Quieres suscribirte al blog?

Colaborando con...

12 de mayo de 2026

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE << Dilexi Te>>

El docente y escritor venezolano Valmore Muñoz Arteaga examina los puntos clave de la Exhortación Apostólica Dilexi Te (Te he amado), el primer texto del papa León XIV, cuyo tema central es el amor a los pobres.

Antes de dar inicio formalmente a estas reflexiones, debo dejar claro que, cuando la Iglesia cuestiona con vehemencia los desvíos del hedonismo, entiende perfectamente que se trata de un hedonismo que se ha desviado, incluso, de sus fuentes originarias. No está mirando hacia Epicuro, para quien el placer es lo que separa del sufrimiento y la moderación es el camino más expedito para ello. Un hedonismo que desarrolló una ética basada en el placer, pero no un placer cualquiera, sino aquel que brota de un gran autocontrol y de una profunda madurez intelectual. El hedonismo moderno, al cual la Iglesia cuestiona sistemáticamente, es muy distinto, vacuo, superficial, consumista y descontrolado.

El papa León XIV hizo público el pasado mes de octubre el primer documento de su naciente pontificado, la Exhortación Apostólica Dilexi Te (Te he amado), cuyo tema central es el amor a los pobres. Documento que comenzó a redactar el papa Francisco como una especie de cierre conclusivo a su última Carta Encíclica Dilexit Nos (Nos amó).

En la exhortación, León XIV expone claramente esta perniciosa visión de la existencia como un mal que desarticula el encuentro entre el hombre y su propia dignidad, saboteando así la posibilidad de alcanzar su plenitud, es decir, la razón por la cual está aquí.

Michel Onfray, defensor del hedonismo clásico, acusa vehemente esta visión del placer que reconoce como vulgar, debido a que ha puesto como objetivo de felicidad el acceso a los objetos de consumo y no al engrandecimiento del espíritu humano.

Tanto Francisco como León XIV señalan al hedonismo moderno como el germen que ha conducido a la marginación y descarte de seres humanos de una sociedad cada vez más eficientista y despiadada. Frente a ella, nos recuerdan que cada uno es valioso a los ojos del Señor, volviendo su mirada a unas palabras que iluminan el libro del profeta Isaías: “Porque tú vales mucho a mis ojos, yo doy a cambio tuyo vidas humanas; por ti entregaría pueblos, porque te amo y eres importante para mí” (Is 43, 4).

No solo se trata de volver a poner a la dignidad de la persona humana en el centro del pensamiento, sino que, a su vez, hay un afán por relanzar al catolicismo como un humanismo que vuelve a beber con intensidad de las aguas del Concilio Vaticano II.

También de los magisterios de León XIII, San Juan XXIII y San Pablo VI. Magisterios caracterizados, precisamente, por sortear la reflexión social, cultural, política y económica desde el amor o, mejor aún, desde un rescate de la categoría de prójimo, que trasciende olímpicamente la idea de otro.

Dilexi Te abrazará el recuerdo de San Francisco de Asís como modelo para desmontar la fachada hedonista de una realidad que ha buscado fragmentar al hombre, orientándolo hacia el desarraigo de sí mismo y de su participación protagónica en los procesos históricos y sociales.


En el pobre de Asís encuentran esa figura que contradice los valores que la sociedad del espectáculo impone como norma de aceptación. En el caso de Francisco, apunta León XIV, la vida fue un continuo despojarse: “del palacio al leproso, de la elocuencia al silencio, de la posesión al don total”. Despojarse, en este sentido, es reorganizar la escala de valores en torno a la persona y no a las cosas, de cuyo corazón emana una ilusión de felicidad.

Ilusión que, según León XIV, “deriva de una vida acomodada que mueve a muchas personas a tener una visión de la existencia basada en la acumulación de la riqueza y del éxito social a toda costa, que se ha de conseguir también en detrimento de los demás y beneficiándose de ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes”.

Implícitamente, León XIV y Francisco dejan pistas sobre este despojarse franciscano. En Dilexi Te, la Iglesia nos pone frente al espejo por medio de cuestiones a las que debemos responder, no frente al público esperando el aplauso, muchas veces cómplice, sino poniéndonos en presencia de Dios: “los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como seres humanos, y solo deben limitarse a sobrevivir?”.

Preguntas que, si intentamos ser coherentes con la verdad, deberían, al menos, incomodarnos terriblemente. No porque seamos responsables directos de ello, sino porque nuestro comportamiento nos hace cómplices de la cultura hedonista del descarte.

Dilexi Te nos propone hacernos responsables a través de una atención amante. Atención amante es un concepto que no solo me recuerda hermosas líneas cargadas de sentido de Fratelli Tutti y Dilexit Nos, sino el pensamiento vivo y ardiente de Simone Weil, para quien la atención es fruto del amor.



No puede existir verdadera atención si no prima en el corazón un volcamiento existencial sobre el otro, sin socavar su libertad; solo de esa manera podemos dejarnos asombrar por el esplendor de la belleza: “el verdadero amor siempre es contemplativo, nos permite servir al otro no por necesidad o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia”, apunta Dilexi Te.

Esta concepción hedonista sustenta su universo de placer en la esclavitud del hombre a las cosas. Curiosamente, y como ha señalado Byung Chul-Han, esto ocurre a partir de un vaciado de esas mismas cosas, pues han terminado suprimidas en un cosmos digitalizado, desmaterializado y descorporeizado, atentando, además, contra la verdad y la belleza. Han tejido una nueva visión de la belleza alejada de todo principio sagrado y una verdad despojada de sentido, pero cargada de narrativa.

En Dilexi Te, León XIV nos invita a volver al amor, o como lo señaló Francisco: volver al corazón, esto es, volver al centro del ser, a su interioridad espiritual. Este es el reto que supone aceptar la invitación que hace la Iglesia en estos tiempos: ser signos de contradicción. Recuperar el sentido y sustento de la vida que solo se encuentra, como siempre se ha sabido, en las fuentes del amor.


por Valmore Muñoz Arteaga