Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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7 de junio de 2018

João Bosco Bournier

João Bosco Bournier
(1917-1976)

“La historia de la salvación no es más que la  acumulación de respuestas de hombres y mujeres  individuales, al llamado de su bautismo”.

Durante gran parte de su carrera de sacerdote, el  padre João Bosco Bournier no ejerció mayor impresión en sus colegas. Fue sólo  hacia el final de su vida, cuando fue colocado en una tierra baldía, que sus verdaderos talentos hallaron la oportunidad  de florecer.

Nacido en Brasil, Bournier entro en los jesuitas a los diecinueve años. Cuando se ordenó, en el año 1946, soñaba con servir en una misión en el extranjero, pero fue asignado a varias tareas administrativas, incluyendo nueve años en la oficina central de los jesuitas en Roma. Pasó casi treinta inadvertidos años en tareas que le aportaban un escaso sentido de satisfacción o recompensa. Lo que es más, los cambios introducidos por el Vaticano II lo sorprendieron. Los  debates entre  los propulsores del “viejo estilo” o del “nuevo estilo” lo dejaban indiferente. Rogaba por una liberación. Ésta vino, por fin, en el año 1966, en ocasión de recibir una nueva  designación  para ser, finalmente, misionero, no en el extranjero sino en la región fronteriza de Mato Grosso. Si bien no era un puesto exactamente deseado, para Bournier significó la respuesta a su plegaria.



Mato Grosso era región creada recientemente, extraída de la jungla amazónica en el centro de Brasil. El desarrollo había hecho retroceder la jungla y limpiado los bosques y pantanos  para crear enormes plantaciones, algunas tan grandes como un cuarto de millón de acres. Para los adinerados barones del ganado había fortunas para hacer. Más para los campesinos que proveían el trabajo, su existencia no se apartaba demasiado de la esclavitud. Un escalón por debajo de ellos se encontraban los indios, contemplados como menos que humanos la tierra. Cualquier esfuerzo por desafiar a este sistema ilegal se topaba con la fuerza brutal, administrada ya fuera por la policía o por bandidos contratados por los propietarios.

Éste era el mundo que encontró el padre Bournier cuando  llegó para dar comienzo a sus deberes de pastor. No pasó mucho tiempo antes de que volviera a pensar todo lo que alguna vez había  comprendido o aprendido de teología.  Esto no sucedía por influencia de la nueva teología post Vaticano II francesa o alemana. Se trataba de reflexionar sobre el significado de la fe a la luz de la realidad social que lo rodeaba. ¿Qué significaba el Evangelio en una situación donde la vida carecía de valor? Bournier pronto llegó a la conclusión de que el papel de un sacerdote en un lugar así, no era simplemente administrar los sacramentos. La tarea del sacerdote era representar los intereses de la dignidad humana y la justicia para que resultara claro que Dios no era indiferente a la suerte de los pobres. 
     
            Bournier se sintió particularmente atraído hacia los indios, los más insignificantes entre los pobres, que por otra parte no tenían amigos ni defensores. Al comportarse así se encontró explorando más profundamente la necesidad de adaptar la fe a la cultura de la gente:  “Debemos adaptarnos a la cultura de los indios para poder transmitir el Evangelio, o descubrir dentro de la vida de los indios, los valores del Evangelio.” Era una tarea dura y exigente. Más por primera vez Bournier se sintió genuinamente feliz en su sacerdocio.

Tuvo la suerte de hallar en su obispo local, Dom Pedro Casaldáliga, a uno de los verdaderos profetas y héroes de la iglesia latinoamericana. Desdeñando todos los privilegios episcopales, Dom Pedro vivía en una humilde cabaña y se vestía como campesino. Debido a su incansable defensa de los pobres, Casaldaliga había soportado un continuo hostigamiento y persecución por parte del gobierno militar y de los terratenientes locales. Lo llamaban “comunista.” Él comprendió bien a lo que se enfrentaba Bournier y le dijo “La labor más humilde y más difícil  para un sacerdote brasileño se halla en el Mato Grosso, trabajando para una gente arrastrada y llevada por una ola de pobreza, soledad, y crimen. Mato  Grosso es una tierra todavía sin ley… La vida de los campesinos consiste en nacer y morir, en que se los mate sin que puedan gozar de los derechos fundamentales; en el Mato Grosso, estas palabras van juntas con una asombrosa naturalidad. ’’

En octubre de 1976, Bournier asistió a una reunión de la iglesia, en São Felix y gozó  entonces del gran privilegio  de acompañar al obispo Casaldáliga en su visita a algunos de los poblados remotos  de su distante diócesis. El 11 de octubre llegaron al pequeño pueblo de Ribeirao Bonito. Hacia el atardecer, supieron que dos mujeres  campesinas estaban detenidas y siendo torturadas en la cárcel local. El obispo  partió para interceder por las mujeres y Bournier lo acompañó.
Fuera de la cárcel se enfrentaron con la policía y solicitaron  que se liberar a las mujeres. Los oficiales se comportaron de manera abusiva, llamando desdeñosamente al obispo y al sacerdote “comunistas”. Cuando Bournier los amenazo con reportarlos a sus superiores, un cabo le golpeó la cara con su revólver. Posiblemente por accidente, el arma se disparó y Bournier recibió un balazo en la cabeza.

Mientras el sacerdote yacía a moribundo, Casaldaliga le administro los últimos sacramentos. Bournier permaneció consciente durante un tiempo. “Los sufrimientos que experimento”, dijo, “me gustaría ofrecerlos a Dios para que la Comisión Indígena pueda ayudar a esta pobre gente. Son tan anónimos.” Finalmente mientras expiraba susurró: “He llegado al fin de mi camino. Consummatum est.” Y  luego: “Dom Pedro, hemos llegado al final de la tarea, juntos.”

Como fruto de su sacerdocio, Bournier deseaba antes que nada restaurar el sentido de la dignidad a los pobre del Mato Grosso. Logró esto sobre todo por su voluntad de entregar su vida. En sus muchos años en los jesuitas había dejado pocos monumentos duraderos. Pero en el lugar de su muerte los campesinos levantaron una cruz con la inscripción: “ El 11 de octubre del 76, en este lugar de Ribeirao Bonito, Mato Grosso, el padre Joao Bosco Bournier fue  asesinado por defender la libertad de los pobres. Murió como Jesucristo, ofreciendo su vida por nuestra liberación.”

Por Rosario Carrera.
Inspirado en el libro Todos los Santos. Robert Ellberg