Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

11 de junio de 2026

110 COMUNICADO CÍRCULO DE SILENCIO

                                                            Cádiz a 10 de junio de 2026. 

Nos reunimos una vez más en este Círculo de Silencio, en el corazón de nuestra ciudad, para hacer visible una realidad que con demasiada frecuencia permanece oculta: la situación de millones de personas migrantes y refugiadas que se ven obligadas a abandonar sus hogares en busca de seguridad, libertad y un futuro digno.

Este mes ha estado marcado por dos acontecimientos que nos invitan especialmente a la reflexión.

Por un lado, la conmemoración del Día Mundial de las Personas Refugiadas nos ha recordado que detrás de cada cifra hay una historia humana. Hombres, mujeres, niños y niñas que han tenido que huir de guerras, persecuciones, violencia, hambre o desastres ambientales. Personas que no abandonan sus hogares por elección, sino porque quedarse supone poner en riesgo su vida o la de sus seres queridos.

Según los últimos datos de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), más de 120 millones de personas en el mundo se encuentran actualmente desplazadas de manera forzosa por conflictos, persecuciones, violencia o violaciones de derechos humanos. De ellas, decenas de millones han cruzado las fronteras de sus países en busca de protección como refugiadas. Contrariamente a lo que a menudo se piensa, la mayoría no encuentra refugio en los países más ricos, sino en naciones vecinas a las zonas de conflicto, muchas de ellas con recursos limitados. Países como Turquía, Irán, Colombia, Uganda o Pakistán acogen a millones de personas refugiadas, demostrando que la solidaridad internacional sigue recayendo, en gran medida, sobre quienes tienen menos medios. Estos datos nos recuerdan que detrás de cada número hay una vida, una familia y una esperanza que merece ser acogida y protegida.

Por otro lado, hemos escuchado en estos días la voz del Papa, que ha vuelto a hacer un llamamiento a la acogida, a la fraternidad y al reconocimiento de la dignidad de todas las personas, sin importar su origen, cultura o situación administrativa. Sus palabras nos recuerdan que una sociedad se mide por la forma en que trata a quienes son más vulnerables y llegan llamando a sus puertas en busca de protección y esperanza.

Vivimos tiempos en los que con demasiada facilidad se extienden el miedo, los prejuicios y los discursos que presentan a las personas migrantes como una amenaza. Frente a ello, queremos recordar una verdad sencilla y profunda: nadie es ilegal; toda persona posee una dignidad inviolable que debe ser respetada y protegida.

Quienes llegan a nuestras costas, cruzan fronteras o emprenden caminos inciertos no buscan privilegios. Buscan aquello que cualquiera de nosotros desearía para sí mismo y para su familia: paz, trabajo, seguridad, oportunidades y un lugar donde poder vivir con dignidad.

La acogida no es únicamente una cuestión de solidaridad; es una cuestión de justicia y de humanidad. Acoger significa reconocer en el otro a un igual. Significa abrir espacios de encuentro, derribar barreras de indiferencia y construir comunidades donde nadie sea excluido por su origen o por la necesidad que le ha obligado a emigrar.

En los últimos meses escuchamos con frecuencia discursos que defienden la llamada "prioridad nacional", planteando que los derechos y recursos deben reservarse en primer lugar para quienes han nacido en un determinado país. Sin embargo, la dignidad humana no entiende de fronteras ni de nacionalidades. Los derechos fundamentales no son un privilegio que se concede según el lugar de nacimiento, sino un patrimonio común de toda la humanidad. Defender a quienes sufren no significa desatender las necesidades de la población local; una sociedad justa es capaz de proteger a los más vulnerables, sean nacionales o extranjeros. La solidaridad no se divide ni se agota cuando se comparte; al contrario, fortalece la convivencia y nos hace más humanos.

No hay que caer en la trampa que estas personas vacías nos quieren tender, de querer poner a pelear a los necesitados locales con las personas migrantes necesitadas.  Todas son  merecedoras de ser ayudadas y reconocidas

Desde este Círculo de Silencio queremos invitar a toda la ciudadanía a mirar más allá de los titulares y de los estereotipos. A descubrir los rostros, las historias y los sueños de quienes han llegado hasta nosotros. A comprender que la diversidad nos enriquece y que la convivencia se fortalece cuando se fundamenta en el respeto mutuo y la igualdad de derechos.

Hoy guardaremos silencio. Un silencio que no es indiferencia, sino compromiso. Un silencio que quiere ser voz para quienes no son escuchados. Un silencio que reclama dignidad, protección y esperanza para todas las personas migrantes y refugiadas.

Que este momento nos ayude a renovar nuestra voluntad de construir una sociedad más humana, más acogedora y más fraterna.

Amigos, comienza nuestro TIEMPO DE SILENCIO.

MESA DIOCESANA DE ATENCION Y ACOGIDA DE MIGRANTES Y REFUGIADOS DE CÁDIZ Y CEUTA.

Colaboración de Juan García de Paredes.