Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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26 de junio de 2020

Los zapatos misteriosos y solidarios

  


Los Zapatos Misteriosos y Solidarios
Este libro no es un libro; es una continuación de un cuento llamado LOS  ZAPATOS DE NINGUNA PARTE. Al decir que esto no es un libro, exagero; quiero decir que no es un cuento ni novela sino una historia real que tampoco lo es, sino algo que quería ser historia real pero no puede serlo porque le faltan medios para serlo, para ser realidad.

Me imagino que con este comienzo de si es o si no es, se les están quitando las  ganas de leer más…Tengan paciencia que pronto llegamos al misterio de los zapatos.

Para animarles les empiezo contando algo del primer libro LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE  (Sólo los dos primeros capítulos) ese primer libro lo pueden  encontrar en Acción Marianista tal vez  eso  es  otro  medio de conseguir fondos para el  “viaje” de Acción Marianista y llegar antes  a  los 90.000 km.  (lo  que equivale a 90.000 euros.)  Todo esto para unirnos a la campaña iniciada por Acción Marianista !Sumando kilómetros! para que se puedan 
cumplir con los compromisos económicos adquiridos con las personas vulnerables que participan de los proyectos 2020. Ver proyecto>> Sumando kilómetros




LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE.      Capítulo 1


Toribio llevaba una semana buscando desesperado una zapatería.  No es que faltasen zapaterías en la ciudad, pero las que había no tenían calzado para él.  En unas era muy caros, en otra demasiado baratos y no se fiaba.  En una eran demasiado estrechos y le hacían daño, en otras no tenían de su medida.  En unas tenían zapatos puntiagudos que no le gustaban, en otras eran tan chatos que le hacían daño en el dedo gordo.

Tenía libre aquella tarde y decidió buscarlos por toda la ciudad, hasta los barrios más lejanos. Tenía piernas fuertes y caminó, caminó, deteniéndose en toda tienda que parecía vender zapatos. Hasta entró en una llamada “al paso, al trote, al galope”. Preguntó si para dar pasos tendrían… Le respondieron que sólo tenían herraduras. Entonces se dio cuenta de  que en esa tienda  sólo  había sillas de  montar, estribos, riendas y todo tipo de herraduras  a gusto de los caballos y de sus dueños. Pensó que él había sido un burro entrando allí. Salió avergonzado.



Empezaba a anochecer. Un poco más adelante, en un callejón algo oscuro vio un extraño letrero. “TIENDA LA MISTERIOSA”. En la vitrina, junto a la puerta, se amontonaban  cajas y objetos que no se distinguían  muy bien por la poca luz,  pero  en un rincón descubrió varios pares de  zapatos, botas, caites… Entró y preguntó: “¿Tienen ustedes zapatos para mí?, del número 40?”

Se levantó de su banqueta una señora con una pañoleta blanca en la cabeza. No era  ni muy joven ni anciana, sino todo lo contrario. Se le acercó y le miró de pies a cabeza. Sí,  así,  empezando por los pies. Al llegar la mirada a su cara la mujer le clavó unos ojos pequeños, negros, que parecían leer su corazón. “¿Está usted seguro de lo que quiere?”.

      
-         “Claro, ya le digo, unos zapatos para andar bien  por las calles de esta ciudad  con tantos baches y tropiezos”

-         La mujer sonrió con gesto misterioso: “pues si quiere caminar  lejos y seguro, le recomiendo estos… ¿del número cuarenta me dijo? Son ciento quince pesos”.

En la moneda de aquel país (no les digo cuál es) ciento quince pesos no eran mucho.
Los zapatos que le enseñó la vendedora eran un poco extraños en su forma y colorido.
“Pruébeselos” - le aconsejó. Se sentó Toribio, se quitó los zapatos  viejos, y se probó los nuevos.  Movió algo los dedos de los pies, se levantó  y caminó un poquito. “¡Pues muy bien – exclamó  satisfecho – esto es lo que buscaba!  Me los, me losss…” Entonces se dio cuenta de que  la vendedora había desaparecido. 

-“¡Oiga señora, oiga!”.  Miró por todas partes en el comercio… Nadie se  asomó. Ya estaba casi oscuro y su casa estaba lejos.  Decidió marcharse con los zapatos nuevos.

