Lo ocurrido en Venezuela exige una condena clara, firme y colectiva de los jefes de Estado. Si guardamos silencio hoy, abrimos la puerta a que nuevas intervenciones se repitan en América Latina sin consecuencias. Este llamado es para defender el derecho internacional y por la soberanía de los pueblos.
Lo que ocurrió el 3 de
enero es escalofriante. No porque creamos que Nicolás Maduro sea inocente, sino
porque lo que vimos nos devuelve a una historia que América Latina conoce
demasiado bien: golpes de Estado, presidentes títeres y regímenes sostenidos, financiados
o respaldados por Estados Unidos. Sabemos cómo empieza esa historia. Y sabemos,
también, cómo termina.
Durante mucho tiempo,
América Latina fue tratada como el patio trasero de Estados Unidos. En nombre
del orden, la protección y la estabilidad, se impusieron torturas,
persecuciones, represión, desapariciones forzadas, ejecuciones arbitrarias y
guerras civiles. Ese pasado no es lejano: sigue vivo en la memoria de nuestros
pueblos.
Hoy, cuando Donald
Trump advierte abiertamente con intervenir en países como México, Colombia y
Cuba, ese recuerdo vuelve con fuerza.
Si lo ocurrido en
Venezuela no enfrenta una condena firme y colectiva por parte de América
Latina, de sus jefes de Estado y del el resto de líderes mundiales estaremos
dejando la puerta abierta para que nuevas intervenciones en nuestros países
ocurran sin consecuencias.
Manos
fuera de nuestros países.
Seamos honestos. El gobierno de Nicolás Maduro ha cometido graves crímenes contra el pueblo venezolano. Violaciones de derechos humanos, represión, corrupción y persecución política han causado un sufrimiento profundo y real. Ese dolor no se niega, no se relativiza y no se olvida. La justicia que el pueblo venezolano merece sigue siendo una deuda urgente.
Pero la democracia no
se impone con invasiones extranjeras. Y nadie sabe eso mejor que los pueblos
latinoamericanos.
Si permitimos que Trump
salga de esto sin consecuencias, la pregunta es inevitable: ¿quién sigue? Ya
advirtió también al presidente colombiano, al gobierno mexicano y al cubano.
Si permitimos que la
ley del más fuerte pase por encima del derecho internacional y de la soberanía
de los países, renunciamos a un principio fundamental. Lo que está en juego no
es la defensa de un gobierno, sino la defensa de un orden internacional donde
la ley esté por encima de la fuerza y donde la rendición de cuentas no sea
selectiva.
La voz de forma constante contra el autoritarismo – denunciando la represión
del gobierno chino al pueblo tibetano, apoyando a Ucrania frente a la invasión
rusa, y enfrentando el avance de movimientos de extrema derecha en Europa.
Nuestro movimiento no sabe rendirse y América Latina no será la excepción
frente a las fantasías imperialistas de Donald Trump.
Con solidaridad y
determinación,
Equipo de Avaaz
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