Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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31 de diciembre de 2020

Evangelio del domingo y Reflexión de J. A. Pagola

 

                        EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

 


En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

 Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

 En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió.

 Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.

 La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.

 Pero a cuantos la recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad.

 Juan da testimonio de él y grita diciendo: <<El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo>>.

 Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracias: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron de Jesucristo.

 A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer (Juan 1, 1- 18).

 

 

EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que solo pueden entender los doctos. Su palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

<<A Dios nadie lo ha visto jamás>>. Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero ninguno de nosotros lo ha visto.

No lo hemos de olvidar. Solo Jesús nos ha contado como es Dios. Solo él es la fuente para acercarnos a su Misterio.

Como cambia todo cuando captamos por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más sencillo y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se revela <<la gracia y la verdad>> de Dios.

 

RECUPERAR A JESÚS

El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que atraviesa toda la tradición bíblica: <<A Dios no lo ha visto nadie jamás>>.

Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar su misterio santo?. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es <<quien lo ha dado a conocer>>. En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.

Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas complicadas, sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección.

Siempre que el cristianismo olvida a Jesús corre el riesgo de alejarse del Dios verdadero, para sustituirlo por imágenes empobrecidas que desfiguran su rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de Jesús.

 

DIOS ENTRE NOSOTROS

En Dios estaba la Palabra, la Fuerza de comunicarse que tiene Dios. En esa Palabra había vida y había luz. Esa Palabra puso en marcha la creación entera. Nosotros mismos somos fruto de esa Palabra misteriosa. Esa Palabra ahora se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

A nosotros nos sigue pareciendo todo esto demasiado hermoso para ser cierto: un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aliento y sufriendo nuestros problemas. Por eso seguimos buscando a Dios arriba, en los cielos, cuando está abajo, en la tierra.

También entre nosotros se cumplen las palabras de Juan:<<Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron>>. Dios busca acogida en nosotros y nuestra ceguera cierra las puertas a Dios.

Dejemos que nuestro corazón se sienta penetrado por esa vida de Dios que también hoy quiere habitar en nosotros.

 

NO QUEDARNOS FUERA

Hay quienes viven la religión como <<desde fuera>>. Pronunciar rezos, asisten a celebraciones religiosas, oyen hablar de Dios, pero se limitan a ser <<espectadores>>. No <<entran>> en la aventura de encontrarse con Dios.

Sin embargo, Dios está en lo íntimo de cada ser humano. Dios es una presencia real que está en la raíz misma de nuestro ser. No es posible entrar en la experiencia de Dios si uno vive permanentemente fuera de sí mismo.

Sn esta apertura interior a Dios no hay fe viva. Dios actúa en nosotros cuando le dejamos activar lo mejor que hay en nuestro ser. Lo humano es <<la puerta>> que nos permite <<entrar>> en lo divino.

En Cristo podemos aprender a vivir una vida tan humana, tan verdadera, tan hasta el fondo, que, a pesar de nuestros errores y mediocridad, nos puede llevar hacia Dios.

Pero hemos de escuchar bien la advertencia del evangelista. La Palabra de Dios <<vino al mundo>>, y el mundo <<no la conoció>>; <<vino a su casa>>, y <<los suyos no la recibieron>>.

 

VIVIR SIN ACOGER LA LUZ

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. Todo me ha sido dado.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?. Algunos no saben vivir sino exigiendo. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse. Sin apenas darse cuenta se convierten poco a poco en el centro de todo. Todo lo han de subordinar a su ego.

La vida de la persona se cierra entonces sobre si misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Se sigue hablando de amor, pero <<amar>> significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo quien lo llena todo.

Por eso es tan grave la advertencia del evangelio de Juan: <<La palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo…y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron>>.

Nuestro gran pecado es vivir sin acoger la luz.

 

José Antonio Pagola