Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

15 de junio de 2019

Ana Frank

Ana Frank
Testigo del Holocausto (1929-1945) 

“¿Quién podría pensar que tantas cosas
Puedan pasar en el alma de una joven?”

Hay ciertas personas cuyo gran don, en épocas de oscuridad, consiste simplemente en mantener encendida una luz de humanidad y de esa manera garantizar que la oscuridad no tendrá la última palabra. Ana Frank, una niña judía que murió durante el Holocausto, fue, con seguridad, una de ellas. Su vida se extinguió  a la edad de quince años, contribuyendo, así, al sueño nazi de una Europa libre de judíos. Pero su luz continúa brillando, y cumple con su propio sueño: “Deseo seguir viviendo luego de mi muerte”.
La historia de Ana es bien conocida. Nació el 12 de junio de 1929. Durante la ocupación nazi de Holanda, su familia, junto con otra, los Van Daams, se refugiaron en un “anexo secreto”, en la oficina de su padre, en el centro de Amsterdam. Permanecieron en la clandestinidad durante dos años.  Se mantenían quietos durante todo el día, sin poder jamás abandonar su escondite, y confiaban en el apoyo de amigos holandeses para preservar su secreto, abastecerlos y traerles noticias del mundo exterior. Ana contaba trece años cuando entró en el anexo, en julio de 1942. Además de sus libros de estudio y su atesorado álbum de estrellas de Hollywood, Ana trajo el diario que había recibido de regalo para su cumpleaños. Dirigía sus anotaciones a una amiga imaginaria, “Kitty” y llevó su diario fielmente a lo largo de todo su cautiverio. Este diario fue publicado al finalizar la guerra y fue aclamado, de inmediato, como uno de los documentos del Holocausto más profundamente conmovedores. Pero debido a los inusuales dones de escritora de Ana y a las extraordinarias cualidades de su personalidad, su obra merece ser reconocida como un clásico de la literatura por derecho propio y como uno de los grandes documentos morales del siglo veinte.
Para la misma Ana, llevar un diario no significaba una simple distracción sino un deber, la responsabilidad de transmitir sus experiencias y sus sentimientos de la forma más precisa posible. “deseo escribir, pero más que eso, deseo sacar a la luz todas las clases de cosas que están enterradas en lo más profundo de mi corazón”, escribe en la primera página. Con notable habilidad Ana describe la personalidad y la atmósfera del anexo, la tensión del cautiverio y los valientes esfuerzos para sobrellevar la vida. Todo esto se lleva a cabo contra el telón de fondo del miedo y el constante peligro de ser descubiertos.
Nos veo a nosotros ocho con nuestro “Anexo secreto”, como si fuera una pequeña habitación de cielo azul, rodeado por pesados y negros nubarrones de lluvia. El lugar redondo y claramente definido donde estamos es aún seguro, pero las nubes se ciernen cada vez más cercanas a nosotros y el círculo que nos separa del peligro que se acerca, se cierra más y más estrechamente.
El diario es, en su mayor parte, una crónica agudamente registrada de los problemas cotidianos y las modestas alegrías de la vida “subterránea” de una jovencita. Pero contiene así mismo observaciones notablemente poco infantiles sobre el sentido de la vida y la fe, frente a la adversidad.
El mejor remedio para los que tienen miedo, están solos, o son desgraciados, es salir al exterior, en algún lugar donde puedan estar quietos, solos con el cielo, la naturaleza y Dios. Porque solamente entonces uno siente que todo es como debería ser y que Dios  desea ver gente feliz, en medio de la simple belleza de la naturaleza. En tanto exista… yo sé que siempre habrá consuelo para cada pena, cualesquiera sean las circunstancias.
Acostada en su cama, dice que termina las oraciones de la noche con las palabras: “Te doy gracias, Dios, por todo lo que es bueno, admirable y hermoso”, y añade, “estoy llena de alegría… no pienso en todas las miserias, sino en la belleza de lo que aún permanece”.
Aparte de reconocer el terror que ronda más allá de su escondite, el diario también refleja la misteriosa revelación de la personalidad de Ana, su emergencia de la niñez, y el creciente sentido de sí misma como una persona con un futuro y una tarea en el mundo.
Sé lo que quiero, tengo un objetivo, una opinión, tengo una religión y un amor. Me siento satisfecha con saber quién soy. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y llena de coraje. ¡Si Dios me permite vivir…no seré insignificante, trabajaré en el mundo por la humanidad! Y ahora sé que antes que nada necesitaré valor y alegría.

Pocas veces alguien ha definido tan bien las virtudes requeridas por nuestro tiempo –“valor y alegría”- como esta adolecente de catorce años, que vive ya bajo sentencia de muerte.
En agosto de 1944, poco después de cumplir quince años, el anexo secreto fue denunciado y sus ocho ocupantes dispersados en diversas fábricas de la muerte. Sólo Otto Frank, padre de Ana, sobrevivió a la guerra y volvió a la antigua casa en Amsterdam. Allí supo que su esposa había muerto de tifus en Bergen-Belsen, en los primeros días de marzo. En aquel momento le fueron entregados los diarios de su hija, preservados con cariño por amigos, con la esperanza de su eventual retorno.
A la luz de su muerte, resulta dolorosísimo leer las íntimas confidencias de Ana, su narración de los detalles caseros de su vida en el escondite. Pero a través de las candorosas anotaciones de las peleas con su madre, sus preocupaciones por sus estudios, y las posibilidades de encontrar una felicidad romántica con el hijo adolecente de los Van Damms, Otto Frank fue el primero en reconocer en el diario a su hija, un profundo testimonio sobre el valor de la vida, y la virtud de la esperanza. Las siguientes palabras, escritas días antes de su arresto, adquieren una fuerza adicional a la luz de su destino:
A pesar de todo, aún creo que la gente tiene una verdadera bondad de corazón…Veo al mundo convertirse gradualmente en algo al salvaje, escucho el trueno que se aproxima y que también nos destrozará, puedo sentir el sufrimiento de millones y, sin embargo, si alzo la mirada al cielo, creo que todo terminará bien…Mientras tanto, debo mantener mis ideales, porque tal vez vendrá el tiempo en que pueda llevarlos a cabo.


Por Rosario Carrera
Fuente: Ellsberg R. (2001) Todos los Santos. Buenos Aires: Lumen