Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

29 de octubre de 2021

EVANGELIO DOMINGO 31-OCTUBRE-2021

 

                              LO DECISIVO ES AMAR

 

En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó:

¿Qué mandamiento es el primero de todos?

Respondió Jesús:

El primero es: <<Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente>>. El segundo es este: <<Amarás a tu prójimo como a ti mismo>>. No hay mandamiento mayor que estos.

El letrado replicó:

Muy bien Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios.


Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

No estás lejos del reino de Dios.

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas (Marcos 12, 28-34).

 

LO DECISIVO EN LA VIDA

A Jesús le hicieron muchas preguntas. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a vivir de manera sabia.

Jesús le responde con una palabras que tanto el letrado como el mismo han pronunciado esa misma mañana al recitar la oración del Shemá: <<Escucha, Israel, el Señor es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser >>.


A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha preguntado: << El segundo mandamiento es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”>>. Esta es la síntesis de la vida.

<<Amar>> es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Sin amor no hay progreso.

Para Jesús, <<Dios>> y <<prójimo>> son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.

El riesgo de distorsionar la vida desde una religión <<egoísta>> es siempre grande.

No hay un ámbito sagrado en el que podamos estar a solas con Dios ignorando a los demás. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidando a los que sufren.

LO PRIMERO DE TODO

Hay pocas experiencias cristianas más gozosas que la de encontrarse de pronto con una palabra de Jesús que ilumina lo más hondo de nuestro ser con una luz nueva e intensa.

Jesús no duda. Lo primero de todo es amar. El amor es lo que verdaderamente justifica nuestra existencia. La savia de la vida. La clave de nuestra vida personal y social.

Personas de gran inteligencia, con asombrosa capacidad de trabajo, terminan siendo mediocres, vacíos y fríos cuando se cierran a la fraternidad y se van incapacitando para el amor, la ternura o la solidaridad.

Por el contrario, hombres y mujeres de posibilidades aparentemente muy limitadas, poco dotados para grandes éxitos, terminan con frecuencia irradiando una vida auténtica a su alrededor sencillamente porque se arriesgan a renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir con atenta generosidad hacia los demás.

EL AMOR SE APRENDE

Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. Hay quienes piensan que el amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que alguien los ame. En general terminan siendo bastante desdichados.

Otros están convencidos de que amar es algo sencillo, y que lo difícil es encontrar personas agradables a las que se les pueda querer. Estos solo se acercan a quienes les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su <<amor>> se desvanece.

Hay quienes confunden el amor con el deseo. Cuando dicen <<te quiero>>, en realidad están diciendo <<te deseo>>, <<me apeteces>>

Cuando Jesús habla del amor a Dios, está pensando en otra cosa. Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida.

Pero, concretamente, ese <<amar al prójimo como a uno mismo>> requiere un verdadero aprendizaje. La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que vive. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

INTRODUCIR EL AMOR EN LA CULTURA MODERNA

La cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y el rendimiento material. Tiene miedo al corazón.

Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o necesitadas. Se la encierra en las instituciones y se las pone en manos de los servicios sociales. Es lo mejor para todos.


El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no deseamos encontrarnos con quienes están en paro. Nos molestan aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o del amor.

Vamos levantando entre nosotros toda clase de barreras invisibles. No queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los africanos, pues su presencia nos parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierra en su pequeño mundo para defenderse mejor.

Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo en la producción, el crecimiento económico o la competitividad.

Nuestra filosofía reposa sobre cuatro principios: <<rentabilidad inmediata, seguridad de emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un patrimonio generador de plusvalía>>

Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida <<el amor al prójimo>>

La gran tarea de los seguidores de Jesús es introducir el <<amor real>> en esta cultura que solo genera <<egoísmo sensato y bien organizado>>. Gritar una y otra vez que sin amor nunca se construirá un mundo mejor.



Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita.

Por eso es bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús: <<Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón…Amarás a tu prójimo como a ti mismo>>. Han de resonar con fuerza en nuestras comunidades cristianas.

