Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

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23 de marzo de 2018

EL PAPA FRANCISCO NO SE CALLO



PUES NO, EL PAPA FRANCISCO NO SE
CALLÓ EN DAVOS


Eduardo Rojo. El 27 de marzo del pasado año escribí una entrada para este blog con el título “Del pasado al futuro de la Unión Europea. ¿Escucharán los Jefes de Estado y de Gobierno al papa Francisco?”, del que reproduzco ahora un breve párrafo “Llega el viernes 24 de marzo de 2017. En la Sala Regia del Vaticano el Santo Padre Francisco se reúne con los Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea presentes en la capital italiana para la celebración del 60 aniversario del Tratado de Roma que instituyó la Comunidad Económica Europea. Con respeto y silencio los dirigentes políticos escuchan al papa Francisco… ¿o fingen que le escuchan?”

Le escucharon, ciertamente, pero los avances que el papa pedía en materia de derecho sociales para las personas que lo necesitan, que son muchas en el espacio geográfico de la Europa de los (todavía) 28 Estados, va a ritmo de tortuga, si me permiten utilizar una expresión coloquial. Ojalá que el desarrollo efectivo del pilar europeo de derechos sociales, solemnemente suscrito por los representantes de la Comisión Europea, el Consejo y el Parlamento, el 17 de noviembre en la cumbre de Gotemburgo, aporte más esperanza a esas personas que ven cada día su futuro inmediato (no tienen tiempo para pensar ni en el medio ni, mucho menos, en el largo plazo, con preocupación).


Y del ámbito europeo al mundial, de Roma a Davos, de la reunión institucional de Jefes de Estado y de Gobierno a otra no menos importante, celebrada del 23 al 26 de enero, en la que se encuentra el poder político y el poder económico (si es que puede establecerse una diferencia entre ambos, ciertamente ficticia en muchos países) y en la que cada año se debate y discute sobre la realidad mundial y en la que se fijan, sin ningún tipo de formalismo jurídico pero sí con un alto grado de efectividad por la importancia de quienes participan en la reunión, las líneas de trabajo de los próximos meses (o años), y en donde en ocasiones la presencia de potentes ONGs y del sindicalismo europeo e internacional contribuye, modestamente, a que se tomen en consideración los problemas del cada vez más diversificado mundo del trabajo. De la importancia que se le concede a reunión da debida cuenta su página web: “reunirá a una cantidad récord de jefes de estado y de gobierno, además de organizaciones internacionales y líderes de los ámbitos de los negocios, sociedad civil, académico, arte y medios”.

A dicha reunión del Foro Económico Mundial se dirigió, esta vez no físicamente sino a través de un mensaje enviado a su presidente, el profesor Klaus Schwab, atendiendo la invitación formulada para aportar “la perspectiva de la Iglesia Católica y de la Santa Sede en la reunión en Davos”.

Y vuelvo a hacerme casi la misma la pregunta que me hice hace ya casi año. ¿Escucharon, realmente, al papa Francisco, las personas presentes en la ciudad suiza, o simplemente fingieron que le escuchaban y al finalizar su mensaje volvieron a sus asuntos “más importantes”, los de las cuotas de poder entre diferentes Estados y organizaciones económicas? No soy especialmente optimista al respecto, visto lo poco que se ha avanzado, por no decir que se ha retrocedido para muchas personas, en materia de derechos sociales (trabajo, salud, vivienda), pero sí lo soy con respecto a la valentía con la que el papa Francisco ha puesto nuevamente la cuestión social sobre la mesa del debate político, con una nueva llamada de atención a encarar de frente y sin rodeos cómo hacer un mundo mejor para todas las personas que lo habitan y no únicamente para una ínfima minoría, haciendo bueno el lema elegido este año por el Foro, que no debería, pues, quedarse en meras palabras o una imagen de fachada: “Crear un futuro compartido en un mundo fracturado”.

Porque, tras el obligado saludo de cortesía a la invitación formulada, y no la menos educada manifestación de la oportunidad del tema elegido para la reunión, el papa entra ya directo y manifiesta su confianza en que los debates ayudarán a “orientar sus deliberaciones en la búsqueda de mejores bases para construir sociedades inclusivas, justas y solidarias, capaces de restaurar la dignidad de aquellos que viven con gran incertidumbre y que no pueden soñar con un mundo mejor”.

Y ¿por qué es necesario que se encaminen por esa vía? Porque, “a nivel de gobernanza global, somos cada vez más conscientes de que existe una creciente fragmentación entre los Estados y las instituciones. Están surgiendo nuevos actores, así como una nueva competencia económica y acuerdos comerciales regionales. Las nuevas tecnologías están transformando los modelos económicos y el mundo globalizado, de tal forma que, condicionadas por intereses privados y una ambición de lucro a toda costa, parecen favorecer una mayor fragmentación e individualismo, en lugar de facilitar enfoques que sean más inclusivos”. Y sigue sin cortarse un pelo el papa Francisco cuando afirma que “la inestabilidad financiera ha traído nuevos problemas y serios desafíos que los gobiernos deben enfrentar, como el aumento del desempleo y de la pobreza, la ampliación de la brecha socioeconómica y las nuevas formas de esclavitud, a menudo enraizadas en situaciones de conflicto, migración y diversos problemas sociales. Junto a ello, encontramos ciertos estilos de vida bastante egoístas, marcados por una opulencia que ya no es sostenible y con frecuencia indiferentes al mundo que nos rodea, y especialmente a los más pobres entre los pobres”.

En fin, tras poner las cartas sobre la mesa, reafirma una vez más la tesis defendida en anteriores escritos y documentos de que “los modelos económicos también deben observar una ética del desarrollo sostenible e integral, basada en los valores que colocan al ser humano a la persona y sus derechos en el centro”, y que “no podemos permanecer en silencio frente al sufrimiento de millones de personas, ni podemos seguir avanzando como si la propagación de la pobreza y la injusticia no tuvieran ninguna causa. Es un imperativo moral, una responsabilidad que involucra a todos, crear las condiciones adecuadas para permitir que todas las personas vivan de manera digna”.

Lean el mensaje, vale la pena, señores y señoras asistentes a Davos, y aplíquenlo en su actividad política, económica y social cotidiana. Pero esto, lo dice quien firma, y no pasa, de momento, de ser sólo un deseo, que, eso sí, con el esfuerzo y la lucha de muchas personas, puede convertirse en realidad.