Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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27 de enero de 2019

Santo Tomás de Aquino

Santo Tomás de Aquino
(1225-1274)
“Toda verdad, sin excepción-independientemente de quién la emita-, proviene del Espíritu Santo.”

Santo Tomás de Aquino nació en el sur de Italia en medio de una próspera familia de la baja nobleza. Era el más joven de cuatro hijos, y sus padres encargaron su educación a los monjes benedictinos del cercano monasterio de Monte Casino. Tenían la esperanza de que la “carrera” monástica del niño lo llevaría tal vez al puesto de abad, y serviría adecuadamente a los intereses y el honor de la familia. En todo caso, Tomás congenió mucho con la vida religiosa. Pero luego de un período de estudio en la Universidad de Nápoles, anunció su deseo de ser fraile dominico. Como bien observó Chesterton, este anuncio era comparable, para un joven moderno de su rango, a la información casual de que ha decidido casarse con una gitana. Su familia se desquitó secuestrándolo y encerrándolo por un año en su castillo. Mas cuando fracasaron en disuadirlo, lo dejaron libre de seguir su vocación. De manera que asumió el hábito blanco y el escapulario negro de la Orden de los Predicadores.

Tomás fue enviado a estudiar a Colonia, donde san Alberto Magno fue su profesor. Ya fuera porque se hallaba intimidado por la atmósfera competitiva o simplemente porque prefería escuchar hablar, Tomás raramente abría su boca. Como resultado, sus compañeros de clase lo tomaron por simplón. Lo llamaban “el buey tonto”,  refiriéndose al mismo tiempo a su figura corpulenta. Alberto, sin embargo, reconoció la brillantez de Tomás, reprendió a sus camaradas y predijo que el mugido de este “buey tonto” sería escuchado en todo el mundo.


Tomás fue a doctorarse a la Universidad de París, donde también enseñó. Allí publicó sus primeros trabajos de filosofía, así como argumentos apologéticos y comentarios de las Escrituras. A esta altura, ya era reconocido como un genio sin igual y había una gran demanda de sus servicios, tanto en la orden dominica como en el a como en la corte papal. Sin embargo, no era ajeno a la controversia. Era un agudo crítico de los métodos contemporáneos de la argumentación teológica, que se basaban en una enérgica apelación a la autoridad. Tomás expuso un acercamiento mucho más riguroso al argumento teológico, en el cual otorgaba igual peso a puntos de vista opuestos antes de decidir dónde podría hallarse la evidencia preponderante. Mucho más controvertida, sin embargo, fue su sistemática adaptación de la filosofía del griego Aristóteles al servicio de la teología cristiana.

En 1266, Tomás comenzó a trabajar en su obra maestra, la Summa theologiae, la más ambiciosa y sistemática exposición de la fe católica jamás emprendida. A través de una serie de “preguntas” encadenadas, Tomás se esforzó en demostrar de qué manera las verdades de la fe católica estaban relacionadas de una manera consistente y lógica, y en mostrar la interrelación de la razón y la Revelación. Los teólogos anteriores habían tendido a trabajar en problemas teológicos particulares; la gran contribución de Aquino fue acometer una visión de la “totalidad”.

En las postrimerías del siglo XIX, la teología de Tomás fue prácticamente canonizada por la Iglesia, y a lo largo de muchas décadas hasta el Vaticano II, la educación en los seminarios estaba completamente dominada por una versión de manual del “tomismo”. Antes que prescribir el acercamiento dialéctico de Tomás a la investigación teológica, las autoridades eclesiásticas presentaban su pensamiento como un sistema de respuestas prefabricadas para todas las preguntas, un acercamiento completamente opuesto al espíritu del propio Tomás. Le tocó a teólogos más innovadores, como Karl Barth, revivir los aspectos verdaderamente creativos del proyecto de Tomás y recordar cuán abierto había sido al dialogar con la sabiduría y filosofía de su tiempo, hasta el punto de interpretar la teología cristiana en términos del pensamiento (aristotélico) pagano. Quienes honraban a Tomás como “Doctor Angélico”, a menudo olvidaban exactamente cuán controvertido fue Tomás en su época. En 1270, el obispo de París confeccionó una lista de dieciocho errores y proposiciones condenables contenidas en sus obras, que fue renovada y ampliada en 1277. Sólo cincuenta años más tarde, un posterior obispo de París revocó esta condena. Por cierto que para ese entonces, hacía largo tiempo que Tomás había muerto.

De hecho, Tomás nunca completó su masiva Summa. En diciembre de 1273, cesó abruptamente de trabajar en el proyecto. Vivía, en ese momento, en la casa de estudios dominica de Nápoles, adonde lo había enviado la orden para que escapara de las controversias de París. Un día, durante la misa para la fiesta de san Nicolás, tuvo una extraña experiencia que fue la causa de que abandonara sus útiles de escribir, para no retomar nunca más su gran obra. Cuando se le preguntó la razón de ese silencio, contestó: “No puedo proseguir…Todo lo que he escrito me parece mero desecho en comparación con lo que he visto y lo que me ha sido revelado.

 El significado de este misterioso pronunciamiento ha sido objeto de mucha especulación. En todo caso, se le estaba acabando el tiempo. Tres meses después, en camino al Concilio de Lyon, cayó enfermo y fue llevado a la abadía cisterciense de Fossa Nuova. Luego de hacer su última confesión y de recibir la comunión, dijo: “Te recibo, Premio de la redención de mi alma; todos mis estudios, mis vigilias y mis labores han sido hechos por amor a ti. He enseñado mucho y escrito mucho acerca del sacratísimo cuerpo de Cristo. He enseñado y escrito en la fe de Jesucristo y de la santa Iglesia romana, a cuyo juicio ofrezco y lo someto todo.”

Murió dos días más tarde, el 7 de marzo de 1274, a la edad de cuarenta y nueve años. Su fiesta se celebra en este día.

Por Rosario Carrera
Inspirado en el Libro de Todos los Santos, Ellsberg Robert.