Mt 15, 21-28
Hijo de su tiempo, parece ser que Jesús tenía claro que su misión debía ceñirse al territorio y a la gente de Israel. Y, sin embargo, en este texto —que probablemente no sea histórico, sino un añadido posterior que buscaba justificar la apertura de la comunidad a los gentiles—, se presenta como alguien capaz de soltar su creencia anterior, abriéndose a la novedad que descubre tras el diálogo con esta mujer extranjera. Esto, en lenguaje evangélico, se llama “conversión” (o “metanoia” = más allá de la mente = dar la vuelta a nuestro modo de ver).
Es probable que todos y
todas hayamos pasado por etapas de rigidez, convencidos de que era eso lo que
exigía la coherencia con nuestro propio punto de vista o nuestra propia
creencia. Entre los humanos, la adhesión a lo que pensamos o creemos nos
conduce fácilmente a la intolerancia.
La persona sabia, sin
embargo, es flexible. Porque es humilde y porque ha trascendido el apego a las
propias ideas y creencias, desde la “sabiduría del no saber”. La humildad y el
desapego la convierten en una persona abierta y dócil a la vida, como cauce
limpio que permite que la vida y la verdad fluyan a través de él.
Vivir apegados o
aferrados a las propias ideas o creencias o a la propia perspectiva, no es sino
una consecuencia de la necesidad infantil de tener razón, que denota una
carencia de seguridad básica. La inseguridad no permite soltar, porque, sin
asideros —aunque sean ficticios o ilusorios—, la persona teme venirse abajo.
Soltar, dejarse mover, cambiar…, “convertirse”, solo es posible cuando la persona experimenta una seguridad de fondo que es fuente de confianza y le permite situarse ante lo que pueda ocurrir sin sentirse vitalmente amenazada
Enrique Martínez Lozano