Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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9 de julio de 2016

La educación como ignorancia



La educación como ignorancia

Ambas palabras (educación e ignorancia) no parecen llamadas al encuentro entre sí. Y, sin embargo, es crucial que descubramos cómo se vienen relacionando con suma fuerza en los tiempos actuales.

La educación, la escolarizada enfaticemos, en una sociedad de la información como en la que nos toca vivir, empieza a ser cada vez una fuente poderosa de ignorancia.
Muchas evidencias indican que, en mucha gente, el título universitario no representa más que la acumulación de cursos, áreas y acciones académicas, pero con la grave ausencia de sabiduría para comprender, interpretar, actuar y transformar la realidad en la que esos conocimientos deberían ser aplicados. Por supuesto, la educación como ignorancia no tiene lugar solo en la educación universitaria, sino que se funda en los niveles previos.



La escolarización está negando conocimientos fundamentales para alcanzar visiones integrales y profundas sobre el mundo en que vivimos. Por ejemplo, el poco espacio y presencia que tiene la aproximación a la Filosofía, no solo para la adquisición de los contenidos que se memorizan (y sirven para demostrar la “inteligencia” de quien los recita), sino para el desarrollo de pensamiento autónomo, crítico, creativo. La Filosofía para estimular la posición reflexionada sobre la realidad (la comunidad, la institución, el país, etcétera, en niños y niñas que empiezan el caminar escolar) es una ausencia muy grave y seria. La Historia y la Geografía como repetición memorística, incomprendida, sin utilidad o aplicación, abonan también en una
educación escolar que crea más ignorancia que sabiduría o comprensión de la realidad. Incluso el aprendizaje de las tecnologías ocupa un espacio tan fuerte que las y los escolares aprenden a manejar programas informáticos (algo que aprenderían con suma facilidad en su casa si contaran con los dispositivos necesarios) pero desperdician el tiempo al no contar con recursos, estrategias, esfuerzos y tiempo para comprender más profundamente qué hay detrás de las pantallas, o para aprender a programar y transformar sus propias herramientas, o para descubrir lo que pierden de la vida, cuando su vida se reduce a esas pantallas. Porque aquí estamos frente a la más grande de las ignorancias: no aprender a vivir en la naturaleza ni con la gente de carne y hueso. Es decir, no saber cómo establecer relaciones sanas, profundas y duraderas con otras personas, ignorar por qué y cómo comprometernos a luchar por cambiar las condiciones estructurales de nuestro país, ignorar las sensaciones que nos causa caminar entre bosques, el contacto con el agua de los ríos, sentirnos cerca de las montañas. La educación como ignorancia ocurre porque, entre otros factores, las pantallas nos evitan la sensualidad de lo real.
La ignorancia sobre las causas políticas, económicas, sociales y culturales también constituye un efecto significativo de una educación, escolar o no, que se ufana más en el otorgamiento de certificados y diplomas que en la construcción de la sabiduría que el ser humano necesita para asumir el protagonismo en la construcción de su destino.

Por supuesto, la ignorancia no es culpa de quienes egresan del sistema escolar. Es la estrategia política globalizada y enriquecida por el discurso y práctica educativa tecnócrata, acrítica y frívola de quienes, sin decirlo así, insisten en la educación como la herramienta más potente para mantener las condiciones que han favorecido siempre a los poderes.