Por mucho que hayan sido oprimidos y, en gran parte, exterminados, los pueblos originarios de Abya-Yala (nombre indígena para Sudamérica) siempre resistieron y alimentaron la esperanza de recuperar algún día su identidad.
Debido a esta
esperanza, en algunas comunidades andinas de los antiguos incas, allá por
Portosí, se celebra, de vez en cuando, un ritual de gran significado: se ata un
cóndor a lomos de un toro bravío. Ante la multitud, se libra una lucha feroz y
dramática. El toro hace todo lo posible por liberarse del cóndor y este lo
picotea sin cesar hasta que, con sus potentes picotazos, agota y derriba al
toro. Este, derrotado, es devorado por todos.
El
cristianismo impuesto formaba parte del proyecto colonial. Se trataba, en la
clásica fórmula, de «expandir la fe y el imperio». En general, siempre se
mostró sensible con los pobres, aunque con métodos discutibles, pero fue
implacable y etnocéntrico frente a la alteridad cultural. El otro (el indígena
y el negro) era considerado enemigo, pagano e infiel.
Contra él se libraron «guerras justas» y se le leyó el requerimiento (un documento en latín leído ante el cacique en el que debía reconocer al rey como su soberano y al papa como representante de Dios). Si no lo aceptaba, ya que ni siquiera entendía el latín, se legitimaba la sumisión forzosa.
No debemos olvidar nunca que nuestras sociedades sudamericanas se asientan sobre la gran violencia practicada por el colonialismo que invadió nuestras tierras y nos obligó a hablar y pensar según los moldes del invasor. Sufrimos un feroz etnocidio indígena con su casi exterminio; la inhumana esclavitud que redujo a millones de personas de África a «piezas»; la dominación persistente de las clases dominantes, egoístas, corruptas e insensibles ante la pobreza de sus semejantes, negadoras de un proyecto nacional que incluyera a todos, pensando solo en sus beneficios y privilegios. Las desigualdades sociales, las jerarquías discriminatorias y la falta de sentido del bien común se alimentan aún hoy de este perverso sustrato cultural.
Ante
esto, no podemos dejar de escuchar el reverso de la conquista y la
evangelización impuesta, la voz de las víctimas que resuena hasta nuestros
días. Lo atestiguan los lamentos del profeta maya Chilam Balam de Chumayel :
«¡Ay!
Nos entristecemos porque llegaron... vinieron a marchitar nuestras flores para
que solo viviera su flor... vinieron a castrar el sol». Y su lamento continúa:
«Entre nosotros se introdujo la tristeza, se introdujo el cristianismo... Ese
fue el principio de nuestra miseria, el principio de nuestra esclavitud» (cf.
M. León-Portilla, El reverso de la conquista, México 1989). ¿Hay palabras que
nos desmoralicen más que estas? ¡La buena nueva como tristeza, principio de
esclavitud!
El choque entre el Toro y el Cóndor es una metáfora: el Toro es el colonizador español y el Cóndor, el inca del altiplano andino, oprimido. Se produce una inversión simbólica: el vencedor de ayer (el Toro) es el vencido de hoy. El vencido de ayer (el Cóndor) es el vencedor de hoy. El sueño de libertad triunfa, al menos simbólicamente.
En este contexto, la misión de la Iglesia es la justicia, no la caridad, como afirmaron solemnemente las conferencias episcopales de toda Sudamérica, como Medellín, Puebla y Aparecida: reforzar el rescate de las culturas ancestrales de los pueblos originarios, con su espíritu que son las tradiciones, la sabiduría de los pajés y sus religiones. Y a continuación, establecer un diálogo en el que ambos se complementen, se purifiquen y se evangelicen mutuamente.
Entonces,
como atestiguan tantos misioneros, ellos nos evangelizan porque, por lo
general, son mejores que los cristianos, al menos no saben lo que es la
mentira. Sienten su propia naturaleza y viven en la mayor libertad.