EL AMOR NO VAN CONTRA LA CIENCIA

Hace algunos años tuvo amplio eco entre los teólogos un estudio de Bernard Lonergan titulado Método en teología.

Es sabido que el método científico se funda básicamente en la observación y la experimentación.

Este método, observa Lonergan, no conduce más allá de este mundo. La ciencia en sí misma no lleva hasta Dios ni puede hacerlo. El método científico tiene sus límites. Ayuda a conocer mejor como funcionan las cosas, pero no puede avanzar en el conocimiento del misterio último que sostiene y da sentido a toda esa realidad conocida científicamente.

Para abarcar toda la realidad es necesario además <<ser responsable>> y buscar el bien del hombre (conversión ética) y es necesario <<mirar con amor>> el misterio último de la realidad (conversión religiosa).

Dios siempre se nos ofrece como misterio, y la ciencia lo sabe, pues Dios <<escapa>> constantemente a sus métodos. El camino del científico hacia Dios, como el de todo ser humano, no es la experimentación razonada, sino el amor. Del amor proviene la sabiduría que permite abrirse hacia el misterio que rodea a la vida humana y que envuelve al mundo.

También el científico ha de escuchar el gran precepto: <<Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser>>. Este amor no va contra la ciencia y puede desencadenar en el científico un modo de pensar, sentir, decidir y actuar que le permite vivir religado al Misterio último de Dios de manera honesta y responsable.

José Antonio Pagola


Al tiempo que estudiábamos los “mandamientos de la Ley de Dios”, surgía en nuestras mentes infantiles la imagen de un Dios Juez absoluto y arbitrario -podía hacer lo que quisiera-, que exigía, por encima de todo, ser obedecido. Explicado con categorías actuales, tal imagen de Dios se caracterizaba por la auto-referencialidad, por lo que aparecía como un gran Narciso caprichoso y pronto a la ira cuando sus mandamientos eran desobedecidos.

Uno de los errores graves de la religión -aunque sea comprensible si tenemos en cuenta el momento histórico en que nace- fue justamente el de leer los “mandamientos” desde la heteronomía.

Tal idea presuponía una cosmovisión -Dios habitando en un “piso” superior al de la creación- y una determinada concepción de la autoridad -omnímoda, arbitraria e incuestionable-. Y daba como resultado, por un lado, la imagen de un Dios antropomorfo empeñado en que hiciéramos lo que él quería y, por otro, en los creyentes, una actitud infantiloide de sometimiento pasivo, aderezado con miedo y resentimiento.

La propia evolución de la consciencia en nosotros va haciendo posible la superación de aquellas imágenes míticas, en la medida en que nos abre a una comprensión mayor.

Los llamados “mandamientos” no son caídos del cielo -no hay un dios que los haya entregado escritos en las “Tablas de la Ley” a Moisés en el monte Sinaí, a no ser que caigamos en la que he llamado «sutil trampa teísta»-, sino un constructo mental, plasmación de aquello que los seres humanos han ido descubriendo como “reglas” para ordenar su convivencia y responder a las circunstancias de la manera más sabia posible.

En este sentido, los mandamientos son expresión de la comprensión: aquello que los humanos creían ir comprendiendo lo plasmaban, con mayor o menor acierto, en forma de “mandato”.

Si así fueron escritos, ahí también se halla la clave para una lectura adecuada. Por ejemplo, cuando en el “primer mandamiento” se dice que “amarás al Señor tu Dios” y “al prójimo como a ti mismo”, no se está dando una orden heterónoma, nacida de alguna voluntad superior. Se está expresando una verdad profunda: la unidad de todo lo real. De modo que, en un lenguaje laico, no teísta, podría formularse de este modo: “Cuando comprendes lo que somos, amas lo que es y vives la unidad -el amor- con todo”. Si, más allá de la infinidad de formas diferentes, lo realmente real -el fondo de todas las formas- es uno, solo cabe una actitud adecuada: el amor, entendido como certeza de no separación, que genera un comportamiento en esa misma línea.

¿Cómo veo la realidad? ¿Cómo veo a los otros?

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)