Toribio era persona honrada. Dejó los ciento quince pesos sobre el mostrador. Gritó por última vez, por si ella estaba en otra habitación: “¡gracias señora, aquí le dejo el dinero!”.  Agarró los zapatos viejos  bajo el brazo y se fue.

Estaba bastante oscuro. Al salir del callejón ya en las calles más anchas de la ciudad  había farolas encendidas.

Aunque era un poco tarde, por el placer de caminar con aquellos zapatos tan cómodos volvió paseando a casa. 

Por el camino se cruzó con su prima Carlota, que iba  por la  banqueta de enfrente.
-         “¡Adiós Carlota!”
La muchacha se detuvo y miró  hacia atrás.
-         “¡Eh, que estoy aquí!”
or
Ella miró hacia donde él estaba.  Pareció que no lo veía.  Toribio levantó la mano saludando. “¡Muchacha que estoy enfrente!”.

Ella miró a un lado y a otro, se encogió de hombros y siguió adelante. Es verdad que estaba un poco oscuro, pero no tanto. “Esta chica necesita lentes”- pensó Toribio-  y siguió también su camino de vuelta.  Vivía en una casita de un solo nivel, con sus padres y una hermana  más pequeña.  Al llegar metió la llave en la cerradura, abrió - “¿Hay alguien?” – preguntó sin respuesta. Habrían salido todos. 

Entro en su habitación. Dejó los zapatos viejos en un rincón. Se acercó  a su armario que tenía un espejo de cuerpo entero. Allí fue a ver qué tal le caían los zapatos. Se puso enfrente del espejo, miró… y  ¡no vio nada! – “¿Eh? ¿Qué me está pasando? ¿Estoy ciego?” -dijo en voz baja.  Pero él veía perfectamente todo lo que le rodeaba. Veía el armario y el espejo que reflejaba la habitación, pero él mismo no se veía allí…

Temblando de nerviosismo volvió a su cama y se sentó.   El cansancio de la tarde, el paseo y los nervios le dieron ganas de tumbarse un ratito. Se quitó los zapatos. Desde su asiento miró hacia el espejo y dio un salto. ¡Ahora sí!, allí estaba él reflejado en el espejo, con cara de susto y… y descalzo.



LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE      Capítulo 2

En  el primer capítulo, ¿recuerdan?,  dejamos a Toribio, con la boca abierta viéndose en el espejo cuando un rato antes no se veía. También recordó entonces que, cando pasó cerca de su prima Carlota ,tampoco  ella le había visto. Pues n
o le fue muy difícil sacar consecuencias de lo que pasaba.   

Para estar más seguro se sentó frente  al espejo, agarró los zapatos y empezó a ponérselos. Se puso el primero  y miró al espejo. ¿Qué creen ustedes que pasó?. Se veía?, ¿no se veía?. Pues mita- mita, que dicen en este pueblo. Se veía en blanco y negro, como una película de las antiguas.  Entonces agarró el otro zapato se lo puso, y ¡zas! Lo que ustedes están pensando.  Había vuelto a desaparecer  totalmente del espejo porque él  sí se veía y se tocaba.  Estaba allí, pero    como en esas películas del hombre invisible, nadie podía verle  .No se lo acababa de creer. O sea que esos zapatos eran “invisivilizadores”, lo hacían invisible?

Miró el reloj. Eran las 9 de la noche. Esteba cansado y nervioso de la impresión. Supuso que sus papás  y su hermana estaban en alguna visita. Les dejó un aviso sobre la mesa de la cocina.  “me acosté, hasta mañana”. Volvió a su habitación y a dormir.  Seguramente esa noche soñó mucho, pero él nunca se acordaba al despertar de sus sueños. 

Amaneció,   sonó  ese antipático aparato llamado despertador y en cuanto Toribio abrió los ojos, naturalmente, le volvió a la cabeza la memoria de los misteriosos  zapatos.
- “Los tengo  que probar, a ver si siguen  hoy como ayer”.

Se los puso y salió a la cocina, donde estaban sus padres desayunando.  Doña Tina  preparaba los huevos revueltos. Don Toribio estaba  pasando las hojas del periódico mientras se le escapaban exclamaciones: ¡uff!... ¡huy!... ¡ah!... ¡qué bárbaro!... ¡menos mal!...

