En Cuaresma queremos
cambiarlo todo de golpe, pero la conversión comienza en lo pequeño.
Lo necesario puede ser perdonar, orar cada día, dejar ese pecado que sabemos que nos aparta de Dios. Lo posible es perseverar, aunque cueste. Y lo “imposible” sucede cuando la gracia transforma nuestro corazón.
La santidad no se logra en un salto, sino en pasos humildes y constantes.
