Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo
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30 de julio de 2021

Jesús maestro interior

 

                 REAVIVAR LA ESPIRITUALIDAD

               REVOLUCIONARIA DE JESÚS

 

Entiendo por <<espiritualidad de Jesús>> el estilo concreto de vivir de Jesús, que se alimenta de su experiencia interior de Dios, es reconocible por sus opciones y su práctica, y conduce a quienes le siguen a vivir una vida más digna y más abierta a la esperanza, confiando en el misterio del Amor de Dios.

1 Espiritualidad alentada en nosotros por el Espíritu de Jesús

Vivir la espiritualidad de Jesús no es solo un camino que los cristianos tratamos hoy de recorrer siguiendo su estilo de vivir, que conocemos por medio de los evangelios. Es una espiritualidad alentada interiormente por el mismo Espíritu de Jesús.

El evangelio de Juan describe una escena de gran significado para las primeras comunidades. Esta redactada para recordar a todos el paso que han de dar los discípulos que, hasta la muerte de su Maestro, han vivido de su presencia física y que desde ahora tendrán que vivir de la presencia interior de su Espíritu. El redactor describe con tres rasgos.

Está <<anocheciendo>> en Jerusalén y en sus corazones: les falta la luz con la que Jesús iluminaba sus vidas. Están <<con las puertas cerradas>>, sin horizonte: nadie piensa en salir para abrir caminos al proyecto humanizador del reino de Dios y su justicia. Están <<llenos de miedo a los judíos>>: no pueden anunciar ninguna Buena Noticia a nadie.




La presencia de Jesús resucitado lo cambia todo. Está de nuevo con ellos, lleno de vida. Por dos veces les dice: <<Paz a vosotros>>, y los discípulos se llenan de alegría al ver a Jesús. Después de saludarlos les dice estas palabras:<<Como el Padre me ha enviado así también os envío yo>>.

Enseguida Jesús hace con ellos un gesto muy especial. Lo que necesitan es su propio espíritu, su aliento. Jesús <<sopló>> su aliento sobre ellos y les dijo: <<Recibid el Espíritu Santo>>.

La renovación interior de nuestro cristianismo solo será posible si los seguidores de Jesús aprendemos a vivir acogiendo en nosotros su Espíritu.

2 Espiritualidad vivida como relación personal con Dios

Para los cristianos, es muy importante el silencio ante Dios, la conciencia de su presencia en nosotros, la apertura a su misterio insondable, pero lo hacemos siempre desde una experiencia inconfundible <<Tú estas en mí>>.

Cuando nos dirigimos a Dios como <<Alguien>>, tenemos que saber que esto no significa que Dios sea una persona como nosotros. Pero a los seguidores de Jesús, el dirigirnos a él como a un <<tu>> nos ayuda a expresar y vivir nuestra relación con Dios como un encuentro personal.

Pensemos, sobre todo, en esa oración sencilla de millones y millones de fieles de todas las religiones de todos los tiempos, que nunca han oído hablar del silencio interior ni de la presencia de Dios en su corazón.

Oración desde el dolor, el insomnio, la sala de operaciones o en el momento de la agonía. Oración deslucida, no ilustrada, nada sublime.

Pero es la oración de la mayoría en todas las religiones del mundo. Si desapareciera, la vida de muchas personas se empobrecería y sería más dura. La relación con Dios no puede ser privilegio de espíritus selectos que disfrutan de bienestar, tienen capacidad y disponen de tiempos y medios para profundizar en su relación interior con Dios porque no viven agobiados por el hambre, el trabajo o la necesidad.

No olvidemos que Jesús dio gracias al Padre porque <<has ocultado estas cosas a sabios y entendidos y las has descubierto a los sencillos>> (Lucas 10,21).

3 Espiritualidad marcada por la confianza absoluta en Dios

Jesús sorprendió a sus contemporáneos al invocar a Dios en su lengua materna Abbá. Una expresión empleada sobre todo por los niños pequeños para dirigirse confiadamente a su padre, inimaginable en el lenguaje solemne del Templo o entre los maestros de la ley.

Como dice Albert Nolan, <<sin su experiencia de Dios como Abbá es imposible comprender por qué y como hizo las cosas que hizo>>.

Hemos de saber que Jesús invoca a Dios como Padre, pero cuando habla de su misericordia, dice que es <<entrañable>>: tiene <<entrañas>> de mujer. Es decir, Jesús invoca a Dios como <<Padre>> pero lo experimenta actuando entre nosotros con <<entrañas de madre>>. Por eso ha llegado tal vez el momento de ir introduciendo el lenguaje de Dios Padre-Madre.

