Leonardo Boff
2019-12-21
La Navidad tiene siempre su idilio. No puede haber tristeza cuando nace la vida, especialmente cuando viene al mundo el puer aeternus, el Niño Divino, Jesús. Hay ángeles que cantan, la estrella de Belén que brilla, los pastores que velan por la noche su rebaño. Pero allí están principalmente María, el buen José y el Niño acostado en un pesebre, “porque no había sitio para ellos en la posada”. Y he aquí que aparecieron, también venidos de Oriente, unos sabios, llamados magos, que abrieron sus cofres y le ofrecieron oro, incienso y mirra, símbolos misteriosos. Pero había también un rey malo, Herodes, cruelísimo hasta el punto de ejecutar a toda su familia. Oyó que había nacido en la ciudad de David, Belén, un niño que sería el Salvador. Temiendo perder el trono, mandó matar en Belén y sus alrededores a todos los niños menores de dos años. Los textos sagrados conservan un lamento de los más lacerantes de todo el Nuevo Testamento: ”En Ramá se oyó una voz, muchos llantos y muchos gemidos. Es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere ser consolada, porque ya no existen" (Mateo 2,18).










