Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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24 de diciembre de 2016

Recuperar el espíritu de Navidad... Tarea urgente

Angel García-Zamorano

La urgencia de recuperar el espíritu Navidad es apremiante porque hemos olvidado y perdido su sentido original y, si queremos seguir celebrando cristianamente estas fechas, tendremos que volver a él. Cierto que no faltan Misas, procesiones, posadas, belenes, etc., pero se quedan en ritos sin contenido, fruto de una corriente cultural que nos ciega. Y lo peor es que es una “desviación santa”, porque no tenemos conciencia de que Navidad es otra cosa y actuamos equivocadamente.

Dos ó tres meses antes de esta fecha, nuestra sociedad neocapitalista y consumista, ya está presentando “ofertas navideñas” y exhibiendo luces, figuras y adornos que hacen alusión a este tiempo, con la intención de deslumbrarnos y desviar nuestra atención de lo principal. No digo que “hacen alusión a Navidad”, porque nada de eso tiene que ver con la Navidad cristiana. De ahí la necesidad imperiosa de recuperar su espíritu y dejar de lado todo lo que la desfigura y deforma, como fiestas profanas, gastos inútiles, caprichos efímeros y perecederos, propio de un ambiente mundano, para cambiarlo por una celebración más evangélica. ¿Cómo hacerlo posible? Para conseguir este propósito es necesario situar Navidad en su contexto bíblico e histórico.

1.- Espera y esperanza. Las promesas.


Navidad nos evoca la humanización de Dios. Algo que, comprendido, aunque sólo sea superficialmente, nos ayudaría a recuperar su verdadero espíritu y celebrarla de forma que nos sintamos animados para alcanzar las promesas que pueden hacernos verdaderamente felices, sin dejar en nosotros, cuando llega enero, ese vacío de las cosas temporales que no satisfacen. Dios que se humaniza, no es cuestión de un hecho puntual, de sorpresa casual, de algo que aparece como un meteorito caído inesperadamente del cielo.

El profeta Isaías (11,1-9), es el que va delineando con más claridad la figura del Mesías esperado por el pueblo judío y la misión que viene a realizar. No lo habían esperado siempre. Isaías es el primero que anuncia un rey parecido a David, pero superior a él. El texto citado le presenta como un brote que sale de la raíz, después de cortado el árbol. Así da a entender que los presentes reyes, pecadores y poco creyentes, van a desaparecer. El Enmanuel, más que un descendiente de David, será un nuevo David, se le llamará hijo de Jesé, como David.

Así aparece en la genealogía con que comienza Mateo su Evangelio (cf. Mat 1,1). Pero hay una diferencia fundamental. David es engendrado de forma natural por Jesé, pero al hablar de Jesús, el Evangelio dice que nació virginalmente de María (cf. Mt 1,16.23). Se corta la genealogía según la carne, para aparecer la descendencia según el espíritu.
El Mesías será el hombre del Espíritu, como los profetas y más que ellos:
Sobre él reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sensatez e inteli-gencia, espíritu de valor y de prudencia, espíritu de conocimiento y respeto del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará con justicia a los desvalidos y dictará sentencias justas a favor del pobre” (Is 11,2-4a).

En este texto aparecen tres bienes fundamentales que caracterizan a la persona y obra del Mesías, los cuales es necesario tener en cuenta para comprender lo que significa la presencia de Dios entre nosotros y recuperar su sentido original y el verdadero espíritu de Navidad.

a) Justicia

El Mesías vendrá para implantar la justicia (mispat). En la Sagrada Escritura, esta palabra significa que los poderosos respeten el derecho de los pobres y débiles, de los marginados y excluidos. Por su situación so-cial, tendrán la preferencia del Mesías y hacia ellos se inclina la justicia que Dios ofrece a todos, para que se reintegren en un pueblo y en una sociedad de iguales. Ésta ha de ser también la norma suprema de la conducta humana, de la voluntad de Dios para nosotros, su ley, el “camino del Señor”: velar por los pobres e integrar a los excluidos (cf. Haag, Justicia, Diccionario de la Biblia).

Por eso, dice Isaías:
El Mesías “no juzgará por apariencias ni sentenciará sólo de oídas; juzgará con justicia a los desvalidos y dictará sentencias justas a favor del pobre” (Is 11,3-4a). Y continúa indicando cómo el Mesías hará justicia a los pobres: “Su palabra derribará al opresor, el soplo de sus labios matará al culpable. Tendrá como cinturón la justicia y la verdad será el ceñidor de sus caderas” (Is 11,4b-5).

La opción por el pobre ha de realizarse impidiendo aquello que le mantiene en situación de opresión e inferioridad.

b) Paz
Como fruto de la justicia, brotará la paz: “La paz es fruto de la justicia” (Is 32,17, cf. 9,6). La paz bíblica (shalóm), no es ausencia de guerra, lo cual puede lograrse también por regímenes dictatoriales y represivos, o por un equilibrio de fuerzas, sino el bienestar y prosperidad material y espiritual, tanto del individuo como de la comunidad. Se consigue por la unidad entre todos y el aporte de cada uno.

Como consecuencia de la justicia, se harán presentes
la tranquilidad y seguridad para siempre… mi pueblo vivirá en paz, sus casas serán seguras y tranquilas” (ib); “no construirán para otro habite, ni plantarán para que otro coma, pues mi pueblo vivirá tanto como los árboles, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos” (Is 65,22).

La justicia hará posible la paz y felicidad para todos, no solo para un grupo de privilegiados, entre los que existirá comunicación y enriquecimiento mutuos porque pondrán en común las cualidades y talentos que cada uno tiene.

c) Armonía con la naturaleza
La renovación mesiánica, también tendrá repercusiones en la naturaleza:
El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león. La vaca y el oso pastarán en compañía y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey” (Is 11,6-7; cf. Is 65,25).
Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que la naturaleza es “nuestra casa común…, una hermana, una madre bella que nos acoge entre sus brazos” (LS 1), de la que nadie puede prescindir para vivir y de la que todos tenemos necesidad. De la manera cómo nos relacionemos con la naturaleza, dependerá cómo nos tratamos entre nosotros mismos.

Dada la importancia fundamental de la naturaleza para el ser humano y la estrecha relación que existe entre ambos, no podía quedar al margen de la presencia y obra del Mesías, para que todo lo que ofrece y nuestras aspira-ciones sean posibles. La armonía con que Dios creó el universo como don para toda la humanidad, rota por el pecado, se va a recuperar; el dominio despótico e irresponsable del hombre sobre las criaturas, va a desa-parecer. Esto es lo que expresa con belleza literaria el profeta Isaías al des-cribir la convivencia de los animales con el hombre, como consecuencia de la presencia del Mesías.


El Salmo 72, que figura entre los Salmos Mesiánicos, enumera las bendiciones que el pueblo pide a Dios para su rey, el Mesías:
"Que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus humildes con equidad (v.2)... Que las montañas traigan la paz al pueblo (v. 2)... Que él des-cienda como lluvia sobre el césped, como aguacero que riega la tierra" (v. 6)".
El Mesías viene para hacer realidad las aspiraciones del pueblo que se concretizan en las indicadas por Isaías: Justicia, paz y armonía con la naturaleza.

Estos tres bienes expresan como el “desiderátum” de los hombres a lo largo de la historia de salvación. Por consiguiente, siguen permaneciendo actuales como objetivos a conseguir, si queremos que la presencia de Dios humanado tenga sentido y deseamos recuperar el espíritu de Navidad. Por eso, están presentes cuando se realizan las promesas con el nacimiento del Mesías.

2. Realización de las promesas: Dios humanizado.

Conocemos la historia de la noche de Navidad, aunque superficialmente, pero sin conectarla con lo prometido ni pensar en el contenido de este acontecimiento. Por eso, nos hemos quedado con una fábula, un cuento que, por su composición literaria e intereses mundanos, invita a fiesta. No hemos caído en la cuenta de que es el tiempo en que los tres bienes fundamentales que profetizó Isaías y en esperanza, Dios quiere que sean realidades. Para conseguirlos, nos ofrece el mejor medio, la presencia humanizada de su Hijo entre nosotros. La narración que hacen los Evangelios de su nacimiento, nos lo recuerdan de nuevo.

a) Justicia
Cuando el ángel del Señor anuncia a María el nacimiento del “Hijo del Altísimo” (Lc 1,32), inmediatamente se pone en camino para comunicar la Buena Noticia a su prima Isabel. En este encuentro, María proclama el canto del Magnificat, en el que aparece la gran revolución histórica que el Hijo de Dios viene a realizar instaurando la justicia sobre la tierra:
Despliega la fuerza de su brazo, dispersa a los de corazón soberbio, derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos” (Lc 1,51-53).

Estas palabras las dice porque “fue la promesa que ofreció a nuestros antepasados” (Lc 1,55). Jesús, Dios humanado, va a hacer presente la justicia prometida en Isaías. Se manifestó en la actitud preferencial que tuvo durante su vida con los pobres, desclasados y marginados; en la invitación a vivir con transparencia y sinceridad, a tener actitudes de acercamiento, inclusión, diálogo y misericordia con todos.

b) Paz
La presencia histórica de Jesús, la proclaman:
la multitud de ángeles que aparecieron y alababan a Dios diciendo: ‘Gloria a Dios en lo más alto del cielo, y en la tierra, gracia y paz a los hombres” (Lc 2,14).
Esta paz, es consecuencia de que va a hacer justicia a los pobres elevándolos, teniendo preferencia por ellos, y a los ricos les va a rebajar de su orgullo y glorias mundanas. El mismo nombre de “Enmanuel, que significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1,23), nos remite a la profecía de Isaías que revela que el Mesías trae la paz como fruto de la justicia. Dios es un Padre-Madre bueno que quiere la felicidad de todos sus hijos, no solo de un grupo preferido. Por eso, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8,9). Desde esa realidad quiere hacer un solo pueblo, una sola comunidad.

c) Armonía con la naturaleza

En el nacimiento de Jesús, podemos observar la más íntima armonía del cielo con la tierra, de la naturaleza con las personas. El campo se llenó de luz,
el ángel del Señor se presentó (a unos pastores) y los rodeó de clari-dad la gloria del Señor” (Lc 2,9).

El cielo y la tierra se unen en un bello y claro signo para anunciar la presencia de Dios entre nosotros y comunicarnos su mensaje:
Cuando los ángeles volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vamos, pues, hacia Belén a ver lo que ha sucedido y nos ha comunicado el Señor” (Lc 2,15).

Esta armonía entre las personas y la naturaleza en la noche de Navidad, nos invita a considerar su estrecha y significativa relación, a cuidar la naturaleza como medio de comunicación con Dios y elemento indispensable para nuestra supervivencia. La naturaleza es un recurso común del que nadie puede apropiarse sin perjudicar a los demás e impedir la finalidad que Dios le dio para que, como buena madre, sirva a todos.

3. Recuperar el espíritu de Navidad:
Continuar haciendo realidad las promesas

Hemos visto cómo fue profetizada la presencia humana de Dios por Isaías y su realización en la noche inolvidable de Belén. Recuperar el espíritu original de Navidad, significa hacer memoria en estos días de los tres bienes fundamentales de justicia, paz y armonía con la naturaleza. Este recuerdo ha de motivarnos a abrir nuestros oídos sordos y mover nuestro corazón insensible para colaborar en los planes de Dios en favor de toda la humanidad, de la cual formamos parte. Aquí está el secreto y el sentido de Navidad:


La sociedad, en su insaciable sed de dinero a costa de valores fundamentales que nos hagan verdaderamente felices, ha logrado mundanizar la Buena Noticia del nacimiento de Jesús, opacarla, para que su presencia no moleste, poder continuar profanando su mensaje y destruyendo la naturaleza. De esta forma, el engaño es más sutil porque todo se hace en nombre de la religión para pasar más desapercibido. La astucia mundana usa como cebo para sus planes el recuerdo del hecho histórico único de la humanización de Dios, desconociendo su mensaje y evadiendo el compromiso que conlleva. Espejismos que engañan y ofrecen lo que nunca llega. Se intenta suplir este hecho por un ambicioso y peligroso consumismo y superficialidad que en vez de hacernos felices nos degrada. Se ha realizado un cambio de paradigma del hecho original a una realidad mundana. La lógica humanizadora y salvadora de Dios, se ha cambiado por la lógica de la evasión superficial y engañosa.

