Para escuchar a Jesús, nuestro Maestro interior, que nos conduce hacia el encuentro con el misterio insondable de Dios, hemos de. No hemos de leer los textos evangélicos desde fuera. Hemos de leerlos desde el silencio del corazón.
Juan de la Cruz lo dice de modo más profundo: <<Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta palabra habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída por el alma >>.
Juan de la Cruz siente que <<el centro del alma es Dios >>. La unión con Dios no es algo que hayamos de conquistar, sino una realidad que hemos de descubrir, vivir, agradecer y gozar.
Todo esto es muy hermoso, pero ¿ por qué la inmensa mayoría de nosotros vivimos con la sensación de que Dios está separado de nosotros, en algún lugar que queda fuera de nuestro alcance?. Esta sensación de separación de Dios, de su distanciamiento y lejanía, proviene de que vivimos con nuestra atención interior centrada exclusivamente en lo que acontece en nuestra mente o en nuestros sentimientos.
Pero la mente no es el único ámbito de nuestra existencia. Hay en nosotros un espacio interior más profundo.
Precisamente la apertura a la presencia del misterio de Dios y la comunión con ÉL acontece en lo más profundo de nuestro ser.
Todo nos hace pensar que Dios, o no existe o debe de estar en algún lugar inaccesible para mí.
Algo sabia Juan
de la Cruz de esta experiencia:
<< Parece al alma que todo el universo es un mar de amor en el que ella está engolfada, no echando de ver término ni fin donde se acabe este amor, sintiendo en mí [....] el vivo punto y centro del Amor >>
(Llama de amor
viva II, IO ).


