Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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19 de julio de 2020

Parábolas de Jesús


PARÁBOLAS DE JESÚS
J. A. Pagola

LA VIDA ES MÁS QUE LO QUE SE VE
Por lo general, tendemos a buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, no en lo pequeño e insignificante. Mientras vamos viviendo de manera distraída sin captar nada especial, algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida.

Con esa fe vivía Jesús: no podemos experimentar nada extraordinario, pero Dios está trabajando el mundo. Su fuerza es irresistible. Se necesita tiempo para ver el resultado final. Se necesita, sobre todo, fe y paciencia para mirar la vida hasta el fondo e intuir la acción secreta de Dios.

Tal vez la parábola de la semilla de mostaza, es la más pequeña de todas, como la cabeza de un alfiler, pero con el tiempo se convierte en un hermoso arbusto. Por abril, todos pueden ver bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Así es el << reino de Dios >>.

Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. Es un error que sus seguidores busquen una Iglesia poderosa y fuerte que se imponga sobre los demás. Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atento a lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. La vida no es solo lo que se ve. Es mucho más. Así pensaba Jesús.

LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LA LEVADURA
Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de transformar el mundo. Todavía recordaba Jesús una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su << levadura >> en el mundo.

Así actúa Dios. Viene a transformar la vida desde dentro, de manera callada y oculta. Así es Dios: no se impone, sino que transforma; no domina, sino que atrae. Los seguidores de Jesús no podemos presentarnos tratando de imponernos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es esa la forma de abrir camino al reino de Dios.

Hemos de vivir << dentro >> de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida transformada por el evangelio.

FERMENTO DE UNA VIDA MÁS HUMANA
El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja. Ahí está Dios salvando al ser humano.

Al reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías, ni condenando todo lo que no coincide con nuestros pensamientos.

El reino de Dios es un << fermento de humanidad >> y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al ser humano y donde se lucha por una humanidad más digna.

SIN CONDENAR A NADIE
Sin embargo, aunque vivimos juntos y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso o la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida.

Nosotros llamamos << increyentes >> a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Son personas que viven desde otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido.
No es fácil saber cómo se abre Dios camino en la conciencia de cada persona. La << parábola del trigo y la cizaña >> nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros calificar a cada individuo. Menos aún excomulgar a quienes no se identifican en el << ideal de cristiano >> que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender la fe y que, probablemente, no es tan perfecta como a nosotros nos parece.

<< Solo Dios conoce a los suyos >> decía San Agustín. Hemos de estar atentos a quienes se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero.

APRENDER A CONVIVIR CON NO CREYENTES
Pese a la advertencia de Jesús, una y otra vez caemos los cristianos en la vieja tentación de pretender separar el trigo y la cizaña, creyéndonos naturalmente << trigo limpio >> cada uno.

Sorprende la dureza con que ciertas personas que se dicen << creyentes >> se atreven a condenar a quienes, por razones muy diversas se han ido alejando de la fe y de la iglesia.

Sin embargo, creencia e increencia, lo mismo que el trigo y la cizaña de la parábola, están muy entremezclados en nosotros. Y lo más honesto sería descubrir al increyente que hay en cada uno de nosotros y reconocer al creyente en el fondo de bastantes alejados.

En primer lugar, el hecho de que haya hombres y mujeres que pueden vivir sin creer en Dios me descubre que soy libre al creer. Mi fe es un acto de libertad. Me nace de entro.

Los no creyentes me enseñan a ser más exigente al vivir mi fe. Con frecuencia observo que rechazan un Dios ridículo y falso que no existe, pero que a veces lo pueden deducir de la vida de los que nos decimos creyentes.

No deberíamos olvidar las palabras del Vaticano II: << En esta proliferación del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión se ha de decir que más bien lo velan >>.

Entonces aprendo a no ser un creyente arrogante, engreído o fanático, sino a seguir caminando humildemente ante el misterio de Dios.

No me siento mal entre increyentes. Creo que Dios está en ellos y cuida su vida con amor infinito.

José Antonio Pagola