Yeyo creció viendo cómo a su padre se le astillaba la espalda de tanto cargar sobre los hombros racimos de bananos tiernos en los días infernales del trópico en Chiapas y; a su madre llenarse de quemaduras los brazos haciendo dobladas de papa para vender a las afueras de la finca.
El retorno de Yeyo y
los nietos de Papayo
Trabajadores de mil oficios, hicieron malabares para lograr sobrevivir como indocumentados en Tapachula, México; siempre en trabajos precarios, de mala paga y sin prestaciones, recorrieron el estado revés y derecho y siempre fue el mismo trato y pago.
Por temporadas trabajaron en el corte de café, por el lado del municipio de Tapachula, tres meses en la finca durmiendo en galeras con dos comidas al día; primero su mamá con él en el perraje en la espalda y cuando fue creciendo ayudándolos, porque Yeyo no pudo ir a la escuela porque sus padres se movilizaban de un lugar a otro en las temporadas de cosecha y eso no le permitió estudiar, apenas aprendió a leer y a escribir y también por el miedo a las constantes redadas de la policía en sectores alejados de las fincas.
Por el lado de Soconusco trabajaron en la cosecha de piña, papaya y café. En Huixtla, en la temporada de caña sólo su papá, en esos días su mamá y él vendían empanadas de papas en la entrada de la finca, en otras ocasiones su mamá se ofrecía como empleada doméstica de casa en casa en el casco urbano de Tapachula.
Así fue como Yeyo aprendió el oficio doméstico porque le ayudaba a su mamá en el trabajo porque no tenía dónde dejarlo, para ese entonces con cinco años dormían los dos en una pensión y su papá en Huixtla; en las galeras con los jornaleros en la finca y con Papayo -el perro con el que llegaron su mamá y él a Tapachula-, se lograban reunir hasta el final de la temporada.










