Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

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31 de julio de 2026

GUATEMALA, ISRAEL Y GAZA (IV): LA IGLESIA ANTE LOS NUEVOS CRUCIFICADOS DE LA HISTORIA


En torno a este Cristo, ubicado en el templo de San Juan Cotzal, El Quiché, están más de 450 cruces con los nombres de fieles laicos asesinados por el ejército. Foto del Hno. Santiago Otero Diez, Marista.

Si la tercera parte de esta reflexión nos condujo a descubrir que la memoria sólo alcanza su plenitud cuando se convierte en responsabilidad ética, quedan todavía algunas preguntas decisivas: ¿qué significa recordar desde la fe cristiana? ¿Qué misión corresponde a la Iglesia cuando la humanidad continúa produciendo nuevas víctimas? ¿Puede la memoria convertirse en una verdadera espiritualidad capaz de transformar la historia? A estas preguntas intentan responder la reflexión que sigue de la cuarta y última parte.

La Iglesia ante los nuevos crucificados de la historia

La memoria cristiana alcanza su máxima autenticidad cuando se traduce en compasión activa. No basta recordar a Cristo crucificado; es necesario reconocerlo allí donde continúa padeciendo en los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Ésta constituye una de las intuiciones más revolucionarias del Evangelio y uno de los rasgos más originales de la espiritualidad cristiana. Jesús no dejó a sus discípulos un catálogo de ideas para conservar celosamente, sino una nueva visión de la vida, una forma nueva de mirar la realidad, un nuevo modo de insertarse en ella para transformarla desde los valores del Reino. Allí donde un ser humano es herido en su dignidad, allí donde la vida es despreciada, donde el pobre es descartado o donde la guerra convierte a los inocentes en víctimas, allí continúa resonando el misterio de la cruz.

Por eso la Iglesia no puede reducir su misión solo a la administración de los sacramentos ni al cuidado de su propia vida interna o de su propia institucionalidad. Todo ello deberá hacerlo, pero desde la perspectiva del Reino. Cada Eucaristía celebrada, cada página del Evangelio proclamada y cada mártir venerado impulsan necesariamente a salir al encuentro de quienes permanecen tendidos al borde del camino de la historia. La memoria del Señor no encierra a la comunidad creyente dentro de sus templos; la convierte en un pueblo samaritano, dispuesto a inclinarse sobre toda herida humana sin preguntar primero por la identidad del herido.

La parábola del buen samaritano constituye, quizá como ninguna otra, la síntesis más luminosa de esta vocación. El sacerdote y el levita conocían las Escrituras, observaban la Ley y participaban del culto. Sin embargo, pasaron de largo. El samaritano, considerado extranjero y sospechoso por la religiosidad oficial de su tiempo, fue el único capaz de dejarse conmover por el sufrimiento de un desconocido. Jesús no pregunta quién tenía la doctrina más perfecta; pregunta quién se hizo prójimo. La respuesta cambia para siempre la comprensión cristiana de la memoria. Recordar a Dios significa hacerse cercano al ser humano herido.

El Buen Samaritano. Creación con asistencia de la IA del sacerdote Guillermo Rosas, chileno, liturgista y profesor del Cebitepal, Bogotá, Colombia

Esta enseñanza adquiere hoy una actualidad ineludible. Las heridas del mundo han cambiado de rostro, pero no de profundidad. Millones de personas continúan huyendo de las guerras y de la persecución; pueblos enteros padecen el hambre como consecuencia de conflictos armados y del sistema económico neoliberal que “mata y excluye”; familias son expulsadas de sus hogares y despojadas de sus tierras; niños crecen bajo el estruendo de las bombas y el azote de la desnutrición crónica y aguda; comunidades indígenas siguen siendo discriminadas y  despojadas de sus territorios; migrantes arriesgan su vida buscando un futuro digno; la creación misma gime bajo el peso de un modelo económico que sacrifica la vida en nombre del beneficio. Todos ellos forman parte de los nuevos crucificados de la historia.

Frente a esta realidad, la Iglesia está llamada a custodiar una memoria peligrosa, en el sentido más profundamente evangélico del término. Es peligrosa porque cuestiona las falsas seguridades, denuncia la idolatría del poder, desenmascara las estructuras de pecado y recuerda que ninguna razón política, económica, militar o religiosa puede justificar la negación de la dignidad humana. La memoria del Crucificado constituye una permanente resistencia frente a toda pretensión de convertir la violencia en destino inevitable de la humanidad.

La próxima beatificación de Augusto Ramírez Monasterio se inscribe precisamente en esta tradición profética. La Iglesia reconoce en él no solamente la fidelidad heroica de un discípulo, sino también la actualidad permanente del Evangelio vivido hasta las últimas consecuencias. Su testimonio recuerda que la santidad nunca separa al creyente de la historia; por el contrario, lo introduce más profundamente en ella para compartir el destino de los pobres, de los perseguidos y de quienes ven amenazada su vida y su dignidad.

Víctor M. Ruano P. Pbro. Diócesis de Jutiapa, Guatemala

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