Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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6 de agosto de 2018

OBISPO JAMES E. WALSH

Obispo James E. Walsh
Confesor de los chinos (1891-1981)

“La oración es tan poderosa. Yo soy un ejemplo viviente de lo que la oración puede lograr.” 

El 10 de julio de 1970, un hombre anciano y frágil abandonó a la compañía de los Guardias Rojos y cruzó el puente que une a China continental con la Isla de Hong Kong. Del otro lado fue abrazado por una multitud de amigos y compañeros  misioneros de Maryknoll, quienes, previendo su llegada, se habían reunido para recibirlo a la libertad. Luego de doce años de prisión, el Obispo James E. Walsh, el último misionero extranjero en la China comunista, estaba en camino a casa.

Walsh nació el 30 de abril de 1871, en Cumberland, Maryland. Luego de graduarse del colegio se convirtió uno de los pioneros más originales de Maryknoll, la Sociedad de Misiones Católicas Extranjeras en América, fundada en 1912. Maryknoll había sido fundada con la visión de enviar misioneros  de los Estados Unidos a China, y el  padre Walsh estaba entre los que partieron en el primer grupo. Trabajó durante dieciocho años en Yeungkong, en el sur de China, donde rápidamente desarrolló un profundo respeto por la cultura de China y un amor por su pueblo. En 1927, fue nombrado obispo.

Durante diez años (1936-1946), Walsh fue llamado de vuelta a los Estados Unidos para servir como el segundo superior general de Maryknoll. A lo largo de este tiempo trabajo duramente para infundir en los misioneros de la orden un agudo sentido de la espiritualidad de la misión y de la voluntad de “entregarlo todo por Cristo”. Pero en 1948 estaba de vuelta en Shanghai. Las actividades de Walsh se veían cada  vez más restringidas y experimentó varias formas de acoso, no obstante las cuales, continuó operando durante algunos años, con relativa libertad. Al mismo tiempo, muchos otros extranjeros eran expoulsados o detenidos, en caso de no abandonar el país voluntariamente. Su condiscípulo de Maryknoll, el obispo Francis Ford, murió en una prisión comunista en 1952. 


Walsh, sin embargo, insistió en que jamás ser iría voluntariamente del campo de su misión. En un artículo conmovedor, escrito en 1951, explicó sus razones:

En un tiempo en que la religión católica está siendo calumniada y perseguida con el fin de eliminarla de China, pienso que es el sencillo deber de todos los misioneros católicos…permanecer donde están hasta que se vean impedidos de hacerlo por medio de la fuerza física. Aun en el caso de que algunos fueran internados o incluso muertos, creo que esto debiera ser visto simplemente como el riesgo normal inherente a nuestro estado de vida…y como un precio menor que se paga por cumplir con nuestro deber…En nuestro caso en particular, creemos que esta eventualidad significaría un privilegio porque nos permitiría asociarnos de manera  más íntima con la Cruz de Cristo. 

Walsh creía que la vocación de sacerdote no estaba representada simplemente por su trabajo ocupacional, ya fuera este la enseñanza, la predicación, o el llevar a cabo tareas pastorales. La vocación seguía siendo la misma, aun si se los despojaba de todas estas actividades. Parte de ella consistía en permanecer abierto, en todo momento, a la divina Providencia. “Si comenzamos a elegir aquí y allá, resulta muy difícil decir si estamos llevando a cabo nuestra vocación o huyendo de ella.”

En cuanto al peligro de que ser arrestado significaría “inactividad forzosa”, y por lo tanto un desperdicio de los dones propios, observó que: “El sufrimiento sobrellevado de forma paciente es una actividad, tal como lo es la oración y cualquier tipo de trabajo mental, cosas que, uno pensaría, pueden ser llevadas a cabo en prisión tanto como cualquier otro lado…Un sacerdote y padre, al sufrir por su grey, hacen esto por ella, y tal vez más aún.”

Finalmente, Walsh tuvo la oportunidad de probar sus convicciones. Fue arrestado en 1958, y acusado de conspiración y espionaje. Los primeros dos años los pasó en confinamiento solitario y sujeto a interminables sesiones de interrogatorios. Fue finalmente “condenado” y sentenciado a veintidós años de prisión. 

Walsh aceptó su situación con notable serenidad. Más tarde observó: “Mis doce años de prisión pasaron sin muchas dificultades. La experiencia no fue desagradable. La vida era un tanto aburrida a veces, no obstante nunca me sentí desalentado ni infeliz.” Pasaba mucho tiempo rezando el rosario y estudiando un diccionario chino, convencido de que por medio de este tranquilo testimonio estaba sirviendo al evangelio tan fielmente como podía. Al fin, en 1970, a la edad de setenta y siete años, fue llevado a la frontera y liberado.

Walsh retornó a Maryknoll, donde vivió por más de una década. Raras veces habló de sus sufrimientos y jamás expresó amargura alguna o resentimiento hacia sus captores. Pasó  gran tiempo que le quedaba, rezando, aunque estaba siempre ansioso por animar a los jóvenes misioneros y compartir con ellos su propio sentido de la espiritualidad de Maryknoll. Como dijo una vez: “El Espíritu es caridad, y si existe alguna otra clase de espíritu, Maryknoll no lo desea y no podría obtener ningún provecho de eso.”



Fue reverenciado por los misioneros de Maryknoll y por otros como un confesor santo y heroico. En ocasión de que la Universidad Católica de Washington le otorgara el prestigioso Premio Cardenal Gibbons, dijo: No soy consciente de haber hecho nada para merecer este honor. Es verdad que pasé doce años en prisión, en China, y eso es algo inusual, sin duda. Pero en mi caso, la experiencia fue sólo parte de la rutina de mi profesión y por lo tanto, considero que no merezco gran reconocimiento por ello. Era un sacerdote católico y  mi pueblo estaba en apuros, de manera que permanecí simplemente con ellos como deben hacerlo todo los  sacerdotes en tiempos parecidos.

El obispo Walsh murió en Maryknoll el 29 de julio de 1981, a los noventa años.     

Por Rosario Carrera.
Inspirado en el libro Todos los Santos. Robert Ellberg.