Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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19 de marzo de 2015

Testimonio Joseph Bouchaud



Siete días de Joseph Bouchaud

Joseph Bouchaud ha sido durante muchos años superior general y delegado internacional de los Hijos de la Caridad, instituto dedicado al mundo obrero de los barrios pobres de las grandes ciudades. Comenta: Hoy, sigo oyendo la misma llamada de cuando era niño. Sigue resonando en mi interior lo que decía ÉmileAnizan: «El secreto de mi vida es muy sencillo. Te lo voy a confiar: ¿Quieres ser hombre? ¿Quieres ser feliz? Tienes que aceptar la felicidad de Dios de manos de los pobres».


 Anunciación
     –Marie, ve a ver quién llama a la puerta.
     Esta frase de mi padre ha quedado grabada en mi memoria. Era una noche de invierno de 1929. Tenía siete años. Acababa de estudiar mis lecciones y me disponía a ir a la cama. Nada parecía iba a turbar la habitual calma de aquel pueblecito de Geneston, situado al oeste de Francia, donde vivían mis padres.
     –Marie, ve a ver quién llama a la puerta.
     Entraron tres hombres. Venían sucios y tenían aspecto de cansados. Uno de ellos era muy joven, de unos 18 años. Se presentaron: obreros sin trabajo que iban a Burdeos en busca de colocación.
     Mi madre les calentó una sopa y les sacó un pan grande y unas salchichas. Se sentaron en torno a la mesa. Yo permanecí de pie. Sólo veía a uno: al más joven. Su gorra raída, sus ojos brillantes, los pelos de su barba mal repartidos por la cara, sus orejas enrojecidas por el frío... Por primera vez sentí vergüenza de ser feliz. Aquel rostro era un grito en mi corazón de niño.
     Mi padre lo llevó a acostarse, junto con los demás, a una pequeña habitación que había detrás de la casa. Al día siguiente, marchó mucho antes de que yo me levantara.
     Él no me dijo una palabra. Pero ahora estoy seguro de que aquel día recibí la visita de un mensajero de Dios. Yo era pobre y pequeño. Aquel día, como la Virgen, comencé a decir «sí».

Visitación
     –Iré, y la haré volver conmigo, me dijo Monique...
     Tiene dieciséis años, y es la única cristiana de su familia. Bautizada hace poco más de un año, es militante en un equipo de JOCF, del que soy consiliario. Vive sola. Su madre se encuentra en un sanatorio. Su padre marchó de casa.
     En el despacho parroquial, me habla de una amiga que pasa por momentos de gran dificultad.
     –Chistiane se ha «tirado a la calle», frecuenta los bares de los barrios bajos. Sus padres la «dejan caer». Hay que salvarla. Iré, y haré que vuelva conmigo.
     Trato de hacerle ver claramente el peligro de su decisión... El peligro de su soledad, de su juventud... Pueden violarla... En lugar de salvar a Christiane corre el riesgo de perderse a sí misma.
     Antes de escuchar su respuesta, en el profundo silencio que sigue a mis palabras, comprendo que le he causado una gran pena, que le he hecho mucho daño.
     –Padre, me replica con sencillez, ¿me habla en nombre de Cristo? ¿En qué lugar del evangelio se nos pide no arriesgar nada cuando se trata de salvar a los demás?
     María también era joven... María también tenía razones para rechazar «la aventura»: estaba sola y encinta; sin embargo, acudió a casa de Isabel para ayudarla.
     Al día siguiente, volví a ver a Monique. La acompañaba Christiane. Ambas parecían radiantes.
     Sus rostros se parecían, creo yo, a los de María e Isabel.
Navidad
     24 de diciembre: ocho de la noche. Hace tres horas que estoy en la iglesia, oyendo las confesiones de los que se preparan para la navidad. Mientras doy una absolución, alguien golpea con fuerza la puerta de mi confesionario.
     –Venga, venga inmediatamente a la sacristía. Tengo algo que decirle.
