José Luis Sicre
Mt 5, 1-12a
No están todos los que
son…
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La oración de la misa
de hoy habla de «celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos».
Quienes conocen las listas interminables de santos y santas que contiene, día
por día, el Martirologio romano, considerará justo tenerlos a todos presentes
en una misma fiesta. Pero, con esto, pensamos en las personas que, al menos en
los últimos siglos, han sido canonizadas por la Iglesia tras un largo y costoso
proceso a propósito de sus virtudes heroicas. Quedan fuera los innumerables
cristianos que han vivido heroicamente su fe, esperanza y caridad, pero que no
han sido especialmente conocidos y, si lo han sido, sus devotos no disponían de
la gran cantidad de dinero necesaria para costear el proceso. Por eso, en esta
fiesta conviene volver al sentido de la palabra «santo» en las cartas del Nuevo
Testamento, cuando designaba a todo cristiano como consagrado a Dios. La fiesta
de hoy nos invita a celebrar e imitar a tantas personas buenas, «santas», que
hemos conocido en nuestra viday de cuyas virtudes nos hemos beneficiado.
Ocho puertas para
entrar en el Reino de Dios
En la Fiesta de Todos
los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma
de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la
historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco
espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.
Las bienaventuranzas no
son una carrera de obstáculos
Muchos cristianos
conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, una serie de ocho
vallas que debemos superar hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de
Dios. Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentimos
tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre
material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy
misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me
descalifique, me descalifico yo mismo». Las bienaventuranzas se convierten en
lo que no son: un código de conducta.
Las bienaventuranzas
son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios
Antonio Barluzzi, el
arquitecto que diseñó la basílica de las bienaventuranzas sobre una colina
junto al lago de Galilea, la concibió con una planta octogonal y ocho grandes
ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago. Sin embargo, las
bienaventuranzas, más que ocho ventanas para mirar al exterior son ocho puertas
para entrar al palacio del Reino de Dios.
Para entenderlas
rectamente hay que advertir dónde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran
discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica
la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de
un pagano.
A diferencia de los
políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice
claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los
interesados en seguirle, en formar parte de la comunidad cristiana (eso
significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos
imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la
parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento,
capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier
tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la
voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad
del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento
ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que
no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la
ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a
Dios.
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