El libro del Deuteronomio nos da la clave para recuperar el sentido y espíritu de Navidad. Cuenta que, cuando los niños israelitas pregunten a sus padres el por qué de la celebración Pascual, fiesta central del pueblo judío, por “los preceptos, los mandamientos y las normas” religiosas que se observan en estas fiestas, les contestarán recordándoles la historia de su liberación:
Nosotros éramos esclavos del Faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte… A nosotros nos sacó de allí para traernos y darnos la tierra que había prometido a nuestros padres. Y nos mandó cumplir todos estos mandatos, respetando al Señor, nuestro Dios, para nuestro bien perpetuo, para que sigamos viviendo como hoy. Quedamos justificados ante el Señor, nuestro Dios, si ponemos por obra todos los preceptos que nos ha mandado”. (Dt 6,20-25).

El pueblo de Israel fue olvidando el hecho original que le dio identidad. Los profetas se encargaron de recordárselo y cómo tienen que celebrarlo, anunciando el nacimiento del Mesías para hacerlo posible. En este contexto, aparece el texto citado de Isaías 11,1-9.

Según esto, para recuperar el espíritu de Navidad, en primer lugar, tenemos que conocer y contar la historia original de la presencia del Hijo de Dios en la tierra en condiciones de pobreza extrema e indefenso, su promesa y cómo se realizó. El Papa Francisco lo resume en su última Exhortación, “La alegría del Evangelio”, con estas palabras:

La encarnación del Verbo en una familia humana, en Nazaret, conmueve con su novedad la historia del mundo. Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado; en la religiosa espera de Zacarías y en la alegría que acompaña el nacimiento de Juan el Bautista, en la promesa cumplida para Simeón y Ana en el templo, en la admiración de los doctores de la ley escuchando la sabiduría de Jesús adolescente” (AL 65). Todo esto se realizó, como decimos en el Credo, “por nosotros y nuestra salvación”.

Esta sencilla historia, nos dará la pauta de lo que tenemos que hacer y cómo para recuperar el verdadero sentido de Navidad. La presencia de Enmanuel, Dios-con-nosotros, nos afecta a todos por ser nuestro Redentor, Salvador y Liberador, “nuestro Consejero, Camino y Guía” (Is 9,5). Su presencia implica un estilo nuevo de vida para quienes recuerdan el acontecimiento de su nacimiento y se dicen sus seguidores.

Segundo, considerar cómo los tres bienes fundamentales que implica la presencia de Jesús, anunciados por los Profetas y testimoniados por su presencia histórica, están presentes o ausentes en nosotros y en nuestra sociedad. En consecuencia, el recuerdo de su nacimiento es una llamada de atención para no desviarnos de su proyecto y continuarlo.
a) Justicia

Una mirada a nuestra realidad, aunque sólo sea superficial, nos cubre la cara de vergüenza al ver la in-equidad social, las grandes injusticias que día a día se cometen a nuestro alrededor y la indiferencia e insensibilidad ante ellas. Vivimos “anestesiados”, en expresión del Papa Francisco, y esto nos hace inhumanos.

Sigue ocurriendo lo que decía el Apóstol San Pablo, “mientras unos se hartan y se embriagan, otros pasan hambre” (1Cor 11,21). Añadamos cómo día a día se repiten “situaciones de injusticia intolerables” (Papa Francisco) que afectan especialmente a las mujeres y los niños, a los indígenas, a los trabajadores del campo y trabajadoras domésticas, a quienes se explota inicuamente. Estas injusticias comienzan en el hogar, entre los padres y entre éstos y los hijos, de mil formas y maneras. Los asesinatos, la corrupción, las extorsiones, la explotación de menores, etc., son otras tantas manifestaciones de que la justicia que el profeta Isaías anunció con la venida del Mesías, que proclamó María en su visita a su prima Isabel y Jesús nos enseñó con su testimonio, están muy lejos de hacerse realidad. La justicia mesiánica, afecta a todas las dimensiones del ser humano, no sólo las relaciones del Estado con los ciudadanos, particularmente los pobres, sino también las relaciones comunitarias y de las personas entre sí.

