Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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14 de agosto de 2018

CONFIESO QUE HE LEÍDO

Confieso que he leído

Mao Zedong tenía razón cuando afirmó que ‘leer demasiados libros es peligroso’. Tenía razón porque leer da ideas. Muestra mundos. Abre puertas y ventanas. Y lo que es peor: libera.

Por Bernardo Arévalo
Nómada


Que las personas somos vulnerables a las ideas y que es necesario protegernos de la ingenuidad de creer que nosotros mismos, solos y sin guías, podemos discernir entre lo que nos conviene y lo que no, no fue invento de Mao, por supuesto. Ha sido reflexión constante de quienes, viviendo con la certeza de tener la verdad entre sus manos, no quieren arriesgarse a que un deambular desordenado por páginas reales o virtuales nos distraiga de algo que ellos ya descubrieron para nosotros y que es lo único que, en su opinión, necesitamos para ser felices: el dogma, la doctrina, la verdad revelada que ellos generosamente quieren compartir con el mundo.

Por eso, la Santa Madre Iglesia durante siglos prohibió la lectura de la Biblia por los fieles, encargándole la tarea de predicar la santa palabra a los curas. No fuera a ser que almas atribuladas y espíritus torvos malinterpretaran las andanzas de patriarcas, reyes y profetas en el Antiguo Testamento, o las contradicciones y contrastes entre los distintos testimonios de la vida del nazareno en el Nuevo. Suficiente tenían ya con las heterodoxias religiosas de herejes que terminaban quemados en las brasas de hogueras levantadas en las plazas para escarnio público. ¡Imagínense la veleidad de cuestionar los dogmas en manos del pueblo llano!


Y por eso, a medida que la lectura dejó de ser una habilidad exclusivísima en manos de muy pocos, se hizo necesario comenzar a pensar en nuevos mecanismos para continuar protegiendo a los ingenuos de los nocivos efectos de la lectura no supervisada: la publicación por la Iglesia de los índices de libros prohibidos cuya lectura conllevaba el pecado y la oferta de un espacio en el infierno; las hogueras purificadoras con las que los nazis limpiaban las bibliotecas alemanas –desde las universitarias hasta las de las casas particulares– de lecturas degenerantes; la criminalización de autores y lectores de obras declaradas insidiosas, subversivas, burguesas o corruptas por regímenes que, no importa cuál fuera su orientación política o religiosa, no soportan el disenso.

Desde esta perspectiva, nada más peligroso que un populacho –por favor, poner atención a la palabra– que porque lee, cree que sabe. O aún más: de un populacho –no un pueblo, no una sociedad, no una ciudadanía: un populacho– expuesto a la propaganda insidiosa y malintencionada de quienes quieren confundirlo y distraerlo. La Asociación General de Agricultores lo sabía cuándo en 1944 se manifestó en contra de los planes de alfabetización del gobierno revolucionario guatemalteco. ¿Qué sentido tenía darle la posibilidad al campesino de leer y enterarse? Y por eso Mao, en el contexto de discusiones concernientes al estado de la educación en la República Popular de China en 1964, pontifica sobre los peligros sociales de la lectura excesiva, indiscriminada, descontrolada, y no   supervisada. Llevando esta sabiduría a sus últimas expresiones, el Khmer Rojo decidió a mediados de los años setenta vaciar las ciudades camboyanas y masacrar a profesionales y universitarios, no fuera que su contaminación intelectual corrompiera la pureza del proyecto revolucionario que estaban construyendo.

Y hoy, en la época de internet y de las redes sociales, la tarea se complica, pero no desaparece: la desinformación dirigida; el intento de comprar o corromper los medios de comunicación masiva; la deslegitimación del crítico y del adversario; la mentira repetida goebbelsianamente para que la duda sobre toda la palabra escrita termine por forzar a la gente a refugiarse en el dogma y renunciar a la lectura.

