Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

27 de diciembre de 2015

Clima-x



La llamada Cumbre del Clima que se ha celebrado en París no es como las anteriores. Hasta ahora, los chicos revoltosos de Greenpeace, los Verdes o los movimientos de extrema izquierda que querían caldear el ambiente a costa del enfriamiento del Planeta, eran los que lanzaban llamadas de atención sobre las emisiones nocivas por su repercusión en el hábitat de nuestro planeta Tierra.

Gabriel . Otalora

Pero eso ya no es así. Ahora, la opinión mayoritaria de los expertos así como la realidad del daño a la Tierra que se está produciendo en forma de evidencias, son una llamada de atención muy seria para revertir la situación o abocarnos a una realidad que ya es inquietante a no mucho tardar en forma de efectos devastadores de los que ahora tan solo conocemos la avanzadilla: cambios climáticos exagerados  que causan pandemias, o cada vez más ciudades como Pekín con una polución que sobrecoge.

Estamos en el clímax del clima, y no solo porque llegamos en esta Cumbre a punto culminante o de máxima tensión, sino porque desde el ángulo opuesto, clímax también significa en el diccionario la etapa final de una sucesión ecológica en la que se llega al estadio biológico óptimo y estable de una comunidad vegetal: y este clímax sería el objetivo añorado por todas las personas que aman la vida y quieren un Planeta con un ecosistema saludable. Son muchas cumbre climáticas fallidas, con promesas incumplidas contra una humanidad atónita que ve cómo el problema no es solo para el Tercer Mundo, víctima y ahora ya como verdugo, por la magnitud de industrias contaminantes que se han levantado allí en los últimos tiempos.


Esta vez, 200 países que han dado su visto bueno al primer acuerdo mundial contra el calentamiento global frente a los 37 que firmaron en Kyoto. Pero no es suficiente lo acordado,

a pesar de la alegría del Papa Francisco por los avances. Son muchos lustros de fracasos e incumplimientos desde la publicación del decisivo Informe Brundtland, cuando introdujo en 1987 la noción de “desarrollo sostenible” que habría de popularizarse tanto. Resumo mi decepción en algunos puntos que dejan en manos de los de siempre nuestro futuro a pesar de la toma de conciencia colectiva de los peligros del cambio climático:

1. El reconocimiento de que el cambio climático es una cuestión de “derechos humanos” se ha quedado fuera del texto legal relegado al preámbulo, lo que hace que pierda fuerza declarativa.

2. Este gran acuerdo entrará en vigor en 2020 y cada Estado tiene hasta mayo de 2017 para ratificarlo. Pero tampoco será efectivo si no lo firman al menos 55 países, y que entre ellos sumen el 55% de las emisiones globales.

3. No se ha logrado que la temperatura del planeta no sobrepase los 1,5 grados de aumento a final de siglo, fijándose en 2 grados.

4. Los compromisos de reducción de emisiones de efecto invernadero son voluntarios, y no obligatorios. No habrá sanciones si se incumplen los compromisos firmados por los asistentes.

5. Tampoco se fijan metas concretas en el medio plazo, fiándolo todo a un voluntarismo impropio de la gravedad del efecto invernadero.

6. Se comprometen los países desarrollados a movilizar 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020 para que los países más pobres puedan adaptarse a las consecuencias del cambio climático, una cantidad revisable al alza.

Está muy bien, pero al final se ha quedado fuera del articulado y encima es algo que se puede cambiar -a peor- en futuras cumbres. Igual que se han quedado fuera del acuerdo las emisiones derivadas del transporte aéreo y marítimo (un 10% del total).
 
Y por último, pero no menos preocupante, se propone como solución es la construcción de cientos de centrales nucleares porque producen poco CO2, pero conllevan otros peligros no menos letales como los residuos radioactivos. Y nadie con poder parece tomarse en serio la posibilidad de un desarrollo no ligado exclusivamente al crecimiento sino adecuado a la Huella Ecológica sostenible para no esquilmar el Planeta. Como afirma Ignacio Ramonet, cambiar de modelo energético sin modificar el modelo económico significa correr el riesgo de que sólo se desplacen los problemas ecológicos.

No es suficiente lo acordado en París, pero es verdad que se puede hacer algo más que violentarse o resignarse. Cabe asumir nuestra propia responsabilidad ecológica, ser cada uno solución del problema, individualmente, como una gota en el océano pero todos a la vez. En cada uno de nosotros está parte de la solución y del problema; en nuestro derroche, en la falta de reciclaje, en tanto consumismo superfluo. Que los cristianos somos los primeros muchas veces en liderar las malas prácticas.

Gabriel . Otalora