Comenzamos
nuestro Círculo de Silencio, después de varios meses sin vernos a causa de las
lluvias, para recordar algo esencial, que hay que ir recordando y que algunas
personas y organizaciones no quieren reconocer, en vista de sus actuaciones, y
es que todas las personas, sin excepción, nacemos con la misma dignidad y los
mismos derechos.
Esa famosa frase
proviene del Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de
1948, fue redactada como respuesta a las atrocidades de la Segunda Guerra
Mundial, ratificada y aceptada como base legal por casi todos los países del
mundo, y miembros de la ONU, que son 195. Solo 8 se abstuviero, EE UU e Israel
la ratificaron. Actualmente es un estándar internacional aceptado, aunque no es
un tratado vinculante.
Y ahora lo
comparamos con la realidad que vivimos, y que muchas veces se intenta
invisibilizar: millones de personas en el mundo se ven obligadas a abandonar
sus hogares para poder sobrevivir.
Hoy, en pleno
siglo XXI, el desplazamiento forzado alcanza cifras que la humanidad nunca
había conocido. Según datos de Naciones Unidas, más de 120 millones de personas
en el mundo han tenido que huir de sus hogares a causa de la guerra, la
violencia, la persecución o las violaciones de derechos humanos. Esto significa
que una de cada 67 personas en el planeta vive desplazada.
Detrás de estas
cifras hay historias concretas, Hay nombres, rostros, familias, hay madres que
huyen con sus hijos en brazos, hay jóvenes que cruzan fronteras sin saber si
volverán a ver su hogar, Hay personas mayores que dejan atrás toda una vida
construida.
Las guerras
siguen siendo una de las principales causas de este sufrimiento.
Hoy continúan
activos numerosos conflictos armados que provocan destrucción, miedo y
desplazamiento. Entre ellos, la guerra en Ucrania, el devastador conflicto en
Sudán —que ha provocado la mayor crisis de desplazamiento actual—, la violencia
persistente en Siria, la inestabilidad en Afganistán, los conflictos armados en
la República Democrática del Congo, la tragedia humanitaria en Gaza, y tantas
otras crisis que rara vez ocupan titulares.
Millones de personas siguen viviendo bajo bombas, persecuciones o violencia armada.
Solo en Sudán,
más de 14 millones de personas han sido desplazadas por la guerra.
En Siria, más de 13 millones de personas siguen fuera de sus hogares.
Millones de personas de Afganistán, Ucrania o Myanmar han tenido que buscar
refugio dentro o fuera de sus países.
Otro dato que se
desconoce sobre las personas desplazadas es que la inmensa mayoría no llega a
Europa.
De hecho, casi
el 90% de las personas refugiadas del mundo son acogidas por países limítrofes
de renta baja o media sostienen gran parte de la responsabilidad
humanitaria.
Curiosamente el
país que más refugiados acoge en la actualidad es Irán, con unos 4 millones de
personas de nacionalidad afgana, personas que salieron de Afganistán buscando
la paz, y ahora se encuentran nuevamente en el dilema de tener huir.
Y mientras
tanto, el mundo sigue siendo testigo de nuevas tensiones y guerras que amenazan
con ampliar aún más el número de personas desplazadas.
En estos días
observamos con profunda preocupación la escalada del conflicto en Irán y las
acciones militares en las que están implicados Estados Unidos e Israel. Los
primeros enfrentamientos ya han provocado decenas de miles de personas
desplazadas en la región, y organismos internacionales advierten de que una
guerra más amplia podría desencadenar una crisis humanitaria de enormes
dimensiones.
La historia nos
enseña que cada guerra abre nuevos caminos de exilio, cada bomba destruye
hogares, cada conflicto rompe comunidades, y cuando esas personas llaman a
nuestras puertas, no lo hacen por elección. Nadie abandona su hogar si su
hogar es seguro.
Las personas
migrantes y refugiadas no son una amenaza, son personas que buscan protección,
seguridad y futuro.
También queremos recordar que demasiadas personas
pierden la vida en ese camino.
Miles de hombres, mujeres y niños han muerto en rutas migratorias,
especialmente en el Mediterráneo, convertido en una de las fronteras más
mortales del mundo.
Ante esta realidad, no podemos responder con la indiferencia; Como sociedad, tenemos la responsabilidad de defender los derechos humanos, de promover políticas de acogida dignas y de trabajar por la paz.
Desde este Círculo de Silencio pedimos:
· Que
se priorice siempre el diálogo y la diplomacia frente a la guerra.
· Que
se proteja a las personas desplazadas y refugiadas.
· Que
se creen vías legales y seguras para quienes necesitan protección.
· Que
se respeten los derechos humanos en todas las fronteras.
· Y
que nuestras sociedades no se acostumbren nunca al sufrimiento ajeno.
Hoy guardamos
silencio, un silencio que no es indiferencia, un silencio que es memoria, un
silencio que es compromiso, porque creemos que otro mundo es posible: un mundo
donde ninguna persona tenga que huir para salvar su vida.
Amigos, comienza nuestro TIEMPO DE SILENCIO.
MESA DIOCESANA
DE ATENCION Y ACOGIDA DE MIGRANTES Y REFUGIADOS DE CÁDIZ Y CEUTA.