La actuación de Jesús enfrentándose a los dirigentes del Templo y a los representantes de Roma no tiene nada de infantil. Al contrario, es el Padre precisamente el que le da fuerza para vivir trabajando por un mundo más digno y humano.

Esta confianza en Dios Abba no es una experiencia exclusiva que Jesús se reserva para sí mismo. Invita a sus seguidores a que también ellos invoquen así a Dios. Todos tenemos que vivir movidos por la confianza total en el Dios Abbá. Esto nos conduce a vivir como hermanos.

Podemos concretar más. Vivir desde la fe en Dios, Padre de todos, es fundamentar la convivencia humana en una lucha permanente por la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Este ideal casi enterrado en nuestros días, es considerado por algunos como la mejor síntesis del compromiso que brota de la espiritualidad de Jesús, alentada por la experiencia de un Dios Padre – Madre de todos los seres humanos. Libertad para la fraternidad y para la igualdad es la consecuencia ineludible de toda fe o afirmación del Dios cristiano.

Sin embargo, en la cultura nihilista de nuestros días en vez de encaminarnos hacia una convivencia propia de hijos de un mismo Padre-Madre, libres, iguales y hermanos, corremos el riesgo de seguir dando pasos hacia un futuro de hombres y mujeres esclavos de un bienestar deshumanizador; de individuos privados de conciencia comunitaria y fraterna; que pretenden construir una falsa aldea global, abriendo en la familia humana desigualdades cada vez más crueles. La historia humana se empobrecería aún más si se perdiera en el mundo la confianza en un Dios Padre-Madre de todos.


4 Espiritualidad centrada en la misericordia de Dios como principio de actuación

Jesús vivió en una sociedad profundamente religiosa. La espiritualidad de todos los grupos arrancaba de una exigencia radical que aparecía en el viejo libro del Levítico: <<Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo>>. El pueblo ha de ser santo, como lo es el Dios que habita en el Templo: un Dios que ama a su pueblo elegido y rechaza a los paganos, bendice a quienes observan la Ley y maldice a los pecadores, acoge a los puros, pero separa a los impuros. La santidad era considerada la cualidad esencial de Dios, el principio para orientar la conducta del pueblo.

Paradójicamente, esta imitación de la santidad de Dios, fue generando de hecho una sociedad discriminatoria y excluyente. Dentro del pueblo elegido, los sacerdotes gozaban de un rango de pureza superior al resto del pueblo., pues estaban al servicio del Templo, donde habita el Dios santo.

Los observantes de la Ley disfrutaban de la bendición de Dios, mientras los pecadores eran discriminados. Los varones pertenecían a un nivel superior de pureza sobre las mujeres, siempre sospechosas de impurezas por su menstruación y los partos. Los sanos gozaban de la predilección de Dios, mientras que los leprosos, los ciegos, los tullidos…. considerados como <<castigados>> por algún pecado, eran excluidos del acceso al Templo. Esta religión generaba barreras y discriminación. No promovía la mutua acogida, la comunión y la fraternidad.

Jesús lo captó enseguida. <<Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso>>Es la misericordia y no la santidad el principio que ha de inspirar la conducta humana. Dios es grande y santo, no porque rechaza a paganos, pecadores e impuros, sino porque ama a todos sin excluir a nadie de su misericordia. Dios no es propiedad de los buenos. Su amor misericordioso está abierto a todos. <<El hace salir su sol sobre buenos y malos>> (Mateo 5,45).

Movido por la misericordia del Padre, la primera mirada de Jesús no se dirige al pecado de los otros, sino a su sufrimiento.

La clave desde la que Jesús vive a Dios no es propiamente el pecado, sino el sufrimiento. La actuación profética del Bautista estaba pensada y organizada en función del pecado. El Bautista no parece ver el sufrimiento: no se acerca a los enfermos ni los cura. No limpia a los leprosos, no libera a los poseídos, no acoge a las prostitutas. No abraza a los niños de la calle, no come con pecadores, no hace gestos de bondad. Su actuación es estrictamente religiosa.

Por el contrario, la primera preocupación de Jesús es el sufrimiento y la marginación que sufren las gentes enfermas y desnutridas de Galilea, la defensa de aquellos campesinos explotados por los poderosos terratenientes.

Por decirlo de alguna manera, en la actuación de Jesús es más determinante suprimir el sufrimiento y humanizar la   vida que denunciar los pecados y llamar a penitencia a los pecadores.

En nuestros tiempos hemos de recuperar este rasgo de la espiritualidad de Jesús, que movido por la misericordia del Padre, hace del sufrimiento de sus hijos su primera preocupación.