     Contemplo la fila de gente que está esperando. Unos se muestran sorprendidos, otros, un tanto contrariados ante semejante intromisión. Yo, entre balbuceos, les digo:
     –Perdonen, vuelvo dentro de un momento.
     Sigo a Paul hasta la sacristía.
     –Escúcheme, me dice con insistencia...
     Unas lágrimas apuntan en sus ojos.
     –Venimos aquí tantas veces a contarle cosas banales... Hoy tengo algo hermoso que decirle... Présteme atención... Los demás, que esperen un poco...
     Paul es espontáneo, bromista, generoso, de gran corazón. Sus palabras son claras como su sonrisa, sencillas como su vida, ricas como la experiencia humana que han tenido que expresar, brutales como la vida que le ha modelado. Nació en un barrio muy popular. La calle, con sus juegos, sus roces, sus ideales, sus verdades, sus lecciones, sus tentaciones, fue su primera y principal escuela. A los 15 años los agentes de la autoridad le acompañaron a casa: había robado unas chucherías en un gran almacén. Pero un día, gracias a un compañero, descubrió la JOC y, poco a poco, encontró a Cristo. Se convirtió en un militante jocista. En la actualidad está casado con Claudine, hija de una familia de pobres inmigrantes italianos. Ambos son militantes de la HOAC. Tienen dos hijos. Siguen viviendo en el mismo barrio.
     Hace siete meses, era chofer en una gran empresa. Quería defender a un compañero, obrero especializado, que trabajaba con una máquina desbarbilladora de zinc, desprovista ilegalmente de toda protección contra el peligroso polvo del metal. El compañero logró salir a la consulta del seguro, pero las consecuencias las pagó Paul...
     Tres meses más tarde, nuevo despido por razones parecidas. Afortunadamente, encontró una colocación como chofer de camión en una empresa constructora. Pero ahora gana menos y el trabajo es más duro.
     –Hace unos días, me dice, el arquitecto descubrió una chapucería en un edificio en construcción. Hubo que echar abajo parte de lo que se acababa de construir. Entonces los compañeros se pusieron de acuerdo para cargar las culpas de todo sobre los peones argelinos que trabajaban con nosotros. Yo les repliqué: «Es una vergüenza; sois unos canallas; os aprovecháis de unos extranjeros indefensos cargándoles las culpas de una falta profesional que es exclusivamente vuestra. ¡Qué desfachatez!». Y cuando el arquitecto me preguntó, le respondí simplemente que no sabía quién era el responsable de la chapucería, pero que lo único que me constaba era que los argelinos no eran culpables de nada. Los compañeros se molestaron y me acusaron personalmente ante la dirección y, esta tarde, en el momento de cobrar la paga, el patrón me dijo: «Estás despedido. No podemos darte hoy la paga, porque hay que calcular lo que se te debe por las vacaciones pagadas. Vuelve el lunes, y recibirás tu dinero».
     –Y ya no queda un céntimo en casa. No hay nada para comer mañana ni pasado mañana. Esperábamos la paga para comprar unos juguetes a los niños... Al volver a casa me encontraba completamente hundido. Abrí la puerta y grité a Claudine: «Se acabó; no quiero volver a ocuparme de los demás. Acabo de cargar con el mochuelo otra vez. Y ya no hay ni un céntimo, no nos queda nada, absolutamente nada...». Claudine me miró, e inmediatamente me replicó «No, Paul, nos queda lo principal: nos queda Dios y nuestro amor».
     –Entonces, de repente, todo cambió. Mi corazón se llenó de una alegría inmensa... ¡Claudine! ¡Ella fue quien me dijo eso! Yo, no obstante, quise insistir:
     –¡Pero no hay nada para que los niños celebren la navidad!
     –Es cierto, Paul, esto será para ellos motivo de desilusión, de momento, pero cuando sean mayores, yo misma les explicaré por qué, en esta navidad, no tuvieron juguetes, y entonces, estoy segura, se sentirán orgullosos de ti.
     –Me sentía tan feliz escuchando a Claudine, que no pude más y corrí a la iglesia a contárselo a usted...
     Yo no dije ni palabra. En silencio, compartí la alegría sencilla y auténtica de Paul. Y volví a mi confesionario. Pero ya no era el mismo. Había encontrado la fe de María, de José, de los pastores y de los magos, la fe que nos arranca de situaciones creadas, que causa desarreglos y que colma..., la fe de los primeros invitados a la primera navidad. La había encontrado de verdad. Ya no podía ser el mismo.
Pastores
     Jamás he visto nada tan bello como Río de Janeiro: el Pan de Azúcar, el Corcovado, la playa de Copacabana... La llegada a Río, de noche, es un espectáculo maravilloso.
     De los tres millones y medio de habitantes que tiene esta magnífica ciudad, más de un millón de hombres vive en la pobreza y en la miseria de los suburbios, barrios inmensos de latón.
     En el mismo centro del suburbio del Moro, entré en uno de aquellos cuchitriles: una mujer, con la única compañía de sus tres hijos, yacía gravemente enferma. Permanecí allí un cuarto de hora. Durante este breve tiempo, se presentaron tres personas trayendo diversas cosas... espontáneamente, por la única razón de que la enferma y sus hijos lo necesitaban: una, algo de fruta; otra, un poco de sopa; la tercera, un poco de arroz en agua... Esta última manifestó que aquel arroz iba a ser su cena, y que, por tanto, aquel día se quedaría sin cenar.
     Quedé impresionado por aquellas tres miradas: «Los pobres son buenos... Los pobres son buenos...». Aquellas miradas, aquellas ofrendas, aquella espontaneidad y aquel amor, ¿no eran los de los pastores? Creo que entonces comprendí un poco por qué Dios les invitó a ellos a celebrar la primera navidad, y por qué no invitó a los demás.
Magos
     –Vengo a hacerle una pregunta: «¿Se puede ser cristiano y comunista a la vez?».
     El hombre que acaba de entrar en el despacho parroquial puede tener 35 años. Parece extranjero, un tanto incómodo en aquel lugar, pero profundamente generoso.
     –Soy comunista militante y secretario de la CGT de un distrito de París. Casi todas las noches, después de mi trabajo, las paso en reuniones o en actividades con mis camaradas. Para estar más disponible en favor de la clase obrera, no me he casado, vivo soltero. Sin embargo, cuando me pongo a reflexionar, me pregunto: «Yo moriré... los demás también morirán... ¿Qué será de todo esto?». Trato de llegar más lejos con mi pensamiento, de construir algo más definitivo con mi acción. Me pregunto si, en el fondo, no estoy buscando a Dios... ¿Se puede ser cristiano y comunista a la vez?
     Poco a poco se fue deshaciendo el hielo. Esto dio lugar a una verdadera amistad. Todas las semanas nos volvíamos a encontrar para buscar juntos una respuesta a su pregunta. Una noche, saca su carnet del partido comunista...
     –Ahora he encontrado a Dios, me dice, creo en Dios. Mañana tengo que renovar este carnet y pagar mi cuota. Sigo estando de acuerdo con el programa social del partido comunista, pero honradamente ya no puedo confesarme ateo. Tengo que romper, por tanto, este carnet. Y lo voy a hacer delante de usted.
     –Espera un momento, le dije. ¿Lo has pensado bastante? ¿El Dios en quien tú crees te hace ser tan generoso y tan fraternal como ese partido político?, ¿crees en el Dios verdadero, en aquél cuyo amor no tiene límites, o crees en un Dios falso, en un ídolo de museo que te exigiría ser menos generoso de lo que lo eres en virtud de un ideal ateo?
     Marcel permaneció silencioso durante unos minutos. Sin decir palabra, volvió a meter su carnet en la cartera. Es posible que al día siguiente se presentara a pagar su cuota. Pero ahora sabe que Dios está «por encima de todo amor». Seguirá su camino de búsqueda, con mayor generosidad aún, hasta el día, ya muy cercano, en que, para él, Dios sea Dios.
