Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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21 de agosto de 2018

SANTA EDITH STEIN

Santa Edith Stein
Mártir carmelita (1891-1942) 

“¿Deseas estar completamente unido al Crucificado? Si te hallas seguro de esto, estarás presente, mediante el poder de su Cruz, en todos los frentes, en todo lugar de sufrimiento, trayendo consuelo y salvación a los que sufren.”

Edith Stein, novena hija de padres judíos ortodoxos, nació en Breslau, Alemania, el 12 de octubre de 1891. Su nacimiento cayó en el día de Yom Kippur, el día judío de la Expiación, hecho cuya significación advirtió luego. Independiente por naturaleza y dotada de una prodigiosa inteligencia, a los trece años, Edith había abandonado la fe de su familia. Se declaró atea –sólo el primero de una serie de disgustos para su piadosa madre- y se dedicó al estudio de la filosofía. Fue una de las primeras mujeres aceptadas en la Universidad de Göttigen, donde estudió bajo el brillante Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Stein llegó a ser una de sus alumnas sobresalientes y tan respetada por Husserl, que este la invitó a ser su asistente en la Universidad de Friburgo. Allí completó su doctorado a la edad de veintitrés escribiendo una disertación sobre la naturaleza de la empatía.

La escuela fenomenológica contenía una fuerte dimensión ética, y varios discípulos de Husserl eran cristianos practicantes. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, Stein misma comenzó a sentir un creciente interés por la religión. Éste culminó una noche de 1921, cuando dio con la autobiografía de Santa Teresa de Avila, la mística carmelita del siglo XVI. Leyó con fascinación durante toda la noche, y por la mañana concluyó: “Ésta es la verdad.” Fue bautizada católica el día de Año Nuevo.


La madre de Edith lloró al escuchar las noticias de la conversión de su hija. Sin embargo, frente a la resolución de Edith, no tuvo más remedio que aceptar. Edith continuó acompañando a su madre a la sinagoga, por sentir que, al aceptar a Cristo, se había reunido, a través de un camino misterioso, son sus raíces judías.

En un principio, Stein creyó que por su conversión debía abandonar toda idea de una carrera académica. Enseñó durante ocho años en una escuela dominica para niñas. Pero su estudio sobre Tomás de Aquino reavivó su interés en la investigación académica. Luego de preparar un trabajo académico en el que integraba la fenomenología con la escolástica, en 1922, obtuvo un puesto académico en Munster.

En esta posición, sin embargo, sería de corta duración. En la medida en que los nazis ascendían al poder, Stein sintió, casi de inmediato, las reverberaciones del antisemitismo. Con inusitada previsión, reconoció el destinatario de esta campaña  de odio y, de manera algo audaz, solicitó una audiencia con el Papa Pío XI, esperando alertarlo acerca del peligro que enfrentaban los judíos. Su pedido no obtuvo respuesta. Mientras tanto, con el pesar de la administración de la universidad, fue despedida de la posición de enseñanza que acababa de comenzar poco antes.

Stein  ya comprendía la terrible tormenta que se aproximaba y sintió que, de alguna manera, su identidad judeocristiana le imponía una única vocación. Mientras rezaba en el convento carmelita de Colonia, escribió más tarde:

Hablé con el Salvador para decirle que había comprendido que era su cruz la que ahora estaba siendo colocada sobre el pueblo judío; que los pocos que comprendían esto tenían la responsabilidad de llevarla en nombre  de todos, y que yo misma estaba dispuesta a hacerlo, si sólo me mostraba cómo llevarlo a cabo.

Entretanto, la pérdida de su trabajo le permitió proseguir con su atracción creciente por la vida religiosa. Solicitó entrar en el convento carmelita de Colonia. Nuevamente su madre lloró, acusándola esta vez de abandonar a su pueblo en tiempos de persecución. Era una acusación amarga, que empañaría su despedida. Luego de pasar la última tarde con su madre, en la sinagoga, Edith se despidió de ella. Nadie de su familia estuvo presente el 15 de abril de 1934 para presenciar la toma formal del hábito carmelita. Como nombre religioso tomó el de sor Teresa Benedicta a Cruz). Fue un nombre elegido, como explicara luego, para referirse “al destino del pueblo de Dios, que en ese entonces recién comenzaba a volverse visible”.

En 1938, el 9 de noviembre, se desencadenó la guerra total contra los judíos: la denominada Kristallnacht, (Noche de los Cristales Rotos). Creyendo que su presencia en el convento ponía en peligro a las Hermanas, Stein permitió que la sacaran de manera encubierta a un convento carmelita en Holanda. No tenía la intención de escapar al destino de su pueblo. De hecho, preparó una solemne oración que confió a su priora, “ofreciéndome al Corazón de Jesús como sacrificio expiatorio” para el pueblo judío, por la aversión a la guerra, y por la santificación de su familia carmelita. Habiendo contemplado y enfrentado la realidad de la muerte, quedó libre de cualquier ansiedad futura y lista para esperar el fin.

En 1940, los nazis ocuparon Holanda. A pesar de su estado de la clausura, se le requirió a Stein que llevara la Estrella amarilla de David en su hábito. Pronto comenzaron las deportaciones. Durante todo ese tiempo, Stein se aplicaba a terminar su estudio sobre la teología de San Juan de la Cruz. Se vio consolada por la presencia de su hermana Rosa, quien para ese entonces también se había convertido y se había reunido con ella en el convento, como laica. Los alemanes habían indicado su voluntad de exceptuar a los judíos bautizados, siempre que las Iglesias guardaran silencio. Cuando el 26 de julio de 1942, los obispos católicos de Holanda emitieron una declaración denunciando la persecución que sufrían los judíos y que fue leída en los púlpitos de todo el país, los nazis respondieron con una feroz represalia. En  una semana, todos los judíos católicos, incluidos los miembros de las órdenes religiosas, se hallaban bajo arresto. Para Stein y su hermana, el fin llegó el 2 de agosto, cuando la Gestapo llegó a su convento. Rosa estaba afligida pero Edith le dio ánimo: “Ven, Rosa, estamos yendo al encuentro de nuestro pueblo.”

Los sobrevivientes describieron el valor y la compostura de la monja a pesar de su clara certeza de la suerte que le esperaba. Se mantuvo orando mientras cuidaba de los niños aterrorizados y consolaba a las madres separadas de sus esposos. Alguien la describió como una  “Pietá sin el Cristo”.

Desde el campo de detención en Holanda siguió la misma ruta que millones de otros: el inicuo viaje en vagón sellado, el arribo hambreados a un campo extraño entre perros que aullaban y guardas que maldecían, la infame “selección”, luego el desnudarse, después la rápida caminata a las duchas, de las que nadie salió.

Edith Stein murió en la cámara de gas de Auschwitz el 9 de agosto de 1942. En 1987, fue beatificada como confesora y mártir de la Iglesia por el papa Juan Pablo II, y declarada santa  en 1998 por el mismo Papa, lo que provocó una considerable controversia. Muchos judíos se quejaron de que Stein, como otros seis millones de personas, habían muerto por ser judía, y no por su fe cristiana. Hay algo de cierto también en esto. Mas lo que resulta notable en Stein no es la forma de su muerte sino su comprensión de esa muerte, en solidaridad con su pueblo, como acto de expiación por el mal de su tiempo y como identificación consciente con la cruz de Cristo.

Por Rosario Carrera.
Inspirado en el libro Todos los Santos. Robert Ellberg