Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

28 de septiembre de 2023

EL PAPA Y LOS NÁUFRAGOS

 "Frente a semejante drama no sirven las palabras, sino los hechos""

Papa, a los líderes religiosos: "No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y a los muertos  como cifras; no, son nombres y apellidos"

Papa, a los líderes religiosos

"No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y a los muertos  como cifras; no, son nombres y apellidos, son rostros e historias, son vidas rotas y sueños destrozados"

"Pienso en los numerosos hermanos y hermanas ahogados en el miedo, junto con las esperanzas que llevaban  en el corazón. Frente a semejante drama no sirven las palabras, sino los hechos"

"Este espléndido  mar se ha convertido en un enorme cementerio, donde muchos hermanos y hermanas se ven privados  incluso del derecho de tener una sepultura, pero la única a ser sepultada es la dignidad humana"

"En las raíces de los tres monoteísmos mediterráneos está por tanto la hospitalidad, el amor por el extranjero en nombre de Dios"

José Manuel Vidal

Tras el encuentro con el clero en la basílica de Nuestra Señora de la Guardia, el Papa Francisco se traslada al Memorial dedicado a los marineros y migrantes perdidos en el mar. Se trata de una Cruz de Camarga que simboliza las tres virtudes teologales: la fe, representada por los tres tridentes de la Cruz, la esperanza, simbolizada por el ancla, y la caridad, representada por el corazón. La Cruz se llema "de la Camarga" porque se fabricó en esta región en los años veinte

"Hermanos, hermanas, afrontemos unidos los problemas, no hagamos naufragar la esperanza,  ¡formemos juntos un mosaico de paz!". Así concluyó el Papa Francisco su emotivo discurso al pié de la Cruz de Camarga, en la que volvió a implorar por la suerte de los emigrantes que cruzan este mar y que se convierte para muchos de ellos en cementerio, donde "se ven privados incluso del derecho a tener una sepultura".

Y volvió a suplicar: "No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y a los muertos  como cifras; no, son nombres y apellidos, son rostros e historias, son vidas rotas y sueños destrozados".

Según el Papa, "frente a semejante drama no sirven las palabras, sino los hechos" y, por eso, suplicó a los líderes religiosos y a sus respectivos fieles de las tres religiones del nómada Abraham, que abran sus brazos y sus corazones a los emigrantes. Porque "en las raíces de los tres monoteísmos mediterráneos está por tanto la hospitalidad, el amor por el extranjero en nombre de Dios".

Cerca del Memorial de los marineros y migrantes perdidos en el mar, miembros de Marseille Espérance, una delegación de Stella Maris, una delegación de Caritas Gap Briançon, una delegación del servicio diocesano de pastoral de migrantes y una delegación de las associations de secours en mer rezan junto al Papa.

Saludo del cardenal Aveline

Santo Padre,

acabamos de rezar en esta basílica de Notre-Dame de la Garde, tan querida por los marselleses. Y ahora nos encontramos ante esta estela, erigida aquí, frente al mar, en homenaje a los marineros y emigrantes que murieron en el sudario de las olas. Esta parada es sin duda una de las más emotivas de su viaje a Marsella. El Mediterráneo que se ofrece a nuestra mirada, tan bello y apacible, también puede convertirse, como todos sabemos, en un cruel cementerio.

Cuando los marineros desaparecen en el mar, es por supuesto una tragedia para sus familias, pero eso forma parte de los riesgos de su trabajo. Pero cuando hombres, mujeres y niños, que no saben nada de navegación, que huyen de la miseria y de la guerra, son despojados de sus bienes por traficantes deshonestos, que los condenan a muerte subiéndolos a barcos viejos y peligrosos, ¡eso es un crimen! Y cuando las instituciones políticas prohíben a las Organizaciones No Gubernamentales e incluso a los barcos que pasan por esas aguas llevar ayuda a los náufragos, es un crimen igualmente grave y una violación del derecho marítimo internacional más elemental.

