Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

15 de junio de 2018

DOM BEDE GRIFFITHS, monje y sannyasi

Dom Bede Griffiths
Monje y sannyasi (1906-1994) 

"El llamado de hoy de la Iglesia es a trascender los límites de las 
Estructuras institucionales y abrirse a la presencia del 
Espíritu en la Iglesia y en cada cristiano”

      El viaje de Beda Griffiths hacia Dios fue la clásica historia del encuentro espiritual entre Oriente y Occidente. En su vejez se parecía en todo a un santón indio: larga barba blanca, cabello blanco  y túnica azafrán. Empero si bien se sentía igualmente en casa tanto en los Vedas y los Upanishads como en las Escrituras cristianas, permaneció profundamente arraigado en la Iglesia. Había llegado al punto donde todas las religiones, de hecho toda la creación, le hablaba de Cristo.

      Comenzó su vida como Alan Richard Griffiths, nacido en una familia inglesa de clase media el 17 de diciembre del año 1906. En el año 1925, fue a Oxford, donde estudió literatura.  Su tutor en el Magdalen Collage fue C.S. Lewis, que más adelante se volvería famoso como escritor cristiano, si bien en esa época ninguno de ellos sentía ninguna inclinación religiosa particular.



       Luego de su graduación, Griffiths comenzó a explorar el mundo de la fe, estimulado, en un principio, por su lectura de San Agustín y de la Biblia. Al vivir en una pequeña casa de campo,  adoptó, en forma gradual, una vida ascética, experimentando con el ayuno y otras disciplinas mientras pasaba sus días en rigurosas sesiones de oración y reflexión. Sin ninguna deliberación en particular, se halló inventando para sí mismo una suerte de espiritualidad monástica. Lo que faltaba en todo esto, como llegó a comprender, era el monasterio. Visitó un monasterio benedictino y creyó haber encontrado su verdadero hogar. Allí, en la Nochebuena de 1932, fue admitido en la Iglesia católica romana y en seguida solicitó formalmente su admisión en el priorado. Luego de recibir el hábito de novicio, tomó el nombre de Beda y pasó los siguientes veinte años en una vida monástica convencional.

      En el año 1955, sin embargo, todo lo que había de convencional en la vida de Griffiths seria dejado atrás. Le llegó una invitación para colaborar en la creación de un monasterio benedictino  en el sur de la india y Griffiths, impulsivamente, se ofreció como voluntario. Algún instinto le había llevado a creer que en la India descubriría lo que él llamó "la otra mitad de mi alma”.

        En esa época, la india acababa de independizarse y luchaba para definirse como un país moderno. Pero lo que  impresionó a Griffiths, aparte de la asombrosa pobreza, fue la atmósfera profundamente religiosa -lo que definió más tarde "un sentido de lo sagrado"- que parecía impregnar el aire. Había llegado, en cierto sentido, como misionero, para ayudar a implantar y dar testimonio del Evangelio en una cultura no cristiana. Pronto llego a creer, no obstante, que el secularizado Occidente tenía mucho que aprender de la India. De manera creciente, su misión fue dar testimonio del un "matrimonio entre Oriente y Occidente un ", intentando facilitar un encuentro entre la racionalidad occidental y la espiritualidad intuitiva que aún formaba tanta parte del alma hindú.

      En Kerala, Griffiths ayudó a establecer un "ashram" monástico, una comunidad fiel a la tradición monástica, a la par adaptada, en su forma, a la cultura hindú. Así, Griffiths y los otros monjes adoptaron la apariencia del un "sannyasi", o santón hindú. En lugar del tradicional hábito benedictino, vestían las túnicas azafrán de los monjes hindúes, caminaban descalzos y comían con las manos. Griffiths acompañó estos experimentos formales de transculturación con esfuerzos por llevar el diálogo entre Oriente y Occidente a un nivel más profundo.

      Experimentó con el yoga, la meditación y otras disciplinas espirituales hindúes. Se  sumergió asimismo en el estudio de los clásicos vedantas e hindúes. Su estudio le confirmo su creencia de que Cristo representaba el cumplimiento de la búsqueda religiosa. Empero, de la misma manera en que la Iglesia había discernido el misterio de Cristo escondido en la historia religiosa de Israel, era también posible y necesario descubrir el rostro de Cristo escondido en todas las religiones del mundo, Cristo, según creía, se hallaba ya presente en el alma hindú, aguardando ser descubierto. Este fue el proyecto de vida de Griffiths y su pasión.

      Al mismo tiempo, pensaba, el mundo hindú tenía mucho que enseñar a Occidente. La India había preservado una profundidad religiosa, una valoración de la interioridad, que se hallaba muy a menudo borrada en la cultura occidental. Un verdadero diálogo entre Oriente y Occidente ayudaría a los buscadores de ambas culturas a viajar "aguas arriba", para encontrar el camino a una dimensión de la realidad más profunda, en la que todos los caminos religiosos podrían, por último, converger.

      En el año 1968, Griffiths ayudo a establecer el ashram de Saccidananda, una nueva comunidad monástica que era aún más radical en su síntesis de la espiritualidad oriental y occidental. Las liturgias combinaban oraciones cristianas y lecturas de la Biblia con lecturas de los Vedas y el Bhagavadgita.

     Griffiths, mientras tanto, produjo una sucesión de libros que atrajeron una amplia atención a sus experimentos monásticos. En años posteriores comenzó también a viajar a través del mundo, compartiendo la sabiduría de su experiencia en la India y buscando que los cristianos retornaran a un estilo de espiritualidad más místico y contemplativo. Sus viajes lo pusieron en contacto con la tradición monástica de los "camadoli", cuya combinación de vida comunitaria y en solitario halló atractiva. En el año 1980 ingreso formalmente en esta orden.

      En una época de "diálogo interreligioso", Griffiths se hallaba en una categoría propia. Representaba la imagen del monje como hombre santo, puente viviente entre culturas y caminos religiosos diferentes. Arraigando en la tradición cristiana, daba testimonio de la Verdad, que según creía, era el objetivo de todo esfuerzo religioso. Para Oriente, representaba el rosto de un cristiano despojado del ropaje de la cultura occidental. Para Occidente planteaba el desafío de recobrar las dimensiones místicas y contemplativas de la fe cristiana.   

Por Rosario Carrera.
carrerarosario@gmail.com

Inspirado en el libro "Todos los Santos".  Robert Ellberg