Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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7 de febrero de 2017

La Religión como amenaza:

Lo “divino” a costa de lo “humano”

José María Castillo, teólogo.

El miedo a los atentados terroristas de origen religioso (o reivindicados en nombre de la religión) va en aumento. Porque raro es el día que no tenemos noticias de nuevas y atroces matanzas de seres inocentes, ejecutados de forma criminal en nombre de la religión.

Obviamente, cuando se piensa en estas brutalidades, lo primero que a cualquiera le viene a la cabeza es el peligro que entraña el “hecho religioso”. Y la explicación de semejante peligro radica, según el criterio más generalizado, en que la “condición humana” nos empuja al odio, a la venganza, al egoísmo, la ambición y a todas las perversiones morales que convierten al “hombre en lobo para el hombre”.


Esto es verdad. Pero, con reconocer que la condición humana es así, no resolvemos nada. Ni aclaramos lo que realmente nos está pasando. Por otra parte, no quiero meterme aquí a analizar lo que ocurre en otras religiones, por ejemplo, en el islam. Entre otras razones, porque no lo conozco a fondo. Y es peligroso ponerse a dictaminar lo que el vecino debe hacer en su casa, para tenerla limpia, cuando tú tienes la tuya que da pena verla. Por eso, vamos a centrarnos en nuestra propia confesión religiosa, el cristianismo. ¿No será verdad que también la “religión cristiana” ha sido, y sigue siendo, una amenaza, un asunto peligroso, incluso (a veces) muy peligroso?

No voy a echar mano – una vez más – del tan manoseado asunto de las Cruzadas, la Inquisición, la condena de Galileo y, menos aún, de casos recientes, ocurridos en España hace sólo unas décadas. Vamos a ir más al fondo del asunto.

El cristianismo es una religión que pone el centro de sus creencias, no solo en “lo divino”, sino igualmente en “lo humano”. Porque el Dios de nuestra fe se nos dio a conocer en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Y esto – precisamente esto – es el gran problema, que tuvo que afrontar la Iglesia desde los primeros años de su existencia. Pero – es claro – cuando se afronta este problema entre gentes, que tienen creencias “religiosas”, inevitablemente, la religión “como tal” pesa tanto, que, en la persona religiosa, “lo divino” termina siendo más determinante que “lo humano”. Y esto, ni más ni menos, es lo que le ha ocurrido, y le sigue ocurriendo, a la Iglesia.

Efectivamente, en su Teología, en su Liturgia, en su Derecho, en las convicciones más profundas de los gobernantes eclesiásticos, en la mentalidad de la mayoría de los fieles, verdaderamente fieles a la Iglesia, no sólo es que “lo divino” pesa más que “lo humano”. El problema principal está en que “lo humano” se tiene que someter a “lo divino”. Por eso, los primeros cuatro concilios ecuménicos, que celebró y aprobó la Iglesia, Nicea (325), Constantinopla (381), Éfeso (430) y Calcedonia (451), se centraron en una preocupación fundamental: afirmar como dogma de fe la “divinidad” de Jesucristo. Es verdad que el concilio de Calcedonia defendió “la naturaleza humana” de Jesús: “perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad” (DH 301). Pero precisando, a continuación, que, en Jesucristo, las dos “naturalezas”, la divina y la humana, “confluyen en una sola persona”, que es la divina (DH 302). En última instancia, por tanto, en Jesús, “lo divino” quedó superpuesto a “lo humano”.

Es evidente que los textos de aquellos primeros concilios, distantes de nosotros en casi 1.500 años (o más), para ser entendidos correctamente, necesitan ser “interpretados” como necesita ser “interpretado” cualquier texto de la Biblia. Porque el lenguaje, y el contenido del lenguaje – el de entonces y el de ahora – ya no son lo mismo. Pero lo más importante, en todo este asunto, es que, en la historia de los siglos posteriores, la cultura ha ido evolucionando de manera que, en la mentalidad de la gran mayoría de la población de los países más desarrollados, “lo humano” ha cobrado más fuerza y tiene más presencia que “lo divino”. Mientras que, por el contrario, la Iglesia ha gestionado todo esto de manera que ha defendido y ponderado con más pasión y celo “lo divino” que “lo humano”. Y por supuesto, más “lo sagrado” que “lo profano”.

Ahora bien, si aplicamos esta manera de pensar a la Liturgia, a la Espiritualidad, al Derecho, a la Moral, a la “forma de vivir” y a las “costumbres”, ya tenemos clara y patente la explicación de por qué esta Iglesia nuestra sigue atascada en la mentalidad, no digo ya de la Edad Media, sino incluso en la manera de plantear y resolver tantos y tantos problemas que afectan muy seriamente a lo que hacen y dicen no pocos curas, bastantes obispos, algunos cardenales…. Y hasta la crispación que produce, en ambientes de sacristía, el comportamiento y las enseñanzas del papa Francisco. Por la sencilla razón de que, para esta Iglesia, es más importante evitar el pecado que aliviar el sufrimiento.



Termino asegurando que el día que nos preocupe más el problema del sufrimiento humano que la creencia en el pecado (¿contra lo divino?), ese día daremos el paso decisivo para que la Iglesia se haga más amable, más creíble y, por supuesto, más acogedora. Leyendo los evangelios, lo más claro que se encuentra en ellos es que a Jesús le interesó más el sufrimiento de la gente que la vida poco ejemplar que veía aquella gente en los amigos de Jesús, los pecadores (Mc 2, 14-17; Mt 9, 9-13; Lc 5, 27-32; 15, 1-2). ¿Por qué será que Jesús andaba con malas compañías y tenía constantes conflictos con los hombres de la religión?