Por eso, la presencia de Dios humanado nos invita a abandonarnos confiadamente a la voluntad de Dios que se hace nuestro compañero de camino, a ser solidarios y colaborar para que el pobre, los que sufren y todos los que se encuentran en situación de marginación y exclusión, por cualquier razón o motivo, recuperen su dignidad y tengan el lugar que les corresponde en la sociedad y en la Iglesia; a replantearnos cómo vivimos nuestras relaciones con los que tenemos alrededor. Decía el Papa Francisco que,
no existen relaciones mutuas allí donde algunos mandan y otros se someten, por miedo o conveniencia. Hay relaciones mutuas donde se cultiva el diálogo, la escucha respetuosa, la honestidad recíproca, el encuentro y el conocimiento, la búsqueda compartida de la verdad, el deseo de fraterna colaboración por el bien de la Iglesia, que es ‘casa de comunión’” (28.10.16)

Hacer esto realidad implica que en Navidad, antes que pensar en fiestas, regalos y gastos inútiles, tenemos que recordar a Jesús, que
se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres” (Fil 2,7).

Y junto con el recuerdo de su persona, reflexionar en su mensaje: ser humanos y solidarios con quienes la sociedad ha excluido y sustraído lo que les corresponde, y con las personas con quienes vivimos. Para hacer esto realidad, primero, debemos comenzar quitando o dejando lo que impide nuestras buenas relaciones con los otros, (cf. 1Cor 9,24-27). Y, segundo, como no podemos llegar a todos los que viven en condiciones infrahumanas, mirar a ver en quién y cómo podemos hacerlo realidad.

Mientras nos falte un poco de humanismo y sensibilidad ante los que se encuentran tirados al borde del camino o con quienes convivimos, no tenemos derecho a celebrar una fecha que nos habla de solidaridad, de acercamiento al diferente, de inclusión, de ser misericordiosos porque Dios nos miró con misericordia (cf. MV 15):

En otro tiempo también nosotros seguíamos los impulsos de los bajos deseos, obedecíamos los caprichos y pensamientos de nuestras malas inclinaciones, y naturalmente estábamos destinados al castigo como los demás. Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, estando muertos por nuestros pecados, con Cristo Jesús, nos resucitó y nos sentó en el cielo, para que se revele a los siglos venideros la extraordinaria riqueza de su gracia y la bondad con que nos trató por medio de Cristo Jesús” (Ef 2,3-7).

b) Paz

Si falta la justicia, está por demás repetir que no podemos tener paz: “La paz es fruto de la justicia” (Is 32,17). Supuestamente, la legislación debería ser el instrumento para conseguirla. Pero las leyes no son para que prevalezca un estado de derecho con el que podamos vivir en paz y respeto mutuo, sino un juego para que los más “hábiles” las tergiversen en favor de personas sin escrúpulos y delincuentes, a cambio de honorarios escandalosos e injustos. Da la impresión de que el papel de los abogados, particularmente del ramo jurídico y penal, es ocultar la verdad y hacer que prevalezca la mentira. La paz no es imposición o dominio, físico, psicológico, intelectual o de autoridad, de los más fuertes sobre los más débiles, de los investidos de autoridad sobre los que no la tienen, sino bienestar y felicidad para todos en el sentido más amplio de la palabra, equilibrio y estabilidad. Por eso dice el Papa Francisco que:
sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencia o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden” (EG 218).

La noche en que Dios se hizo presente en la tierra,
una multitud de seres celestiales aparecieron en torno al ángel, y cantaban: ‘Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres amados por él’” (Lc 2,13-14).

Esa paz, actualmente, es un espejismo. Es una palabra vacía y sin contenido, acuosa y resbaladiza, que no dice nada, en una sociedad donde se confunde tener autoridad con tener razón, donde la pobreza atenaza al 85% de las personas y el 55% de los niños están desnutridos, además de lo indicado anteriormente. Es cierto que hay cierta estabilidad, más aparente que real, pero no es fruto de la justicia sino del miedo, represión e indiferencia que nos caracterizan.

Navidad es una buena ocasión para contraponer los planes de Dios y su pobre realización humana, con las palabras de Jesús:
Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos” (Mt 5,9).

c) Armonía con la creación.
Por último, recuperar el espíritu de Navidad significa colaborar en el cuidado y armonía de la creación, como aparece en las profecías mesiánicas y ocurrió en la noche de Navidad. Hemos llegado al límite en que lo que gastamos y consumimos sobrepasa lo que la naturaleza puede reponer. Esto quiere decir que inevitablemente estamos cavando nuestra propia fosa. Si no reaccionamos va a llegar un momento, más antes que después, en que la naturaleza va a cerrar sus puertas a los humanos no porque quiera guardarse sus tesoros sino porque se han agotado. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad para tomar decisiones urgentes, tanto a nivel personal como social, para disuadir el estilo de vida que nos caracteriza y fomentar otro nuevo, más sobrio y racional, que beneficie a las nuevas y futuras generaciones. Decía Benedicto XVI: “La naturaleza, especialmente en nuestra época, está tan integrada en la dinámica social y cultural, que prácticamente ya no constituye una variable independiente” (CV 51).