Tienen razón, Mao y los demás iluminados. Que la lectura es peligrosa lo sé yo por experiencia propia. Claro, en mi caso, habrá que considerar que existen condiciones mitigantes: la irresponsabilidad de un padre bibliófilo que me llevaba de paseo a librerías y que me inculcó el amor por la palabra escrita, o la de una hermana imprudente que balanceaba las lecturas clásicas sugeridas por mi padre con una buena dosis de literatura contemporánea, irreverente y contestataria.

Los libros me rodearon desde mi infancia: al principio, los que me regalaba mi padre; los que iba agarrando de su biblioteca; los que tomaba de los anaqueles de mis hermanas y hermanos. Con el tiempo, yo mismo comencé a conseguir otros que ya eran más míos: comprados o prestados, de parientes o amigos, de literatura, de historia, de filosofía, de lo que fuera. La palabra escrita y empastada se volvió en elemento central de mi cotidianeidad. Libros leídos porque yo quería y no porque alguien me los ordenaba; libros y lecturas que llenaban mis tardes de ocio y mis fines de semana para salvarme del aburrimiento. Libros que se iban acumulando en escuálidos anaqueles que, desde la perspectiva de quienes creen que la lectura es peligrosa, servían de testimonio a la desorientación de mis andares.

Y el efecto nocivo no se hizo esperar: la duda ante el dogma, el cuestionamiento de lo establecido, la arrogante ingenuidad del adolescente que creía que iba encontrando en los libros respuestas a las preguntas existenciales que lo inquietaban, y que no se daba cuenta de que mientras más leía, más preguntas acumulaba.
Tal vez, mi vida hubiera transcurrido más tranquila si en vez de divagar de libro en libro me hubiera conformado con uno sólo: de pasta roja, en papel de biblia, sobre economía política, de auto-ayuda… que sé yo. Uno, que podría haber satisfecho mis dudas existenciales con las verdades pre-digeridas y regurgitadas que a diestra y a siniestra le ofrecen a uno profetas, caudillos y gurúes que lo único que piden a cambio de la verdad es la obediencia, la aquiescencia, la docilidad intelectual necesaria para recibir lo que ellos ya conocen y que, en su infinita bondad, están dispuestos a compartir con nosotros.

En su lugar, he seguido persiguiendo la palabra escrita por los corredores interminables de bibliotecas universitarias, por los pasillos deslumbrantes de las librerías de novedades y de viejo, por los recovecos insospechados de internet, en cada uno hojeando páginas físicas o virtuales para tratar de satisfacer mis dudas, buscando respuesta para mis preguntas. He perdido el tiempo leyendo poesías, cuentos y novelas sobre realidades que no existen; tratados de historia sobre personajes ya muertos, interpretaciones sesudas del presente en el que nos movemos los vivos, y especulaciones entre deprimentes y esperanzadoras sobre la vida que le espera a los que no han nacido.

No sólo eso: incapaz de aceptar la iniquidad de mis actos, intento inducir a otros en el vicio de la lectura. Lee he regalado libros a mis hijas cuando seguramente hubieran preferido una muñeca. Acoso a mis amigos con recomendaciones de lecturas que algunos toleran sólo porque realmente me estiman. De vez en cuando, tomo la pluma –mejor dicho, agarro el teclado– para tratar de pergeñar en el blanco del papel o de la pantalla algunas ideas que, debo confesar, no tienen otra intención que inducir a algún otro desatinado a la lectura. Y –pecado capital–espero con impaciencia la llegada cada año de la Feria del Libro, sitio de encuentro para otros descarriados que, como yo, no se logran liberar del encantamiento que producen los libros y que insisten en seguir explorando mundos, abrir ventanas, y atravesar las puertas al conocimiento que cada uno ellos encierra.
Neruda confesó que había vivido; yo, confieso que he leído. Es más, confieso que si hay algo que lamento es no poder contar con más tiempo para la lectura. Como decía uno de los más grandes lectores de la historia, Jorge Luis Borges, ‘que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído’