Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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2 de octubre de 2016

Lo que va de ayer a hoy: La ley de la Selva


Historias bíblicas  de ayer que se repiten hoy



La lEy de la Selva





Dedicado  a quienes  están pensando qué van a hacer  en su vida


Ayer


La  selva que uno conoce, aparte de los  bellos bosques  del país de la eterna primavera,… es la que uno visitó en su juventud, tras los pasos de Mowgli: la selva de papel y letras de imprenta  en el libro de  Rudyard Kipling.  Esa era una selva muy civilizada,  donde los animales, aparte del malo de la película,  el tigre, llevaban  una vida comunitaria  que ya la quisieran los animales humanos.  Los habitantes de esa jungla compartían la caza, los frutos,  el agua y tenían sus asambleas democráticas en la peña del consejo. (Si no lo han visitado tienen en internet el susodicho  encantador Libro de la Selva,  más  vivo ahí que en todas las películas que se han hecho después)

Sin embargo  la  manada humana no tiene esa opinión  y llaman “ley de la selva”  a algo muy distinto.

Cuando en la cámara de diputados  los políticos se tiran los trastos a la cabeza, se insultan y  manejan sus negocios particulares, dicen los periodistas que aquello es la ley de la selva. Cuando  las bombas caen destrozando cuerpos de niños y mayores en las ciudades sirias, las ONGs y los misioneros dicen que  en aquel país, las naciones que se  llaman civilizadas (léase EEUU,  Europa, Rusia)   han impuesto la ley de la selva. El salvajismo  de los invasores de saco y corbata   está destrozando las selvas de América y Asia para envolverlas en pasta de petróleo o  robarse el oro menos brillante que las hojas del bosque después de la tormenta.

Pues  la ley de la selva  ayer era la selva virgen pero hoy…


Hoy

Se habla  de la selva violada, también de la jungla de asfalto,  de la maraña de intereses, del hombre que es lobo para el hombre (pero no lobo como los que    acogieron en su cueva al pequeñín perdido en el bosque dela India).

 Podemos pensar en el  jovencito, la jovencita  que  empieza a sentirse mayor y se asoma fuera de la cueva familiar pensando qué va a  hacer  en el paisaje que se le ofrece delante.

Entones escucha la voz de los mayores, los que le  han estado diciendo en  su años escolares: “Estudia hijo,  que esta vida es una  selva, que sólo los más capaces salen a flote… Tienes que buscarte un  porvenir porque la competencia en el mundo  es tremenda”.

Esa palabra “competencia” se le ha ido clavando en el corazón.

Sabe lo que significa porque  de pequeñín se peleó jugando con los amiguitos y al ir creciendo le animaron a hacer deporte y ese era sobretodo  de “competición”. No se lo ocurrió pensar  que la competición y la competencia pueden ser diferentes, aunque se parezcan.  No se dio cuenta de que los amigos compiten. Uno gana y otro pierde y luego se van juntos a merendar.

Pero…:“Hijo estudia que  en este mundo la competencia es tremenda”. Uno gana, otro pierde y el que pierde se  queda sin merienda  porque  el que gana se come  las dos, y eso ya no es un juego.

Los padres y educadores educan a los pequeños no solo en la competición, juego, sino en la competencia, lucha,   Incluso a veces la competición se convierte en lucha.  Los futbolistas que se golpean (y no es boxeo), los aficionados que se acuchillan al fin del partido… y decían que era un juego.

Pero olvidemos la competición y pensemos en la competencia profesional.

Algunos piensan que es una ley de la humanidad, pero a lo mejor resulta que no.

Esos  piensan que la humanidad avanza gracias a la competencia. Y resulta que  así avanza la economía de algunos a costa de la de otros.  A quienes les va muy bien en los negocios naturalmente defienden  que se debe a la competencia.   Las dos terceras partes de la humanidad  que se debaten en la miseria no piensan lo mismo.

¿Es que no hay una fuerza en la naturaleza y en el ser humano que sea superior a la competencia?

 Me gusta pensar en el joven, la muchacha que empieza a penar en qué trabajo   va a llenar su vida adulta.  Algunos   no tienen que pensar: “Mis  abuelos labradores y mis padres, y yo...”

 O, más complicado: “Mis padres  sin trabajo ni dinero y yo… a ver lo que encuentro para vivir”.  Esos y esas jóvenes no tienen que molestarse en elegir.  Todo se lo dan hecho.

Pero  quiero pensar    en  los que han tenido ocasión de ir a la escuela y  al final de ella se asoman  a la puerta de la cueva. ¿Y ahora?  Si esos muchachos y muchachas tienen ojos   para distinguir la  selva de posibilidades  que se les ofrece,  se harán la pregunta  más sencilla: “¿qué salidas tiene la carrera que  pienso estudiar?”. Calcula sus cualidades, calcula sus posibilidades y dónde puede  ganar  más   dinero. Dónde puede ser más competente.

Pero puede suceder  que él o la joven  además de ojos e inteligencia tengan conciencia y se pregunte:

“Yo por poder estudiar y elegir profesión soy   privilegiado(a)”.
A  los datos de su elección añade un factor más: “con mis posibilidades y cualidades ¿dónde puedo  ser útil a mis semejantes en esta  bella pero intrincada selva?”. Y entonces  puede que no elija solo la profesión  donde puede ser  más competente  sino también donde puede ser más solidario.

Me temo que para muchos esto sea un sueño utópico y  una opción ingenua. Pero tal vez la humanidad vaya avanzando de verdad, no gracias a la competición desaforada de quienes avanzan con la aplanadora, caiga quien caiga, sino gracias a quienes, siendo  conscientes de sus capacidades también  lo son de  que esta   bella selva  que es el universo florecerá cuando florezca la solidaridad, cuando todos nos sintamos unidos y responsables   y veamos el modo de sernos más útiles  unos a otros.

No hay más remedio que citar a Don Isaías en su capítulo 11:

Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá (Mowgli?). La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja.

 Hurgará el niño de pecho en el agujero del áspid, y en la hura de la víbora el recién destetado meterá la mano.


Esto, como decía al principio, lo dedico a todos aquellos, sobre todo jóvenes,  que se asomen a  la selva que les rodea, pero también a todos nosotros más viejos para que    dejemos de creernos que la vida tiene que ser solo   competencia y que vayamos creando esa utopía  llamada solidaridad del mundo unido.