Fátima llora porque la han echado de su trabajo. Era profesora infantil en Luxemburgo. Su “delito”: defender a los niños palestinos y pedir algo tan básico, tan humano, tan insoportable para algunos, como que Israel deje de matar. Esa es la época oscura que estamos viviendo: un mundo donde la empatía se castiga, donde señalar un genocidio puede costarte el empleo y donde la maquinaria de presión sionista intenta convertir la humanidad en una falta laboral.
Pero lo que pasó
después también importa. Sus alumnos y alumnas salieron a apoyarla, pidieron
que volviera, le demostraron cariño y dejaron una imagen difícil de borrar.
Frente a la política del miedo, del silencio y del castigo, apareció algo mucho
más fuerte: apoyo mutuo. Ni grandes discursos ni cinismo institucional. Niños y
niñas entendiendo mejor la decencia que muchos adultos con poder.
Porque el caso de Fátima no es una excepción. Hay cuentas silenciadas, trabajadoras y trabajadores presionados, voces perseguidas, activistas criminalizados y personas castigadas simplemente por pedir que cese el genocidio contra el pueblo palestino. Y ante cada intento de imponer silencio, solo queda una respuesta: abrazarnos más fuerte, hablar más alto y no permitir que defender la vida se convierta en motivo de despido.
Spanish Revolution