La diócesis de Jutiapa fue mucho más que una sede: se convirtió en un signo de esperanza para Guatemala
Víctor M. Ruano
P. Pbro. Diócesis de Jutiapa, Guatemala
Mientras buena parte
del debate público se encuentra atrapado entre crisis políticas provocadas por
una dirigencia incapaz y sin proyecto de país, entre disputas ideológicas
trasnochadas y entre escándalos de corrupción e impunidad, en el oriente de
Guatemala ocurrió un acontecimiento que merece ser leído como uno de los signos
más esperanzadores de la Iglesia en nuestro tiempo.
Del 10 al 12 de junio,
la Diócesis de Jutiapa acogió el Congreso “Voces de la Tierra y el Espíritu:
Tejiendo Esperanza”, convocado por la Pastoral de la Tierra de la Conferencia
Episcopal de Guatemala y la Red Eclesial Ecológica Mesoamericana (REMAM). Allí
se reunieron representantes de las diócesis de Alta y Baja Verapaz,
Zacapa-Chiquimula, Jalapa-El Progreso, Jutiapa, Santa Rosa de Lima y los
vicariatos apostólicos de Izabal y Petén para escuchar el clamor de los
territorios y discernir respuestas pastorales comunes ante los desafíos que hoy
enfrentan las comunidades en sus territorios.
Sin embargo, reducir
este encuentro a un simple congreso ambiental sería no comprender su verdadera
dimensión. Lo sucedido en Jutiapa constituye una de las expresiones más
concretas de la Iglesia sinodal que soñaron el papa Francisco y que continúa
impulsando el papa León XIV: una Iglesia que escucha, discierne y actúa desde
la realidad de los pueblos.
La ecología integral dejó de ser un discurso para convertirse en una práctica pastoral
Durante mucho tiempo, algunos sectores consideraron que el cuidado de la creación era una preocupación secundaria dentro de la misión evangelizadora. El Congreso de Jutiapa, desde su pequeñez, como el grano de mostaza, vino a desmontar definitivamente esa falsa oposición.
La gran convicción que
atravesó todo el encuentro fue que la crisis ecológica no es solamente un
problema ambiental. Es una crisis humana, social, económica, cultural y espiritual.
Cuando un río es contaminado, no solamente se afecta un ecosistema; se
deteriora la salud de las comunidades, se destruyen medios de subsistencia, se
rompen vínculos culturales y se hiere la dignidad de los pueblos.
Esta comprensión coincide plenamente con la visión de la ecología integral propuesta por la gran encíclica Laudato Si', del papa Francisco. La tierra, el agua, los bosques y la biodiversidad no pueden ser considerados simples recursos económicos. Son bienes comunes, dones de Dios destinados al servicio de toda la humanidad.
Desde esta perspectiva,
el Congreso recordó algo esencial: la defensa de la Casa Común no es una moda
ideológica ni una agenda política disfrazada de religión. Es una exigencia de
la fe cristiana. Escuchar el clamor de la tierra es escuchar también el clamor
de los pobres, porque ambos forman parte de una misma realidad humana y
espiritual.
Una radiografía
inquietante del norte, oriente y suroriente de Guatemala
Uno de los aportes más
valiosos del Congreso fue la elaboración de una mirada regional sobre la
situación de los bienes naturales en Alta y Baja Verapaz, Petén, Izabal,
Zacapa, Chiquimula, El Progreso, Jalapa, Santa Rosa y Jutiapa.
El diagnóstico es
preocupante. La región alberga algunos de los ecosistemas más importantes de
Mesoamérica, pero enfrenta una presión creciente derivada de la expansión de
monocultivos, la ganadería extensiva, la extracción ilegal de madera, la
minería, la contaminación de cuencas y el avance de proyectos extractivos. La
situación se agrava al constatar la presencia de organizaciones criminales y la
dinámica de una gran corrupción alentada por un sistema de justicia y una casta
política que privilegia los intereses del gran capital en contra de los pueblos
asentados en esta región de Guatemala.
Particularmente
alarmante es la crisis hídrica. En amplias zonas del Corredor Seco, miles de
familias experimentan cada año mayores dificultades para acceder al agua. A ello
se suma la contaminación de ríos y fuentes hídricas provocada por aguas
residuales, desechos sólidos y actividades industriales y extractivas.
La deforestación avanza
tanto en el norte como en el oriente del país. La pérdida de cobertura forestal
compromete la biodiversidad, debilita la capacidad de recarga hídrica y aumenta
la vulnerabilidad frente al cambio climático.
Pero quizá el aspecto
más profundo del análisis es la constatación de que detrás de los problemas
ambientales aparecen conflictos relacionados con la concentración de la tierra,
la exclusión social, la inseguridad alimentaria y la marginación de comunidades
indígenas y campesinas. La crisis ecológica y la crisis social son
inseparables.
Una denuncia profética frente al modelo extractivista
El Congreso no se limitó a describir problemas. También se atrevió a señalar causas. El documento final identifica la existencia de modelos económicos que privilegian la acumulación de riqueza sobre el bien común y que conciben la naturaleza como una mercancía susceptible de explotación ilimitada.
Se trata de una
denuncia que posee profundas raíces bíblicas y evangélicas. Los profetas de la
Biblia denunciaron a quienes acumulaban tierras mientras expulsaban a los
pobres. Jesús denunció toda forma de idolatría del dinero. La Doctrina Social
de la Iglesia ha insistido constantemente en que la propiedad privada tiene una
función social y que los bienes de la creación poseen un destino universal.
Por ello, el Congreso
cuestiona la lógica que presenta cualquier proyecto extractivo como sinónimo
automático de progreso. No puede llamarse desarrollo a aquello que destruye
fuentes de agua, degrada bosques, desplaza comunidades o sacrifica el futuro de
las nuevas generaciones.
Esta afirmación posee
una enorme relevancia para Guatemala, donde numerosos conflictos territoriales
continúan generando tensiones entre comunidades, empresas y Estado.
Congreso “Voces
de la Tierra y el Espíritu”: cuando la Iglesia en Guatemala esc el clamor
de la creación y de los pobres.
Comunicado:
Congreso sobre Doctrina Social de la Iglesia