Como ha denunciado repetidamente el teólogo alemán Johann Baptist Metz <<la doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado demasiado el problema del pecado mientras ha relativizado el problema del sufrimiento>>.

Para no pocos, esta es la gran herencia de Jesús a la humanidad y, sin duda, una de las claves más importantes del Evangelio para construir también en nuestros días un mundo más digno, más justo y fraterno.

5 Espiritualidad orientada a sanar al ser humano

Movido por su experiencia interior de un Dios Abbá, que es un misterio de bondad y misericordia, Jesús orienta su vida hacia los que más sufren, los maltratados por la vida, los olvidados por la sociedad, los que viven agobiados por el mal y excluidos de una vida sana.

Jesús proclama la cercanía del Padre-Madre curando y aliviando el sufrimiento. Anuncia la salvación de Dios introduciendo en el mundo salud.

Los enfermos que encuentra Jesús en su camino son, sin duda, el sector más desvalido y marginado de aquella sociedad.

No experimentan su desgracia como un problema médico, sino como una exclusión injusta de la vida: no pueden vivir como los demás. La mayor tragedia de estos enfermos es sentirse olvidados por Dios. La exclusión del Templo les confirma lo que experimentan en el fondo de su enfermedad: Dios no los quiere, no pueden confiar en él. Jesús transformará radicalmente su existencia.

Jesús pone al enfermo en contacto con esa parte de su ser que está todavía sana para suscitar el deseo de vida que se esconde en todo ser humano: <<Tú, ¿quieres curarte?>> : << Levántate y vete, tu fe te ha salvado>>.

Desata las ataduras y esclavitudes para vivir en libertad: <<Mujer, quedas libre de tu enfermedad>>. Devuelve de nuevo la convivencia: <<Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa>>.

Jesús nunca pensó en sus curaciones como una forma fácil de suprimir el sufrimiento en el mundo, sino como signo para indicar la dirección en que hemos de trabajar para acoger e introducir entre nosotros el reino de Dios.

Pensemos en su preocupación por curar la religión rebelándose contra tantos comportamientos patológicos de raíz religiosa (legalismo, hipocresía, rigorismo, culto vacío ). Jesús es un gran curador de la religión.

Es significativo que, al confiar su misión a sus discípulos, Jesús hable invariablemente de una doble tarea;<<Id y anunciad el reino de Dios>>, <<Id y curar>>.

Ha llegado la hora de recuperar una espiritualidad orientada a curar la vida enferma de no pocos hombres y mujeres de la sociedad posmoderna de nuestros días.

6 Espiritualidad comprometida en abrir caminos al proyecto humanizador del Padre

<<El tiempo se ha cumplido. El reino de Dios está cerca>> ya está aquí Dios, con su fuerza creadora de justicia, buscando reinar entre nosotros.

Por eso podemos decir que en el centro del mensaje de Jesús no nos encontramos propiamente con una <<doctrina religiosa>>, sino con una llamada a la esperanza: <<El reino de Dios está cerca. Cambiad de manera de pensar y de actuar. Creed en la Buena Noticia>>(Marcos 1,15). Lo comento brevemente:

a)     El reino de Dios está cerca. Jesús vive como un Padre-Madre que está cerca de nosotros. No quiere quedarse lejos ni dejarnos solos ante nuestros problemas, conflictos y sufrimientos. Está buscando abrirse camino en nosotros y entre nosotros para hacer más humana la vida de todos. Jesús llama <<reino de Dios>> a la vida tal como la quiere construir Dios.

b)    Convertíos: cambiad de manera de pensar y de actuar. Jesús es muy realista. Dios no puede cambiar el mundo sin que nosotros cambiemos. Su voluntad de humanizar la vida se va haciendo realidad en nuestra respuesta a su proyecto humanizador.

c)     Creed la Buena Noticia. Esta es la gran llamada de Jesús. Creed la Buena Noticia de Dios. Acoged su proyecto humanizador

Podemos decir que el centro de la experiencia interior de Jesús no lo ocupa propiamente Dios, sino <<el reino de Dios>>,pues Jesús no separa nunca a Dios de su proyecto de humanizar la vida y transformar el mundo.

Este proyecto del <<reino de Dios>> no es una religión. Es mucho más. Va más allá de las creencias, preceptos y ritos de cualquier religión. Es una espiritualidad revolucionaria que puede contribuir a humanizar la sociedad posmoderna de nuestros días.

7 Espiritualidad que nos orienta hacia los últimos

Comprometerse en abrir caminos al proyecto humanizador del Padre-Madre lleva a Jesús a orientar su vida hacia los más pobres y necesitados.

