Cádiz 10 de abril de 2026.
Comenzamos nuestro
Círculo de Silencio poniendo el foco en las guerras, y en las consecuencias que
estas tienen en las personas migrantes y desplazadas.
A día de hoy, más de
cincuenta conflictos armados siguen activos en distintos lugares del planeta,
más de cincuenta escenarios donde la violencia forma parte de la vida
cotidiana, más de cincuenta lugares donde sobrevivir se ha convertido en el
único objetivo. Desde la guerra en Ucrania, hasta la devastación en Gaza y la
creciente tensión en Oriente Próximo, pasando por las guerras en Sudán, en el
Sahel, en países como Mali, Burkina Faso o Níger, los conflictos prolongados en
Yemen y Myanmar, y las crisis crónicas como la de la República Democrática del
Congo.
Guerras distintas en
contextos distintos, pero con unas mismas consecuencias: millones de personas
obligadas a huir, personas que sostienen sobre sus espaldas el peso de todas
las guerras.
Porque cada conflicto
suma nuevas historias de desplazamiento, cada guerra multiplica el número de
personas migrantes forzadas, Cada bomba, cada ataque, cada amenaza… empuja a
alguien a abandonar su hogar, y mientras las guerras se multiplican, también lo
hacen las fronteras, los muros, los obstáculos.
Por eso hoy recordamos
que ninguna de estas guerras es única, que todas están conectadas, y que todas
tienen rostro humano.
Hoy nos reunimos en
silencio, un silencio que no está vacío, un silencio que contiene dolor,
memoria y dignidad, un silencio que no olvida.
Nos convoca el
sufrimiento de quienes resisten, de quienes han tenido que huir.
Hace apenas un mes, una nueva escalada de violencia en Oriente Próximo ha vuelto a sacudir al mundo, solo un mes y las consecuencias ya son devastadoras: Más de mil personas han sido asesinadas en Irán, Entre ellas, al menos 165 niñas y niños que murieron en un ataque contra su escuela, en un lugar donde deberían haber estado a salvo. Al menos 3,2 millones de personas han sido desplazadas dentro del país, tres millones de historias interrumpidas, tres millones de vidas obligadas a empezar de nuevo, sin nada. En Líbano, más de un millón de personas han tenido que abandonar sus hogares, más de 130.000 han cruzado fronteras en busca de refugio, y detrás de cada una de estas cifras hay una casa vacía, una familia separada, un futuro roto. Hablamos de personas que han tenido que salir corriendo sin poder llevarse nada, personas que han dejado atrás a sus seres queridos, que no saben si podrán volverá ver, hablamos de madres que protegen a sus hijos bajo las bombas, de niños y niñas que crecen con miedo, de ancianos que no pueden huir con la misma rapidez que la guerra avanza. La salud de millones de personas está en riesgo.
Pero esta tragedia no
empieza ahora, se suma a otras crisis que ya existían. Hoy, al menos 14
millones de personas refugiadas en la región están siendo afectadas por esta
nueva violencia, personas que ya habían huido antes, que ya conocían el exilio,
que ya lo habían perdido todo… y que hoy vuelven a perderlo.
En este contexto,
hablar de guerra es también hablar de migración forzada, porque cuando la
violencia arrasa con todo, migrar no es una elección, es una cuestión de
supervivencia, las personas migrantes y refugiadas no huyen por voluntad, huyen
porque no hay alternativa, huyen de las bombas, del miedo, de la muerte. Y sin
embargo, cuando llegan a otros territorios, muchas veces no encuentran
protección, encuentran
fronteras cerradas,
leyes restrictivas, discursos de rechazo que las señalan y las deshumanizan, se
ven obligadas a recorrer rutas cada vez más peligrosas, a arriesgar sus vidas
en el mar, en desiertos, en caminos inciertos, y a depender de redes inseguras.
Muchas quedan atrapadas
en países que no pueden garantizar su protección, otras son rechazadas en las
fronteras, y otras ni siquiera logran llegar.