Los que estamos aquí con usted esta noche, Santo Padre, le agradecemos de corazón el coraje y la tenacidad con los que, durante diez años, desde su primer viaje a Lampedusa, ha defendido la causa de los migrantes, contra y contra todo. Sí, en nombre de todos nosotros, ¡gracias, querido Papa Francisco! Dirigentes de asociaciones que trabajan al servicio de los migrantes están aquí presentes: los servicios diocesanos de pastoral de migrantes de Marsella, Gap-Briançon y París, que los acogen o rescatan en las montañas.

También están con nosotros las asociaciones SOS Méditerranée y Mediterranea, que recogen a los abandonados en el mar. Y también los responsables de Stella Maris, el servicio internacional de pastoral marítima, muy activo en el puerto de Marsella, que cubre tanto la diócesis de Marsella como la de Aix-en-Provence.

Pero, sobre todo, quisiera destacar la participación de los responsables de todas las religiones presentes en Marsella. La ciudad, bajo el impulso de su alcalde, Robert Vigouroux, fue pionera con la creación en 1990 de un organismo, denominado Marseille-Espérance, que reúne regularmente a todos estos líderes, en el marco de la laicidad republicana, para velar juntos por la paz y la cohesión social de nuestra gran ciudad. Los sucesivos alcaldes, Jean-Claude Gaudin, Michèle Rubirola y Benoît Payan, han querido promover la contribución de las religiones a la paz, y les estamos agradecidos.

Con usted, Santo Padre, quisiéramos ahora reunirnos, pensando en esos rostros de mujeres, hombres y niños que cada día, y quizás también esta noche, luchan por sobrevivir y esperan encontrar ayuda. Gracias, querido Papa Francisco, por acompañarnos y guiarnos.


Intervención del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Gracias por estar aquí. Ante nosotros está el mar, fuente de vida, pero este lugar evoca la tragedia  de los naufragios, que provocan muerte. Estamos reunidos en memoria de aquellos que no sobrevivieron, que no fueron salvados. No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y a los muertos  como cifras; no, son nombres y apellidos, son rostros e historias, son vidas rotas y sueños destrozados.  Pienso en los numerosos hermanos y hermanas ahogados en el miedo, junto con las esperanzas que llevaban  en el corazón. Frente a semejante drama no sirven las palabras, sino los hechos. Pero antes, hace falta humanidad: silencio, llanto, compasión y oración. Los invito ahora a un momento de silencio en memoria  de estos hermanos y hermanas nuestros; dejémonos conmover por sus tragedias. [momento de silencio]

Demasiadas personas, huyendo de los conflictos, la pobreza y las catástrofes naturales, encuentran  entre las olas del Mediterráneo el rechazo definitivo a su búsqueda de un futuro mejor. Y así este espléndido  mar se ha convertido en un enorme cementerio, donde muchos hermanos y hermanas se ven privados  incluso del derecho de tener una sepultura, pero la única a ser sepultada es la dignidad humana.

En el libro testimonio “Hermanito”, el protagonista, al final del turbulento viaje que lo condujo desde la República de  Guinea hasta Europa, afirma: «Cuando te sientas sobre el mar estás en una encrucijada. A un lado está la  vida, al otro la muerte. Allí no hay otras salidas» (cf. A. ARZALLUS ANTIA – I. BALDE, Fratellino, Milano  2021, 107). Amigos, ante nosotros también se abre una encrucijada: por una parte, la fraternidad, que  fecunda de bien la comunidad humana; por otra, la indiferencia, que ensangrienta el Mediterráneo. Nos  encontramos frente a una encrucijada de civilización.

No podemos resignarnos a ver seres humanos tratados como mercancía de cambio, aprisionados y  torturados de manera atroz; no podemos seguir presenciando los dramas de los naufragios, provocados por  contrabandos repugnantes y por el fanatismo de la indiferencia. Deben ser socorridas las personas que, al  ser abandonadas sobre las olas, corren el riesgo de ahogarse. Es un deber de humanidad, es un deber de  civilización.