En este tiempo, más que en el resto del año, maltratamos a la naturaleza con la tala de árboles que necesitamos para respirar y que brote el agua, la contaminamos y destruimos, unas veces por avaricia y otras por capricho, por no ser un poco más sensibles con los demás. No recordamos que la naturaleza es “nuestra madre” y nos atrevemos a desconocerla y hacerla positivamente daño.

Jesús fue anunciado como el que traería armonía entre la naturaleza y las personas. En su nacimiento, se unieron el cielo y la tierra para dar a conocer su presencia y como señal de que el hombre tiene que vivir siempre en armonía con la creación.

No hay duda de que recuperar el espíritu de Navidad y vivirla con un mínimo de sentido cristiano y humano, es una invitación a cuidar nuestra “casa común”, buscando la unidad del ser humano con la naturaleza que nos permita escuchar a Dios y acercarnos a los demás. Nos iría mejor y haríamos posible la felicidad que tanto nos deseamos estos días y que actualmente significa muy poco o nada, porque estas fechas más que traer felicidad, nos dejan amargura, vacío y problemas personales, familiares, sociales y ecológicos.

Conclusión

Con Jesús comienza el tiempo del “espíritu”, como afirman los profetas. Sin un poco de espíritu evangélico va a ser difícil que Navidad signifique algo y que podamos recuperar su espíritu y sentido original. Esto significa atrevernos a celebrar estos días al margen de lo que la sociedad nos propone y los halagos que ofrece. No es fácil hacerlo, pero tampoco imposible. No permitamos que una sociedad a-religiosa, indiferente a los pobres, al dolor y sufrimiento de los demás, secuestre Navidad.

Está muy extendida la tradición de reunirse las familias para cenar juntos el día 24 de diciembre, encender una candela como señal de la presencia de Dios entre nosotros, esperar las 12 de la noche para darse un abrazo e incluso pasar una imagen del Niño Jesús y darle un beso. ¡Qué bonito! Si todo quedara aquí y se continuara compartiendo en familia el relato del nacimiento de Jesús y lo que esto significa, sería señal de que deseamos recuperar Navidad. Pero resulta que, en la mayor parte de los casos, a estas buenas tradiciones siguen costumbres profanas con las cuales se amanece. De esta forma volvemos a caer en lo que tanto criticó Jesús:
Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí; el culto que me dan es inútil, ya que la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Ustedes descuidan el mandato de Dios y mantienen la tradición de los hombres” (Mc 7, 7-7).

Con Jesús, Dios humanado, comienza la época del Espíritu. Merece la pena que los cristianos lo tengamos en cuenta, salgamos de nuestros cálculos humanos y nos aventuremos a caminar por los senderos del Evangelio para recuperar el espíritu de Navidad.

Navidad…

Palabra mágica,
evocadora de promesas y utopías
Que anidan en el corazón humano.

Tiempo de recordar
al Mesías, a Enmanuel, a Jesús.

Tres nombres para expresar
una misma verdad:
la humanización de Dios.

Dios se hace hombre
para que vivamos en justicia,
en paz y en armonía con la creación.

Justicia es sinónimo de santidad;
paz, sentirnos bien con Dios,
con nosotros mismos y con los demás;
armonía con la naturaleza,
identificarnos con la totalidad.

¡“Feliz Navidad” a todos aquellos
que aspiran y luchan
para que estos bienes
florezcan en nuestra sociedad!

Mientras amanece este día,
marginados, pobres y excluidos,
el dolor de los que sufren,
y el grito de la naturaleza
sean nuestra compañía.

Compartir y aliviar carencias y sufrimientos,
bondad, ternura y acogida,
son signo de esperanza,
Espíritu de Navidad y Profecía.

¡Felices los que en este tiempo se ilusionan,
por hacer posible y actual, como Jesús,
que la Profecía se haga realidad!

¡Feliz Navidad!


Noviembre 1, 2016