- ¿Qué sucede? – le preguntó doña Tina.
- Suede de todo – contesto Don Toribio- y empezaron los dos a comentar las noticias de la política nacional e internacional y los problemas de los emigrantes que estaban expulsando de los “Estados” (unidos -de –Norteamérica, se supone, pero los llamaban solo  los Estados, a secas).

- Toribio entró en ese momento, despacito,  procurando no hacer ruido con los pasos,  pero rozó con el codo una cacerola vacía que  se fue al suelo estrepitosamente.
- Se volvió doña Tina -  ¡huy!, la dejé al borde y se  habrá resbalado.

- Toribio saltó silenciosamente y se quedó en un rincón. Pensó  que si los padres sentían algo  que no veían, el susto podría ser tremendo. Doña Tina recogió la cacerola y en aquel momento entro Teresita, la pequeña de los “T”. ¿Se habrán dado ustedes cuenta?: eran Toribio, don Toribio, Tina y Teresita.  La  broma de los amigos era: ¿Te vienes a tomar  el te  a casa de los T?.

- Teresita tenía10 años,  ocho menos que  su hermano y era un rabo de lagartija, traviesa y lista para todo menos para los  números, pues se le atravesaban las matemáticas en la  escuela.

- Mamá- preguntó  la niña- , ¿dónde está el dormilón de mi hermano?.
- Déjale dormir ;  vendría anoche muy cansado.

Entonces se dio cuenta  Toribio de que ya  debía dar señales de vida .  Aprovechó que  estaba la puerta abierta,  volvió a su habitación, se quitó los misteriosos  zapatos  y ya empezó a volver al mundo visible; se lavó , se peinó, se vistió, se puso los zapatos  viejos y entró haciendo ruido a la cocina.

- Entre los saludos, los  ¿qué tal te fue? y los  ¿qué tal amanecieron? , la pregunta de Doña Tina: Pero hijo, ¿no fuiste  ayer a comprar zapatos y todavía andas con esos medio rotos?

- Sí mamá,  no  encontraba en ningún sitio… Sólo vi unos  pero  no sé  si me quedaré con ellos…   volveré   hoy  a  ver    qué hago…

- Esa era de verdad la idea de Toribio.  Aquellos zapatos estaban siendo un problema para él. Ir de Invisible por la vida está  bien para los cuentos, pero para  la vida real  creaba muchos problemas. ¿Ustedes no han hecho nunca la prueba de volverse invisibles? Pues   Toribio sí y estaba asustado. Cuando  desayunaron, él  volvió a su habitación, metió  en una bolsa de plástico  los zapatos misteriosos (es que llamarlos in-vi-si-bi-li-za-do-res , es muy complicado). Pues  el muchacho, agarró la bolsa y  salió a la calle para devolver esos zapatos invi… o hablar con la señora que se los había vendido.  

- Esta vez agarró un bus que pasaba cerca de allí.  Se bajó justo frente a la tienda de las herraduras, la del “paso, trote y galope”,  siguió hasta el callejón y buscó la tienda de los zapatos. La buscó pero no la encontró.  En el sitio donde ayer   estaba la “tienda misteriosa”  había un edificio en construcción.  Los albañiles estaban levantando un segundo nivel, con  ayuda de una   grúa.

- Toribio se acercó a uno de ellos: “disculpe ¿aquí no había antes una tiende de… de cosas?

- - Pues no sé muchacho, hace tres semanas  que  trabajamos en  construir  esta casa.  No tengo idea de  lo que había  antes  aquí.  

- Toribio se quedó lo que se dice patidifuso, es decir, de piedra, hecho un lío, balanceando la bolsa de zapatos en la mano, mirando a todos lados sin saber qué hacer. Estuvo a punto de ir a la tienda  para   caballos y comprarse unas herraduras; pero al final lo pensó mejor y…
-
Ya les contaré en otro capítulo lo que  hicieron el pobre  Toribio y sus zapatos “invi “
- Mientras tanto  vayan aprendiendo a decir sin respirar: Toribio está invisibilizado ¿quién lo desinvisivilizará?, el desinvisibilizador que lo desinvisibilizare buen desinvisibilizador será.


 Pero aquí  no  les  cuento  más.  Si  quieren  saber toda la historia  cómprense  LOS  ZAPATOS DE  NINGUA  PARTE  y sabrán que además de invisibilizadores esos zapatitos eran “voladores“  y llevaban a cualquier parte del mundo a quien se los ponía. Lo verán cuando lean ese libro.