Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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24 de enero de 2020

Reflexión del evangelio


Evangelio del Domingo  Mateo 4, 12-23 
    26  Enero 2020
Llamada a la  Conversión

LA PRIMERA PALABRA DE JESÚS

Mateo recuerda que estamos en la  Galilea de los gentiles. Mateo ve que el pueblo habita en tinieblas. Sobre la tierra hay sombras de muerte. Reina la injusticia y el mal. La vida no puede crecer. Las cosas no son como las quiere Dios. Aquí no reina el Padre. Sin embargo, en medio de las tinieblas, el pueblo va a empezar a ver una luz grande. Entre las sombras de muerte empieza a brillar una luz. Eso es siempre Jesús: una luz grande que brilla en el mundo.

Jesús comienza su predicación con un grito: Convertíos. Hay que abrirse al reino de Dios. No quedarse  sentados en las tinieblas, sino  caminar en la luz.

Dentro de la Iglesia hay una  gran luz. Es Jesús. No lo hemos de suplantar con nada. No lo hemos de convertir en doctrina teórica, en teología fría o en palabra aburrida. Si la luz de Jesús se apaga, los cristianos nos convertiremos en lo que tanto temía Jesús: unos ciegos que tratan de guiar a otros ciegos.

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¿EN QUÉ HEMOS DE CAMBIAR?

Dios no es un ser indiferente y lejano, que se mueve en su mundo interesado solo por su honor y sus derechos. Es alguien que busca para todos lo mejor. Solo quiere la colaboración de sus criaturas para conducir al mundo a su plenitud: El Reino de Dios está cerca. Cambiad.
Pero, ¿que es colaborar en el proyecto de Dios?, ¿en qué hay que cambiar?

Primero. La compasión ha de ser siempre el principio de actuación. Hay que introducir en el mundo compasión hacia los que sufren. Sin ayuda práctica a los desgraciados de la tierra no hay progreso humano.

Segundo. La dignidad de los últimos ha de ser la primera meta. Los últimos serán los primeros. Hay que imprimir a la historia una nueva dirección. Hay que poner la cultura, la economía, las democracias y las Iglesias mirando hacia los que no pueden vivir de manera digna.

Tercero. Hay que impulsar un proceso de curación que libere a la humanidad de lo que la destruye y degrada: Id y curad . Lo decisivo es curar, aliviar el sufrimiento, sanear la vida para todos, alcanzará su plenitud en el encuentro definitivo con Dios.
Esta es la herencia de Jesús. Nunca será bendecida por Dios ninguna religión, si no busca justicia para ellos.

NUNCA ES TARDE

La conversión de la que habla Jesús no es algo forzado. Es un cambio que va creciendo en nosotros a medida que vamos cayendo en la cuenta de que Dios es alguien que quiere hacer nuestra vida más humana y feliz.

Por eso, la conversión no es algo triste, sino el descubrimiento de la verdadera alegría. No es dejar de vivir, sino sentirnos más vivos que nunca. Comenzar a intuir todo lo que significa vivir.
Convertirse es algo gozoso. Es limpiar nuestra mente de egoísmos e intereses que empequeñecen nuestro vivir cotidiano. Liberar nuestro afán de poder y posesión. Liberarnos de objetos que no necesitamos y vivir para personas que nos necesitan.

Uno comienza a convertirse cuando descubre que lo importante no es preguntarse cómo puedo ganar más dinero, sino cómo puedo ser más humano.

PERDIDOS EN LA CRISIS RELIGIOSA

Vivimos tiempos de crisis religiosa. Parece que la fe va quedando como ahogada en la conciencia de no pocas personas, reprimida por la cultura moderna y por el estilo de vida del hombre de hoy.
Al mismo tiempo crece en no pocos la sensación de que hemos perdido la dirección acertada. Algo se hunde bajo nuestros pies. Nos estamos quedando sin metas ni puntos de referencias. Nos damos cuenta de que podemos solucionar problemas pero que somos cada vez menos capaces de resolver  el problema de la vida. ¿No estamos más necesitados que nunca de salvación? Vivimos también tiempos de fragmentación. La vida se ha atomizado. Cada uno vive en su compartimento. Hoy no se escucha a quien sabe de la vida, sino al especialista que sabe mucho de una parcela, pero lo ignora todo sobre el sentido de la existencia.

Al mismo tiempo, no pocas personas comienzan a sentirse mal en este mundo vertiginoso de datos, informaciones y cifras. No podemos evitar los interrogantes eternos del ser humano. ¿De donde venimos? ¿A donde vamos? ¿No hay dónde encontrar un sentido último a la vida?
Son también tiempos de pragmatismo científico. El hombre moderno ha decidido (no se sabe por qué) que solo existe lo que puede comprobar la ciencia. Naturalmente, en este planteamiento tan simple como científico, Dios no tiene cabida, y la fe religiosa queda relegada al mundo desfasado de los no progresistas.

Sin embargo, son muchos los que van tomando conciencia de que este planteamiento se queda muy corto. La vida no es un  gran mecano, ni el hombre solo  una pieza.
Por eso surge de nuevo la sospecha: ¿no serán justamente las cuestiones sobre las que la ciencia guarda silencio las que constituyen el sentido de la vida ? ¿No será un grave error olvidar la respuesta al misterio de la existencia? ¿No es una tragedia prescindir tan ingenuamente de Dios?
Mientras tanto siguen ahí las palabras de Jesús: Convertíos, porque está cerca el reino de Dios.

SEGUIR A JESÚS

Si preguntáramos a los cristianos qué entienden por fe, descubriríamos que, para muchos, la fe se reduce a pertenecer a la iglesia, confesar el credo, adherirse a la moral católica y cumplir los ritos culturales prescritos.

En las primeras comunidades nos hubieran respondido que ser cristiano es seguir a Jesús. Es lo que hacen aquellos pescadores de Galilea respondiendo a su llamada. 

Quizá, después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que el elementos esencial y primero de la fe cristiana consiste en seguir a Jesucristo.

Asumir las grandes actitudes que dieron sentido a su vida y vivirlas hoy en nuestro propio contexto histórico de manera creativa.

Ser cristiano es ir descubriendo poco a poco el significado salvador que se encierra en Jesús, ir adquiriendo su estilo de vida.

Seguir a Jesús es creer lo que el creyó, defender la causa que él defendió, mirar a las personas como él lo hizo, amar a las gentes como él las amó, confiar en el Padre como él confió, enfrentarnos a la vida con esperanza con que él se enfrentó.

Si la fe consiste en seguir a Jesús, hemos de preguntarnos todos sinceramente a quién seguimos en nuestra vida, que mensajes escuchamos, a qué líderes nos adherimos, que causas defendemos y a qué intereses obedecemos, al mismo tiempo que pretendemos ser cristianos, es decir, seguidores de Jesucristo.