Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

19 de agosto de 2026

LA PERSONA SABIA ES FLEXIBLE

Mt 15, 21-28

Hijo de su tiempo, parece ser que Jesús tenía claro que su misión debía ceñirse al territorio y a la gente de Israel. Y, sin embargo, en este texto —que probablemente no sea histórico, sino un añadido posterior que buscaba justificar la apertura de la comunidad a los gentiles—, se presenta como alguien capaz de soltar su creencia anterior, abriéndose a la novedad que descubre tras el diálogo con esta mujer extranjera. Esto, en lenguaje evangélico, se llama “conversión” (o “metanoia” = más allá de la mente = dar la vuelta a nuestro modo de ver).

Es probable que todos y todas hayamos pasado por etapas de rigidez, convencidos de que era eso lo que exigía la coherencia con nuestro propio punto de vista o nuestra propia creencia. Entre los humanos, la adhesión a lo que pensamos o creemos nos conduce fácilmente a la intolerancia.

La persona sabia, sin embargo, es flexible. Porque es humilde y porque ha trascendido el apego a las propias ideas y creencias, desde la “sabiduría del no saber”. La humildad y el desapego la convierten en una persona abierta y dócil a la vida, como cauce limpio que permite que la vida y la verdad fluyan a través de él.

Vivir apegados o aferrados a las propias ideas o creencias o a la propia perspectiva, no es sino una consecuencia de la necesidad infantil de tener razón, que denota una carencia de seguridad básica. La inseguridad no permite soltar, porque, sin asideros —aunque sean ficticios o ilusorios—, la persona teme venirse abajo.

Soltar, dejarse mover, cambiar…, “convertirse”, solo es posible cuando la persona experimenta una seguridad de fondo que es fuente de confianza y le permite situarse ante lo que pueda ocurrir sin sentirse vitalmente amenazada

Enrique Martínez  Lozano 

Fe Adulta