Los primeros en experimentar una vida más humana, digna y liberada han de ser aquellos para los que la vida no es vida.

<<El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor>>(Lucas 4, 16-22)

Se habla de cuatro grupos de personas: los <<pobres>> los <<cautivos>>, los <<ciegos>> y los <<oprimidos>>, Ellos representan y resumen la primera preocupación espiritual de Jesús: aquellos a los que lleva más adentro de su corazón.

Ese mismo Espíritu envía también a Jesús al encuentro con las mujeres de su tiempo. Dominadas por los varones, al servicio de sus esposos en el hogar, sin poder tomar parte en la vida social y marginadas de la vida religiosas, eran sin duda el sector más necesitado de liberación. Critica una sociedad patriarcal que favorece una relación de dominio y de poder del varón sobre la mujer.

Por eso concibe su movimiento de seguidores- hombres y mujeres- como un <<espacio sin dominación masculina >>.

Las mujeres son aceptadas por Jesús como discípulas en el mismo plano que los varones. Hombres y mujeres constituyen un discipulado de iguales al servicio de un mundo sin dominación masculina.

8 Espiritualidad creadora de responsabilidad ecológica

Ya no es posible ignorar por más tiempo los dramáticos retos a los que nos vemos enfrentados en nuestros tiempos. La constatación de la fuerza irresponsable y destructora de los abusos del poder tecnológico <<nos muestran que el proyecto creador de Dios de una tierra llena de justicia y de paz está siendo aniquilado por los hombres.

a)     Una mirada nueva sobre la tierra

Jesús no vive encerrado en su propia interioridad, sino con los ojos muy abiertos a la vida que le rodea, en comunicación espontánea con el entorno natural de Galilea. El mundo ha brotado de la bondad de Dios como un regalo al ser humano.

Pero Jesús, ve la tierra, sobre todo, como el lugar donde hay que abrir caminos al reino de justicia y de paz que Dios quiere para todos. Ese Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una raza, a un pueblo, a una religión. Dios es de todos:<<Hace salir su sol sobre buenos y malos. Manda la lluvia sobre justos e injustos>>. El sol y la lluvia son de todos.

Desde este modo de situarse ante el mundo, Jesús nos invita a mirar nuestro planeta con una mirada que supera la posesión insolidaria de la tierra y la depredación irresponsable del mundo natural. Para quien vive del espíritu de Jesús, no solo es importante su pueblo, nación o religión, sino la suerte de todos los pueblos y todas las religiones, el futuro de la humanidad total.

b)    Una nueva cultura de la solidaridad

La mirada nueva no basta. Es necesario reforzar el vínculo de solidaridad entre todos los seres que habitan esa casa que es la tierra. Es necesaria una revolución de las conciencias. Como decía Mahatma Gandhi, <<el planeta ofrece cuanto el hombre necesita, pero no , cuando el hombre codicia>>. Es necesario impulsar una dinámica espiritual que haga posible una comunicación más justa y solidaria entre todos los pueblos de la tierra.

Los cristianos hemos de estrenar de nuevo la oración gastada de Jesús invocando al Padre de todos con una pasión nueva: <<Venga tu reino de Danos justicia, paz y vida a todos los pueblos de la tierra. tu pan para que lo compartamos con los hambrientos. Danos tu perdón que nos libere de nuestra ceguera y egoísmo cruel. Libera al mundo del mal.

Hemos de leer las bienaventuranzas en el escenario del mundo actual. Jesús quiere dejar claro que los que no interesan a nadie interesan a Dios; los que sobran en los imperios construidos por los hombres tienen un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen una religión que los defienda tienen a Dios como Padre. Todos han de saber que los que son víctimas de la injusticia mundial son hijos predilectos de Dios.

Por eso, desde los países satisfechos del bienestar hemos de escuchar la llamada de Jesús a no vivir <<acumulando para nosotros mismos>>.

Y así somos también hoy los países del bienestar: nos creemos sociedades inteligentes, democráticas y progresistas, y solo somos unos imbéciles crueles y ciegos que vivimos de la miseria de millones de seres humanos, de la que, en buena parte, somos responsables por nuestra injusticia y nuestra falta de solidaridad.

Es más urgente y necesaria que nunca en el mundo una fuerte corriente espiritual que despierte cada vez en más en nuestras conciencias la indignación: << ¡Basta de tanta insensatez y crueldad!>>. Hemos de dar pasos hacia la <<civilización de la sobriedad>> (José Ignacio González Faus).

 

José Antonio Pagola