Mientras muchas sociedades, cada una a su ritmo, caminan hacia la laicización (otros lo llaman secularismo), hay quienes se empeñan en meter a Dios en la conducción de lo terrenal, resurgiendo así el antiguo intento de apropiarse de Dios para justificar las guerras.
Ilustración:
robertwaghorn/Pixabay.
“Dios lo quiere”, decían, enfervorizados, los violentos cruzados medievales que mataban sin piedad a todo ser humano, con tal de reconquistar “los santos lugares”. Para ellos, esos lugares eran más santos que los seres humanos… Alguien los convencía de que la matanza era un mandato divino y que ellos combatían en nombre de Dios. La guerra se convertía en una misión sagrada. El adversario pasaba a encarnar el mal que era necesario eliminar.
De manera similar lo hicieron siglos después los afiliados a uno u otro credo cristiano en las guerras de religión europeas, que devastaron el continente durante siglos.
La guerra acompañó casi siempre los procesos colonizadores. Los imperios presentaban sus guerras de rapiña como misión divina, lo que les servía para justificar sus proyectos. Aquel pensamiento antiguo, nunca desaparecido, parece abrirse paso con fuerza en la retórica de algunos sectores del poder occidental.
¿Qué significa que el presidente Donald Trump aparezca en el mismísimo despacho oval de la Casa Blanca rodeado de pastores evangélicos fundamentalistas que imploran el favor de Dios para él y para sus fuerzas armadas? Paralelamente, el secretario de Guerra de Estados Unidos afirma que estamos en un «momento de cruzada» y que sus soldados en Irán cuentan con «la providencia de Dios todopoderoso». Es decir, que Dios combate con ellos.
No son palabras
casuales. Hablar de la agresión a Irán como cruzada es un intento por
presentarla despojada de los principios racionales de estrategias y tácticas
para alcanzar determinados objetivos políticos o económicos y darle ese
carácter de lucha sagrada.
En el ejército de
Estados Unidos proliferan las corrientes evangelistas radicales que interpretan
la política exterior en clave apocalíptica y, en el caso de la guerra contra
Irán, la presentan como parte del plan divino de la batalla final entre las
fuerzas del bien y del mal. Así lo ha denunciado la Fundación para la Libertad
Religiosa en las Fuerzas Armadas estadounidenses.
La verdadera razón de
las guerras no hay que buscarla en la religión. Los argumentos morales o
religiosos son sólo un recurso de los poderosos para legitimarlas. Detrás de
los conflictos y de las guerras encontramos intereses económicos y políticos
muy concretos: petróleo, recursos naturales, hegemonía regional, control de
rutas estratégicas, dominio geopolítico, cambios de régimen…
Ante ese intento por
presentar los conflictos militares, políticos y económicos como voluntad de
Dios, el papa León XIV ha declarado que “La guerra no es santa; sólo la paz es
santa”. Jesús de Nazaret dijo: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
Él nunca bendijo la guerra.
Ningún gobierno, sea
del signo que sea, puede apropiarse del nombre de Dios para justificar
bombardeos, invasiones o guerras. Ninguna guerra puede justificarse en su
nombre. Bendecir una guerra va en la línea opuesta al mensaje de Jesús.
Más aún, el Dios
cristiano nunca está del lado de los imperios. Él está del lado de los pueblos
que sufren las violencias de las guerras, del lado de las víctimas. Las
consecuencias de las guerras – víctimas inocentes, familias desplazadas,
ciudades destruidas, innumerables atrocidades… – muestran claramente que
ninguna guerra puede ser bendecida en nombre de Dios.