Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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27 de septiembre de 2018

John Leary; Pacificador

John Leary
Pacificador (1958-1982)

“John tuvo una sensibilidad una conciencia del dolor de otros, que era implacable. La compasión para con los demás había llegado a ser la experiencia dominante de su vida”. 

El 31 de agosto de 1982, John Leary venía trotando desde Pax Cristi Center en Cambridge hacia Haley House, la comunidad del Catholic Worker, en Boston, donde vivía. Era un recorrido que hacía todos los días, empero este día no completó el viaje. Sin aviso tuvo un paro cardíaco y murió casi instantáneamente. Tenía veinticuatro años. En los días subsiguientes y en su funeral en la Catedral Melquita de Boston, sus amigos se unieron no sólo en el dolor ante la brevedad de su vida cortada de cuajo, sino en el asombro ante todo lo que había tocado en tan corto tiempo.


Era bien conocido que John dividía su tiempo entre su trabajo por la paz en el Pax Cristi Center y su vida comunitaria entre los pobres, en Haley House. Pero éstas eran sólo una pequeña parte de sus muchas actividades en pro de la paz y la justicia. En los seis años desde que llegara a Boston como estudiante en Harvard College, había trabajado con prisioneros, con los sin hogar y los ancianos. Se había comprometido en protestas contra el servicio militar, la pena capital y el aborto. Consideraba que todos estos puntos debían quedar unidos en una defensa al estilo “túnica incónsutil” de la vida humana. 

No todos estaban de acuerdo con cada una de sus posiciones. Pero nadie que conociera a John Leary podía dejar de admirar su idealismo y heroica determinación de llevar sus ideales a la acción. Justo antes de su muerte se había graduado con honores en sus estudios religiosos, en Harvard por servicios a la comunidad de todos los credos. Empero, incluso mientras estudiaba en el prestigioso centro de enseñanza, había compartido su departamento con gente de la calle y mantenía una vigilia semanal frente a un laboratorio local de investigación militar (razón por la que fue arrestado un par de veces).

Una mera narración de las actividades de Leary no puede dar idea de su personalidad y el impacto que tenía sobre otros. Era amable y generoso en las cosas pequeñas tanto como en las grandes. No había nada de “obligatorio” o compulsivo en sus esfuerzos. Por el contrario, parecía reflejar la ocurrencia de Chesterton acerca de los ángeles: que pueden volar debido a que se toman a sí mismos tan ligeramente. Cualquiera que conociera a Leary quedaba impresionado por su alegría, su modestia y su sabiduría, que desmentían su juventud. Según la Hermana Evelyn Ronan, capellana católica en Harvard, “podías mirarlo dentro de esos ojos y ver todo a lo largo derecho hasta el cielo, tan poderosa era su bondad y tan impar su honestidad, jamás vista antes por mí”.

Conocer a John, aunque fuera un poco, era saber hasta qué punto abrevaba profundamente de las fuentes tradicionales de su fe cristiana. Fue educado en un hogar católico irlandés de clase trabajadora, en Nueva Inglaterra. Pero desde una edad temprana su fe se había ampliado más allá de cualquier estrecha identidad tribal. El momento decisivo de su vida fue el descubrimiento del camino no violento de Jesús hacia la cruz. Inspirado por figuras como Dorothy Day y Tomás Merton, se había visto atraído a la lucha para integrar las disciplinas tradicionales de la vida espiritual con un compromiso compasivo con el mundo sufriente. 

Iba a misa todos los días, y también asistía a la liturgia del domingo del rito bizantino de la Catedral Melquita, pasaba largas horas leyendo la Biblia, rezaba el rosario y hacía frecuentes retiros en un monasterio trapense local. Le reveló a un cristo, hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador”. Es posible, por lo tanto, que estuviera recitando esta oración en el momento de su muerte.

¿Cuál fue el significado de su corta vida? De acuerdo con un amigo, el Reverendo Peter Gomes, de Harvard: “La diferencia con John era que había descubierto que la vida carece de propósito, de sentido, de dirección, y de orientación aparte del propósito y la orientación en Dios…En su corta vida se volvió un hombre total para los otros, y quienes lo conocieron y lo amaron dan testimonio el amor de Cristo que brillaba en él y a través de él”.

Por Rosario Carrera.
Inspirado en el libro Todos los Santos. Robert Ellberg