Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
.

2 de septiembre de 2018

LA DIGNIDAD SIGUE ESPERANDO

Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma
(Radelais)
 Juan Antonio Mateos Pérez

La dignidad sigue esperando


...aún no me ha abandonado el sentimiento de humanidad
Kant
Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma
Rabelais

La esclavitud ha sido una práctica consentida a lo largo de la historia, sobre todo en la antigüedad, llegando hasta fechas muy recientes. Solo en el del siglo XIX, comienza a ser cuestionada en la mayor parte de los países europeos, sobre todo en el Reino Unido y Francia. En el caso de España, hubo intentos abolicionistas en las Cortes de Cádiz sin llegar a tener éxito, hasta que se produce la definitiva abolición en el año 1886.  Aunque nos parece un acontecimiento lejano en el tiempo, prácticamente fue ayer, los derechos y la dignidad del ser humano ha sido un proceso lento y trabajoso.


Cada 23 de agosto, las Naciones Unidas, recuerdan ese acontecimiento histórico, un Día dedicado al Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, cuya finalidad es inscribir la tragedia del comercio de esclavos en la memoria de todos los pueblos. Parece que esta realidad no nos incumbe a nosotros, ciudadanos del siglo XXI, ante nuestra indiferencia la esclavitud no ha desaparecido, desarrollándose nuevas formas de inhumanidad en forma de trata, trabajo forzado o matrimonios forzados.

El tráfico de seres humanos se ha convertido en el mayor tinglado delictivo en el continente africano, solo superado por el de la droga. La trata de personas no es cosa del pasado, las redes de traficantes tienen alcance internacional con víctimas en 106 países y 21 millones de personas sufriendo explotación extrema u obligada a trabajar forzadamente.

La globalización está aumentando las diferencias entre países ricos y países pobres, con un aumento general de la pobreza, que lleva al desplazamiento y la búsqueda desesperada de trabajo. Bauman, nos recuerda que la globalización que estamos viviendo, divide de la misma manera que une, lo que para algunos es la señal de una nueva libertad cae sobre muchos más como un hado cruel e inesperado, quedando detenidos en su localidad. Ser local en un mundo globalizado es señal de penuria, degradación social e incluso marginación progresiva. La pobreza extrema en numerosos lugares del mundo, incluso en el desarrollado, encubre nuevas formas de esclavitud y la peor cara de la condición humana capaz de lucrarse con la vida de otras personas.

En muchos lugares la prostitución es el único camino para sobrevivir, en las barracas más pobres de África, América o Asia, azotadas por el hambre, las guerras y las enfermedades. Muchas mujeres son arrancadas de sus países con engaños o violencia y son obligadas a prostituirse. Esa cara silenciosa de la trata de personas con fines sexuales afecta también a los niños. La prostitución global es un negocio que mueve más dinero que el tráfico de armas o la droga. El tráfico de mujeres y niños de ambos sexos con propósitos sexuales es el ejemplo perfecto de la nueva esclavitud, detrás de ella, debemos ser conscientes de que hay trata, explotación sexual, abusos y violencia.

14 millones de niñas en el mundo son obligadas a un matrimonio forzado, con el silencio y consentimiento de familias y sociedad. La mayoría de estas niñas, muchas de ellas menores de 12 años, están expuestas a la violencia, al abuso, a las relaciones sexuales forzosas. Es una de las nuevas esclavitudes más graves que estamos viviendo, ya que impide a muchas niñas, crecer libres, educarse y vivir. La educación debe ser el mejor antídoto contra esta lacra del siglo XXI, para que se desarrollen y crezcan libremente.

Unos doscientos millones son niños, que son utilizados como mano de obra esclava, Infancias robadas para pagar deudas o bien, ayudar a su familia para no ser una carga. Niños que trabajan más de 12 horas, los siete días de la semana por un sueldo miserable que apenas les llega para malvivir La ganancia rápida y despiadada, más allá de una ética empresarial, busca el recurso barato y la pobreza de muchos. Una mano de obra dócil y manejable, que no se asocian para reivindicar sus derechos y se les paga mucho menos, siendo más flexibles ya que se les puede despedir y contratar diariamente.
La Organización Internacional para las Migraciones, denunció el pasado año la existencia de estos mercados de esclavos en el norte de África, donde se compraban y vendían de inmigrantes indocumentados procedentes de los países más pobres del continente. Los negreros del siglo XXI, no se mueven en barcos, sino en camionetas en el desierto del Sáhara. Mujeres y hombres vendidos como esclavos sexuales o trabajos en la construcción. Los traficantes les obligan a llamar a sus familias bajo torturas para pedir un rescate y comprar su libertad.

En este mundo “desbocado” donde todo cambia con gran rapidez, debemos descubrir lo esencial de la existencia del ser humano, y apostar por aquello que nos humaniza, a pesar de que se nos abra una realidad imprevisible y líquida. “Lo que mata no es la pasividad, sino la indiferencia”, nos recordaba Unamuno. No es suficiente la denuncia, en esta cultura del descarte, donde la mercantilización de la vida y el egoísmo se están apoderando de la sociedad, son necesarias tres vías de actuación: La vía política, social y cultural. Debemos replantearnos la solidaridad, no como simple asistencia con respecto a los más pobres, sino como replanteamiento global de todo el sistema, como búsqueda de caminos que tienen que ver dignidad del ser humano, el destino universal de los bienes, la opción preferencial por los más pobres, la solidaridad, la subsidiariedad y la prioridad del trabajo sobre el capital.