Y especialmente dura es
la situación de quienes ya eran migrantes o refugiadas antes de esta nueva
guerra, personas que han sido desplazadas una y otra vez, que no tienen un
lugar al que regresar y que viven en un exilio permanente.
Y mientras tanto, el
coste de la guerra supera los 1.000 millones de dólares al día. ¿Podemos
calcular cuánto es 1.000 millones diarios ?. A modo de ejemplo, un hospital
moderno bien equipado puede costar entre 100 y 300 millones, con 1.000 millones
se podrían construir entre 3 y 10 hospitales nuevos cada día, hospitales que
podrían salvar miles de vidas, atender a población desplazada, garantizar
atención sanitaria básica. una escuela completa puede costar entre 5 y 20
millones dependiendo del tamaño, con 1.000 millones se podrían construir entre
50 y 200 escuelas cada día, escuelas para niños y niñas refugiadas, zonas
rurales sin acceso a educación y reconstrucción tras conflictos.
El coste de construir
una vivienda social puede rondar 50.000–100.000 dólares, con 1.000 millones se
podrían construir de 10.000 a 20.000 viviendas cada día, hogares para personas
refugiadas, familias desplazadas y reconstrucción tras la guerra. con unos
pocos de dólares al día se puede alimentar a una persona en emergencia, con
1.000 millones se podría alimentar a 12 millones de personas durante un día. Y
si hacemos la comparativa en cuando a grandes logros de la construcción a favor
del desarrollo humano, La ampliación del Canal de Panamá costó unos 5.000
millones, eso equivale a 5 días de gasto de guerra, y con 1000 millones se
podría construir la mitad de la mayor planta solar del planeta que diera
energía a millones de hogares en países subdesarrollados.
Mil millones diarios
para destruir, para arrasar vidas, y sin embargo, no hay recursos suficientes
para acoger, para proteger, para promover o para integrar.
Esta contradicción nos interpela, nos obliga, nos señala, porque no es solo una crisis lejana, es una cuestión de derechos humanos, de justicia, de humanidad, y por eso hoy, desde este Círculo de Silencio, denunciamos: Los ataques contra la población civil, contrarios al derecho internacional, el uso de la violencia que obliga a millones de personas a desplazarse, la falta de protección efectiva para las personas migrantes y refugiadas, las políticas que levantan muros en lugar de tender puentes, la indiferencia que convierte el sufrimiento en rutina, y recordamos con claridad y con firmeza que nadie elige migrar por antojo, ni abandona su hogar si no es porque quedarse significa morir.
Migrar y buscar refugio es un derecho. Por eso exigimos el fin inmediato de la violencia, el respeto al derecho internacional humanitario, la protección real de la población civil, vías legales y seguras para las personas migrantes y refugiadas, políticas de acogida dignas, humanas y solidarias.
No podemos
acostumbrarnos a estas cifras, a normalizar este sufrimiento, no podemos
permitir que la distancia nos haga indiferentes, porque cuando dejamos de
mirar, cuando dejamos de escuchar, cuando dejamos de nombrar…las personas
desaparecen.
Hoy guardamos un
silencio que recuerda, que denuncia, que resiste, y que dice, alto y claro, que
ninguna persona es ilegal, que ninguna vida vale menos, que ninguna historia
debe ser olvidada, porque frente al ruido de la guerra, nuestro silencio es
humanidad, es compromiso y es esperanza.
Muy poco se puede hacer a nivel personal para paliar tanta violencia, pero si nos juntamos en gestos como estos, de acudir a concentraciones y manifestaciones, que ya se convocan en todos los lugares del mundo, para mostrar nuestra desaprobación a este sin sentido, podemos mandar un mensaje a nuestros dirigentes para decirles que frente a la guerra, elegimos la humanidad, frente a la desigualdad, elegimos la dignidad, y frente a la indiferencia, elegimos la acogida, en un mundo donde todas las personas tengan los mismos derechos, y la mismas oportunidades de vivir
Amigos,
comienza nuestro TIEMPO DE SILENCIO.
MESA DIOCESANA DE
ATENCION Y ACOGIDA DE MIGRANTES Y REFUGIADOS DE CÁDIZ Y CEUTA.