El cielo nos bendecirá si en la tierra y en el mar sabremos cuidar de los más débiles, si sabremos superar la parálisis del miedo y el desinterés que condena a muerte con guantes de seda. En esto, nosotros,  los representantes de las distintas religiones, estamos llamados a dar ejemplo. Dios, en efecto, bendijo al padre Abrahán. Él fue llamado a dejar su tierra de origen: «partió […] sin saber a dónde iba» (Hb 11,8). Huésped y peregrino en tierra extranjera, recibió a los viajeros que pasaron cerca de su tienda (cf. Gn 18);  «exiliado de su patria, carente de morada, él mismo era anfitrión y patria de todos» (cf. S. PEDRO CRISÓLOGO, Discursos, 121). Y «como recompensa de su hospitalidad recibió el don de una posteridad»  (cf. S. AMBROSIO DE MILÁN, De officiis, II, 21).

En las raíces de los tres monoteísmos mediterráneos está por tanto la hospitalidad, el amor por el extranjero en nombre de Dios. Y esto es vital si, como nuestro  padre Abraham, soñamos un futuro próspero.

Nosotros los creyentes, por tanto, debemos ser ejemplares en la acogida recíproca y fraterna. A  menudo las relaciones entre los grupos religiosos no son fáciles, pues la larva del extremismo y la peste  ideológica del fundamentalismo corroen la vida real de las comunidades. Pero quisiera, a este respecto, hacer eco de lo que escribió un hombre de Dios que vivió no lejos de aquí: «Que ninguno guarde en su  corazón sentimientos de odio hacia su prójimo, sino de amor, porque el que tuviere odio, aunque sea a un  solo hombre, no podrá estar tranquilo ante Dios. Dios no escucha su oración mientras guarde rencor en su  alma» (cf. S. CESARIO DI ARLES, Discorsi, XIV, 2). 

Hoy también Marsella, caracterizada por un variado pluralismo religioso, está frente a una  encrucijada: encuentro o confrontación. Y yo les agradezco a todos ustedes, que se ponen en el camino del  encuentro: gracias por su compromiso solidario y concreto en favor de la promoción humana y de la  integración. Es hermoso que exista aquí —junto a otras diversas realidades que trabajan con los migrantes— el Marseille-Espérance, organismo de diálogo interreligioso que promueve la fraternidad y la convivencia  pacífica. Miremos a los pioneros y a los testigos del diálogo, como Jules Isaac, que vivió cerca de aquí, y  del cual se ha recordado recientemente el 60º aniversario de su muerte. Ustedes son la Marsella del futuro.  Sigan adelante sin desanimarse, para que esta ciudad sea para Francia, para Europa y para el mundo un  mosaico de esperanza.

Como deseo, quisiera finalmente citar algunas palabras que David Sassoli pronunció en Bari, con  ocasión de un encuentro precedente sobre el Mediterráneo:

«En Bagdad, en la Casa de la Sabiduría del  Califa Al Ma'mun, judíos, cristianos y musulmanes solían reunirse para leer los libros sagrados y a los  filósofos griegos. Hoy todos sentimos, creyentes y laicos, la necesidad de reconstruir esa casa para continuar  juntos a luchar contra los ídolos, derribar muros, construir puentes y dar contenido a un nuevo humanismo.  Mirando profundamente nuestro tiempo y amándolo aún más cuando es difícil amarlo, creo que ésta es la  semilla sembrada en estos días [de reflexión] tan empeñados con nuestro destino. ¡Ya basta de tener miedo  a los problemas que nos plantea el Mediterráneo! [...] Para la Unión Europea y para todos nosotros, nuestra  supervivencia depende de ello» (cf. Discorso in occasione dell’Incontro di riflessione e spiritualità  “Mediterraneo frontiera di pace”, 22 febbraio 2020).

Hermanos, hermanas, afrontemos unidos los problemas, no hagamos naufragar la esperanza, ¡formemos juntos un mosaico de paz! Me place que estéis aquí tantos de los que vais al mar a salvar emigrantes. A veces, no os dejan: Son gestos de odio travestidos de equilibrio. Gracias por lo que hacéis.

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