El esfuerzo por revertir el desastre ambiental debe ser prioridad universal.
Seis loritos y una
Tierra redonda
Los incendios devastadores
que acabaron con grandes extensiones de bosques en el sur de Chile han elevado
voces y lamentos; la extensión de la tragedia ha tenido el poder de despertar
conciencias adormiladas, pero nada pudo evitar la inmensa pérdida de vida en
ese hermoso territorio. Los incendios forestales han arrasado con los bosques
naturales en muchos puntos del planeta durante siglos. Algunos, como una
reacción natural de reciclaje de la flora local, pero otros provocados por la
explotación irracional de los recursos naturales y la falta de una política
definida de defensa de estos recursos, la cual debe ser implementada con
seriedad por todos los gobiernos.
Es que también hay
otras prioridades, dicen: El hambre y la guerra; las enfermedades y las
migraciones; y, entre tanta miseria, el involucramiento en la defensa del medio
ambiente aparece, a simple vista, como un asunto secundario; como algo que
puede esperar; como una actividad para personas que no tienen algo mejor en qué
ocupar su vida.
Sin embargo, la tierra es redonda -o, por lo menos, así parece vista desde la luna- y todo lo que en ella sucede está íntimamente ligado. La relación del ser humano con su entorno natural fue, en las culturas antiguas, fuente permanente de sabiduría, un inacabable tratado de medicina, una rica veta de conocimientos que ayudaron a las comunidades a crecer y desarrollarse en paz y armonía. Las crisis que vivimos en la actualidad son una ruptura de esa armonía con la naturaleza. Se podría afirmar que el ser humano ha desafiado, con su inveterada arrogancia, las leyes del universo y ha roto la fuente de su propio sustento.
