     ¡Señor! ¡Hay paganos que nos precederán en el reino de los cielos! Porque hay «paganos» que, a su vez, son los primeros invitados a descubrir a Cristo que renace...
     Otros magos... para otros pueblos de Belén... Y ¿es posible que nosotros durmamos tranquilamente en nuestra casa demasiado reducida, «en la que ya no hay lugar» para nadie más?
Matanza de los inocentes
     Bogotá, Caracas, Lima, Recife, Natal, Salvador, Guatemala...
     ¡Señor, perdónalos! Ellos no son culpables. Esos millares de niños salvajes son inocentes. Viven solos, abandonados, sin padres... En aquella ciudad me dijeron que había tres mil; en otra, siete mil; en esta última, de diez mil a quince mil.
     Los vi en Caracas, al amanecer, que comían en los cubos de la basura, como animales hambrientos, los desperdicios que los ricos habían tirado.
     Los que dormían en el suelo, en la acera, a las dos de la madrugada, cuando llegué a Recife. Conté trece que estaban semidesnudos, acurrucados unos contra otros. Sus edades podían oscilar entre seis y trece anos.
     Los limpiabotas de Lima, de Brasilia, de Río, de Bogotá...
     Sebastián, que gana unas 25 pesetas al día, que mantiene a su hermana de 7 años, para quien ha construido él personalmente, a sus 12 años, una barraca de tablas viejas, en la que se acuestan todas las noches. Víctor, que a los 12 años me enseñaba su carnet profesional de pintor de brocha gorda..., y que trabajaba desde hacía más de cuatro años de ocho a diez horas diarias.
     Señor, esos millares de niños salvajes son inocentes. Y nosotros, tan tranquilos. Si se rebelan o se matan, cuando sean mayores, nuestros policías los arrestarán, nuestros tribunales los condenarán. Además, una gran parte de ellos morirá incluso antes de soñar en una revolución posible...
     ¿Y si Herodes, hoy, Señor, fuera yo?... Yo, que pertenezco a ese veinte por ciento de la población mundial que dispone, con la mayor tranquilidad, de más del ochenta por ciento de la riqueza del globo.
Nazaret
     Acaba de ocurrir un accidente muy grave en la fábrica metalúrgica vecina. Una máquina pesada que estaban descargando los obreros, resbaló y cayó sobre ellos. Dos muertos y dos heridos graves.
     La noticia corrió rápidamente por el barrio y pronto se nos comunica que la ceremonia religiosa del entierro de los dos accidentados tendría lugar en nuestra iglesia, con asistencia de todos sus compañeros de fábrica.
     Un sacerdote obrero trabaja precisamente en esa fábrica. Preparamos juntos la ceremonia. Al llegar el día señalado, la iglesia se llena de hombres, casi todos peones y obreros especializados. Nunca había visto tanta gente reunida. Una vez al menos, allí estaban los «pobres», en la casa de Dios. Y yo rezaba en mi interior: «Señor, inspira a Robert (el sacerdote obrero) las palabras oportunas que lleguen a esos trabajadores, las palabras que les den a conocer tu mensaje. Señor, ayúdale».
     Comienza hablar, pero desde el primer momento sus palabras me parecen vulgares, mal dichas, demasiado complicadas, ni suficientemente directas, ni lo bastante convincentes. De pie, al fondo de la iglesia, me aburro interiormente. «¡Qué ocasión más desaprovechada! ¡Qué lástima! ¡Yo los hubiera “ganado” de otro modo!».
     Casi desilusionado, vuelvo a entrar en la sacristía. Entonces veo las caras. Todos los ojos están fijos en Robert y las actitudes revelan un clima de intensa comunión. Me siento confuso.
     Mis palabras, para mí, hubieran sido mucho mejores. Pero el que hablaba tenía un trabajo duro, como ellos, durante ocho horas diarias, en el mismo país, en Nazaret. ¿Pertenecía yo realmente a su país?
Joseph Bouchaud