Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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14 de mayo de 2017

Hacer sitio a Dios

HACER SITIO A DIOS
Jaime Tayay, s.j

Cuando una mujer está embarazada, muchos cambios tienen lugar en su cuerpo: el
útero se dilata, la piel se estira, los riñones se desplazan, las caderas se ensanchan y los intestinos se recolocan. Y todo eso, para que el vientre pueda albergar la nueva vida que crece en su interior y demanda cada vez más espacio. De ahí venimos todos.


A todos nos nacieron, a todos nos hicieron espacio, a todos nos dieron la vida. No la pedimos, no nos la ganamos, no nos la merecimos. Nos la dieron gratuitamente. El proceso de gestación −si alguien ha estado cerca de una mujer durante el embarazo, lo sabe bien– es sorprendente y molesto al mismo tiempo. Sobre todo, en las últimas semanas previas al parto. Hacer sitio a una nueva vida es una experiencia ilusionante y esperanzadora, pero supone también un esfuerzo incómodo y doloroso.

La metáfora del embarazo nos ayuda a comprender el modo en que Dios se relaciona personalmente con cada una de sus criaturas y, en un sentido más amplio, a imaginar la creación del mundo. La metáfora resulta útil también para imaginar nuestra misión como cristianos y el modo como estamos invitados a vivir. En ambos casos, la figura de María –de quien afirmamos, nada menos, que es la Madre de Dios– resulta de gran ayuda.

Empecemos por el libro del Génesis. Cuando nos paramos un momento y pensamos en el conocido relato de la creación tendemos a imaginar a Dios creando de la nada –ex nihilo–, rellenando un escenario vacío. Tras la aparición de los astros, el agua, la tierra, los animales y las plantas, Dios coloca al hombre y a la mujer en el centro, completando así un proceso que dura simbólicamente siete días. Misión cumplida. Tarea finalizada. Creación completada.

Sin embargo, algunos creyentes han imaginado también a Dios apartándose o echándose a un lado a la hora de crear, dejando un hueco –valga la expresión– en su propio interior, posibilitando así la aparición del universo. El mundo, visto de este modo, no es solo la realidad material, externa, creada activamente por Dios, que percibimos a nuestro alrededor; es también el espacio interno que Dios habría dejado al echarse a un lado, permitiendo que existiese, continuando su labor creadora.

Dicho con otras palabras, la creación está en Dios, pero no es Dios mismo, sino un espacio de libertad entregado como regalo al ser humano. Dios crea activamente, interviniendo en el mundo, pero también se retira pasivamente, dejando espacio a la creatividad humana.

Este modo complementario de entender el relato del Génesis puede parecernos una pura especulación teológica que no conduce a ninguna parte (al fin y al cabo, ¿quien puede comprobar cualquiera de estas afirmaciones?), pero quizá puede ayudarnos a comprender cómo Dios al crearnos personalmente –igual que al gestarnos nuestra madre– nos hizo sitio, para que pudiésemos existir y participar del proceso creativo, continuándolo con nuestras vidas. La sicología evolutiva hoy en día dice algo similar respecto al desarrollo humano. Los padres engendran biológicamente a un hijo. Sin embargo, el espacio –físico, en un primero momento– hay que seguir haciéndolo en otros ámbitos –sicológico, educativo, económico–, si queremos que crezca como persona autónoma, madura y libre.

Los padres sensatos reconocen que sus hijos no les pertenecen del todo, se los dejaron en préstamo durante unos años para que luego tomaran las riendas de sus propias vidas.

Su función consiste en dejarles, progresivamente, más y más espacio. La historia de salvación –la narración de la relación de Dios con su pueblo y de Jesús con la Iglesia– puede entenderse también desde esta clave evolutiva, como un lento proceso pedagógico de crecimiento, aprendizaje y maduración.

Estos modos complementarios de entender la creación del mundo, el desarrollo humano y la historia de salvación –como actividad creadora y como pasividad facilitadora– clarifican también algo central para la comunidad cristiana: la misión de la Iglesia.

Cristo hace y deja hacer, transforma y posibilita, libera y permite usar esa libertad. De ahí que la Iglesia, si quiere parecerse a Jesús, está llamada a imitar este particular modo de ser y de hacer.

Dicho de forma negativa, difícilmente comunicaremos la presencia de Dios si –además de hablar de Él y dar testimonio con nuestra propia vida– no le hacemos sitio primero en nuestra propia vida, si no nos echamos a un lado para que Dios, simplemente, sea.

En este punto merece la pena volver a la figura de María, porque la Madre de Dios integra ambas actitudes de modo ejemplar. Además de dejar espacio físicamente a Jesús, la joven de Nazaret hizo también espacio a Dios espiritualmente. De este modo, se convirtió en modelo de creyente al escuchar, acoger e imitar la acción libre y creadora de Dios. Su respuesta activa y agradecida brota, precisamente, de su capacidad de escucha y contemplación.

El «Hágase en mí según tu palabra » del relato de la anunciación podemos entenderlo como disposición a dar a luz al Mesías o como apertura incondicional a un Dios que tiene la última palabra. Imitar esa doble dinámica define la vocación cristiana.

Algunos teólogos han afirmado que la tarea de la teología consiste en hablar bien de Dios. De forma similar, la misión principal de la Iglesia y de cualquier cristiano no consistiría en otra cosa que en dejar a Dios ser Dios, en hacerle sitio en nuestra vida para que, simplemente, sea. María representa un modelo único y una fuente permanente de inspiración para llevar adelante esta misión.

En el mes de mayo, el mes de la Virgen, nos puede ayudar pensar en ella como la mujer que dejó a Dios ser Dios. Nos puede ayudar rezarle y pedirle que interceda por nosotros, para que seamos oyentes de la palabra, hombres y mujeres capaces de escuchar y hacer sitio a Dios.

Ojalá podamos decir, con María y como María, «Hágase en mí según tu palabra».