Tanto Lucas como Mateo dan por supuesto el hecho, aunque lo explican de distinta manera. En Lucas se dan razones para justificar que Jesús nació en Belén, aunque no era de allí. Mateo trata de justificar por qué terminó viviendo en Nazaret, dando por supuesto que nació en Belén. Ambos resaltan la importancia de que el Mesías fuese descendiente de David, para ellos el más grande.
Recordamos el
nacimiento de Jesús, que sucedió en un lugar y en un momento determinado. Pero
lo que celebramos está más allá de toda circunstancia de tiempo y espacio. Si
se manifestó en Jesús, quiere decir que estaba en él, se encarnó en él. Podemos
estar seguros de que Dios es encarnación y nunca podrá dejar de encarnarse. El
Dios desencarnado no existe. La Realidad ni empieza ni termina, ni está aquí ni
está allá. Dios está en mí exactamente igual que en Jesús.
Para creer en la
encarnación hay que dejar de creer en un Dios desencarnado. Si no se manifiesta
en mí como se manifestó en Jesús, la culpa es solo mía. En Jesús ha nacido un
libertador. Pero en mí sigue habiendo un opresor, porque el salvador que hay en
mí, aún no ha nacido.
Repito, lo que Dios ha
hecho en el hombre Jesús, lo está haciendo hoy en mí. El nacimiento de Dios en
Jesús fue tarea de toda su vida. Nada se le dio como cómoda posesión
automática. También él tuvo que nacer de nuevo. El nacimiento del Espíritu
tiene que ser consciente.
Nunca puede ser un presupuesto, ni para Jesús ni para nadie. Se nos da gratis, pero hay que desenvolver el regalo, y la envoltura tiene muchas capas que nos fascinan y nos invitan (tientan) a quedarnos ahí y no seguir quitando capas inútiles. En lo más hondo de ti, estará siempre Él.
Miremos hacia dentro.
Cuando Pablo nos dice que somos otro Cristo, quiere decir algo muy profundo y real.
Dios está en mí; “yo y el Padre somos uno”, no es símbolo, sino realidad más
real que el Belén, los pastores, los magos y los ángeles juntos. Esto es lo que
estamos celebrando.
El portal de Belén no
es más que un símbolo sensible, pero dentro de mí, está la realidad de un Dios
identificado conmigo. Tengo que descubrir el Niño en mí. Toda la magia y la luz
que puedo percibir en esa escena, está dentro de mí. No permitáis que la
Navidad quede fuera.
Entonces la llevaréis
con vosotros a todas partes y os permitirá caminar, y los que os vean, podrán
caminar también a esa luz. Estamos celebrando no un hecho que pasó sino algo
que está pasando.
La buena noticia no es
que “en la ciudad de David os ha nacido un Salvador” sino que dentro de ti está
ese salvador y puedes darle a luz en cualquier instante. Para eso estás aquí.
Está dentro de ti, pero tan envuelto en trapos y capisayos que puedes quedarte
sin descubrirlo.
Celebrar la navidad es
dar a luz en nosotros a ese Niño, para que todos puedan ver que Dios sigue
naciendo aquí y ahora. No te conformes con celebrarlo en el recuerdo. Atrévete
a vivir la realidad presente y actual. Dios será siempre un Niño que yo tengo
que dar a luz como decía Eckhart.
Si miro hacia fuera,
puedo quedar deslumbrado por las luces o por los cantos de los ángeles, pero me
perderé el verdadero tesoro que está escondido en mí y en cada uno de los seres
humanos.
Para Dios, los
pastores, despreciados por la sociedad de entonces, son lo preferidos. Dios ve
su verdadero valor y los llama a su salvación. Otros en cambio le cierran las
puertas. Un pesebre es comedero. Este evangelio se escribió cuando la
eucaristía era ya práctica litúrgica significativa para el cristiano. Sin duda
el relato quiere hacernos pensar en Cristo pan de vida.
Jesús no responde a las
expectativas que lo judíos tenían con relación al Mesías. Los cristianos
cambiaron sustancialmente el significado de la salvación, pero siguieron
manteniendo el lenguaje aplicando conceptos distintos a las mismas palabras.
Aquí se precisa que la salvación es para los marginados, para los que no
contaban ni desde el punto de vista social ni del religioso.
Y en la tierra paz. ¡Ojalá descubriéramos el profundo significado de esta palabra! No se trata solo de ausencia de guerras, de conflictos, de refriegas. La paz es la consecuencia de una armonía, primero interna, luego hacia los demás. Desde lo divino que hay en nosotros, sería impensable cualquier guerra. Si Dios me acepta como soy, ¿por qué no puedo aceptar a los demás como son, sin pretender que sean como yo quiero que sean? Piensa que, al rechazarlos, rechazamos a Dios.
Fray Marcos


