Hay que alimentar el amor y las convicciones mas profundas, y eso se hace con gestos. Permanecer en el mundo de las ideas y las discusiones, sin gestos personales, asiduos y sinceros, sería la perdición de nuestros sueños más preciados.
Por esta
sencilla razón, como cristianos, no renunciamos a la limosna.
Es un gesto que
se puede hacer de diferentes formas, y que podemos intentar hacer de la manera
más eficaz, pero es preciso hacerlo. Y siempre será mejor hacer algo que no
hacer nada.
En todo caso, nos llegará al corazón.
No será la solución a la pobreza mundial, que hay que buscar con inteligencia, tenacidad y compromiso social. Pero necesitamos practicar la limosna para tocar la carne sufriente de los pobres.
El amor cristiano supera cualquier barrera, acerca a los lejanos, reúne a los extraños ,familiariza a los enemigos, atraviesa abismos humanamente insuperables, penetra en los rincones más ocultos de la sociedad.
Por su
naturaleza, el amor cristiano es profético, hace milagros, no tiene límites: es
para lo imposible.
El amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla. Pues bien, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino solo hombres y mujeres a los que amar, es la Iglesia que el mundo necesita hoy.
Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: << Yo te he amado >>. (Ap 3,9).
Dado en Roma,
junto a San Pedro, el 4 de octubre, memoria de San Francisco de Asís, del año
2025, primero de mi Pontificado.
León P.P. XIV.
Colaboración de Juan García de Paredes.