Se están realizando los
más variados análisis de las elecciones brasileñas, con el sorprendente ascenso
de la extrema derecha, generalmente utilizando categorías propias de una
sociología integral. Estos análisis son necesarios. Sin embargo, la gravedad de
la crisis brasileña, que es también planetaria, es de tal magnitud que nos
faltan categorías adecuadas para comprenderla. Considero que necesitamos una
mirada filosófica, pues se trata de ir a las raíces para encontrar alguna luz
esperanzadora.
Parto de la percepción
generalizada de que el mundo, tal como está, no puede continuar. Existen
demasiadas y graves amenazas al futuro de la vida. De continuar así, advertía
Zygmunt Bauman, “engrosaremos el cortejo de quienes se encaminan hacia la fosa
común”. Ya antes, en 1930, Freud había escrito El malestar en la cultura,
concluyendo, en la última página, con esta sombría frase: “Ahora los hombres
han avanzado tanto en el dominio de las fuerzas de la naturaleza que, con su
ayuda, les resultará fácil exterminarse unos a otros hasta el último individuo”
(edición Vozes, 2026, p. 129). Actualmente, con el arsenal destructivo
existente, acrecentado por la IA autónoma, esto puede convertirse en una realidad.
Existe, pues, un
malestar colectivo en el mundo que encuentra en el vertiginoso ascenso del
fascismo y de la extrema derecha en Brasil, especialmente en los Estados Unidos
y en otros lugares, una comprobación innegable.
Por mi parte, diría,
como hipótesis, que esta atmósfera enemiga de la vida y de la convivencia
fraterna entre los seres humanos y con la naturaleza deriva de una radical
decepción que degeneró en una profunda depresión.
La decepción residiría
en el fracaso de todas las promesas formuladas por los grandes relatos de los
últimos siglos: la Ilustración, el capitalismo, el socialismo, las democracias,
las tecnociencias de la comunicación —internet, Twitter, Facebook, etc.— y la
inteligencia artificial. Las promesas no se cumplieron.
La decepción
generalizada desembocó en una gran depresión colectiva: una terrible ola de
odio, rabia, noticias falsas y violencia está cubriendo el planeta y Brasil. La
depresión nos roba la alegría de vivir.
Siempre hubo crisis y siempre las habrá en todas las culturas. La nuestra es singular porque es planetaria. ¿Habrá alguna luz en la inmensa obra de doce tomos del historiador inglés Arnold Toynbee, ¿A Study of History? En ella muestra cómo las culturas surgen, se desarrollan, alcanzan su apogeo y mueren, siendo sustituidas por otras.
Toynbee utiliza dos
categorías básicas: desafío (challenge) y respuesta (response). Cuando el
desafío es de poca envergadura, la civilización responde y florece. Cuando el
desafío es mayor que su capacidad de respuesta, la civilización entra en
crisis, puede prolongar su agonía, pero finalmente desaparece. Esta es una
exposición simplificada de una obra compleja y extremadamente erudita. Tal vez
su límite consista en no haber considerado la lucha de clases que, queramos o
no, siempre se produce en las sociedades complejas.
Ahora nos encontramos
bajo el predominio de la incapacidad de responder, pues el desafío supera
nuestra capacidad. Irrumpe entonces la depresión.
¿Existe alguna salida
para este atolladero? ¿O ha llegado nuestro turno de cerrar nuestro ciclo
dentro de la cosmogénesis y desaparecer? Es sabido que todos los seres, después
de haber vivido durante millones de años sobre este planeta, alcanzaron su
clímax y desaparecieron. ¿Tendríamos también nosotros el mismo destino? Dejo la
cuestión abierta, pues no nos parece improbable ni imposible, ya que nosotros
mismos hemos creado los medios para autodestruirnos.
Mi sentimiento del
mundo me dice que, cuando desfallecen las utopías, incluso las más modestas, de
mejora dentro del sistema imperante, solo nos queda volvernos hacia nosotros
mismos. Somos una fuente inagotable de potencialidades y virtudes y poseemos
una capacidad ilimitada para las relaciones y la creatividad.
A pesar de ser
contradictorios, hechos de luz y de sombras (C. G. Jung), sabios y dementes (E.
Morin), eros —vida— y thánatos —muerte— (Freud), podemos potenciar de tal
manera nuestra positividad que seamos capaces de definir un nuevo rumbo y una
nueva esperanza.
En este sentido resulta
inspiradora la teoría del caos, formulada por el ruso-belga Ilya Prigogine
(1917-2003), Premio Nobel de Química en 1977 (Order out of Chaos), y por
Lorenz/Gleick. El universo se originó a partir de un fantástico caos inicial,
el Big Bang. La evolución se realizó y continúa realizándose poniendo orden en
ese caos originario, creando órdenes cada vez más elevadas y complejas hasta
irrumpir en el ser humano con la inteligencia, el sentimiento, el amor y el
cuidado.
La naturaleza del caos
consiste en ser, al mismo tiempo, destructiva y generativa. Destruye un orden
vigente que ha agotado sus posibilidades, pero guarda seminalmente en su
interior un nuevo orden. Una vez concluido el proceso de destrucción, irrumpe
ese nuevo orden. Este inaugura otra historia hasta que él mismo se agota y comienza
a mostrarse caótico y destructivo. Pero conserva en su interior aquello nuevo
que está por surgir.
En la actual fase
histórica global nos encontramos bajo la energía destructiva del caos, pero
dentro de ella está germinando un nuevo orden, un nuevo mundo que, creemos,
será amigo de la vida, de la fraternidad universal —también con los seres de la
naturaleza—, justo y tierno, y que permitirá convivir y amar mejor.
Superaremos el caos
destructivo bolsonarista-fascista, expresado en las elecciones de la primera
vuelta, mediante el caos generativo de Luiz Inácio Lula da Silva, quien,
esperamos, triunfará para llevar adelante el proyecto de inclusión de los
pobres.
Por lo tanto, no
desesperemos. Esta lectura, que pretende ser filosófica, puede infundirnos un
renovado modo de esperar.
Leonardo Boff es
filósofo, teólogo y escritor. Escribe para la revista LIBERTA del IC.
(https://www.revistaliberta.com.br);Es autor también de Crisis: oportunidad de
crecimiento (Vozes). Vozes 2011: https://www.leonardoboff.org).
Publicacion en Facebook de Leonardo Boff


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