don?

Ni dueños absolutos ni espectadores

El documento también evita dos extremos.

Por un lado, cuestiona un antropocentrismo que convierte al ser humano en dueño absoluto y legitima una utilización ilimitada de la naturaleza. Pero tampoco propone eliminar la singularidad de la persona humana y colocarla simplemente como un elemento más del ecosistema.

La propuesta cristiana es una antropología integral.

El ser humano posee una dignidad particular, pero esa dignidad lleva consigo una responsabilidad. No se le entrega la creación para que la domine arbitrariamente, sino para que la cuide, la cultive y contribuya a su desarrollo.

Ser humano, desde esta perspectiva, significa también ser responsable de la Casa que compartimos.

Una conversión que empieza por la mirada

La Comisión habla de una auténtica conversión ecológica.

Y aquí vuelve a aparecer la dimensión teológica. La conversión no consiste únicamente en cambiar determinados comportamientos —aunque también sea necesario—, sino en transformar la mirada desde la que vivimos.

Preguntarnos qué consumimos, cómo utilizamos los recursos, qué modelo económico sostenemos o qué consecuencias tienen nuestras decisiones forma parte de esa conversión.

La sostenibilidad, afirma el documento, no puede quedar reducida a una cuestión técnica: debe convertirse en un criterio que oriente nuestro estilo de vida y el modelo económico que lo sostiene.

La conversión ecológica implica también escuchar simultáneamente el grito de la Tierra y el grito de los pobres. Porque la crisis ambiental y la crisis social no son dos problemas independientes. Quienes sufren mayormente la degradación de la Casa común suelen ser también quienes se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad.

Volver a mirar la creación

Hay, finalmente, una dimensión espiritual que atraviesa todo el documento: recuperar la capacidad de contemplar la creación.

El texto comienza evocando la experiencia de san Juan de la Cruz ante la belleza de la naturaleza y su capacidad para descubrir en ella la huella de Dios. No se trata de una mirada ingenua que ignore la gravedad de la crisis actual. Al contrario: recuperar la contemplación puede ayudarnos a pasar de considerar el mundo como un objeto de utilización a reconocerlo como una realidad de la que formamos parte.

Quizá ahí esté una de las aportaciones más profundas de esta reflexión de la Comisión Teológica Internacional.

La ecología no llega a la teología desde fuera. Surge de una determinada manera de comprender quién es Dios, qué es la creación y quiénes somos nosotros dentro de ella.

Por eso, cuidar la Casa común no es solamente una cuestión ambiental, científica, económica o política. También es una cuestión de fe.

Y quizá la pregunta que este nuevo documento deja abierta para cada creyente sea tan sencilla como exigente: si creemos que el mundo es creación de Dios, ¿cómo podemos relacionarnos con él sin sentirnos responsables de su cuidado?

Por María Eugenia Massariol

Fe Adulta