UN DESAFÍO PERMANENTE
He decidido recordar esta bimilenaria historia de atención eclesial a los
pobres y con los pobres para mostrar que esta forma parte esencial del camino
ininterrumpido de la Iglesia.
El cuidado de los pobres forma parte de la gran Tradición de la Iglesia,
como un faro de luz que, desde el Evangelio, ha iluminado los corazones y los
pasos de los cristianos de todos los tiempos. Por tanto, debemos sentir la
urgencia de invitar a todos a sumergirse en este río de luz y de vida que
proviene del reconocimiento de Cristo en el rostro de los necesitados y de los
que sufren.
El amor a los pobres es un elemento esencial de la historia de Dios con nosotros
y, desde el corazón de la Iglesia, prorrumpe como una llamada continua en los
corazones de los creyentes, tanto en las comunidades como en cada uno de los
fieles.
La Iglesia, en cuanto Cuerpo de Cristo, siente como su propia
<<carne >>la vida de los pobres, que son parte privilegiada del
pueblo que va en camino. Por esta razón, el amor a los que son pobres __en
cualquier modo en que se manifieste dicha pobreza--- es la garantía evangélica
de una Iglesia fiel al corazón de Dios.
De hecho, cada renovación eclesial ha tenido siempre como prioridad la atención preferencial por los pobres, que se diferencia, tanto en las motivaciones como en el estilo, de las actividades de cualquier otra organización humanitaria.
El cristiano no puede considerar a los pobres sólo como un problema
social; estos son una <<cuestión familiar >>, son <<de los
nuestros >>.
Nuestra relación con ellos no se puede reducir a una actividad o a una
oficina de la Iglesia. Como enseña la Conferencia de Aparecida, <<se nos
pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos
con interés, acompañarlos en los momentos más difíciles, eligiéndolos para
compartir horas, semanas o años de nuestra vida, y buscando, desde ellos, la
transformación de su situación.
No podemos olvidar que el mismo Jesús lo propuso con su modo de actuar y
con sus palabras >>.
Colaboración de Juan García de Paredes.
