Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo: Ana Isabel Pérez y Martín Valmaseda

20 de marzo de 2021

El Evangelio del Quinto domingo de Cuaresma y la reflexión de Pagola

 EL ATRACTIVO DE JESÚS

 


En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos gentiles; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

Señor, queremos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Felipe fueron a decírselo a Jesús.

Jesús les contestó:

Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo:

Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo:

Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí. ( Juan 12, 20-33).

 

EL ATRACTIVO DE JESÚS


El amor es invisible. Solo lo podemos captar en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, solo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Solo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: <<Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto>>. Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: quien se agarra egoístamente a su vida la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o su seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quién se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vivir y de morir?

 

ATRAÍDOS POR EL CRUCIFICADO


Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: <<Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí>>.

Cuando Jesús sea alzado en una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y solo amor hacia todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.

Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios

Todo arranca de un deseo de <<servir>> a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir solo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, como nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.

Esto significa compartir su vida y su destino: <<Donde esté yo, allí estará mi servidor>>. ¿Cómo sería una Iglesia <<atraída>> por el Crucificado, impulsada por el deseo de <<servirle>> solo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?

 

UNA LEY PARADÓJICA

 

Pocas frases encontramos en el evangelio tan desafiantes como estas palabras que recogen una convicción muy de Jesús: <<Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto>>.

La idea de Jesús es clara. Con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo, que tiene que morir para liberar toda su energía y producir un día fruto. Si <<no muere>> se queda encima del terreno. Por el contrario, si <<muere>> vuelve a levantarse trayendo consigo nuevos granos y nueva vida. Pero al mismo tiempo, invita a sus seguidores a vivir según esta misma ley paradójica: para dar vida es necesario <<morir>>.

No se puede engendrar vida sin dar la propia. No es posible ayudar a vivir si uno no está dispuesto a <<desvivirse>> por los demás. Nadie contribuye a un mundo más justo y humano viviendo apegado a su propio bienestar. Nadie trabaja seriamente por el reino de Dios y su justicia si no está dispuesto a asumir los riesgos y rechazos, la conflictividad y persecución que sufrió Jesús.

Nos estamos acostumbrando a vivir cerrando los ojos al sufrimiento de los demás. Parece lo más inteligente y sensato para ser felices. Es un error. Seguramente lograremos evitarnos algunos problemas y sinsabores, pero nuestro bienestar será cada vez más vacío y estéril, nuestra religión cada vez más triste y egoísta. Mientras tanto, los oprimidos y afligidos quieren saber si le importa a alguien su dolor.

 

NO SE AMA IMPUNEMENTE

 

Pocas frases tan provocativas como las que escuchamos hoy en el evangelio: <<Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto>>. El pensamiento de Jesús es claro. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede hacer vivir a los demás si uno no está dispuesto a <<des-vivirse>> por los otros. La vida es fruto del amor, y brota en la medida en que sabemos entregarnos.

Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Bastaría con cerrar los ojos ante los sufrimientos ajenos y encerrarnos en la búsqueda egoísta de nuestra dicha. Pero siempre sería a un precio demasiado elevado: dejando sencillamente de amar.

Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede vivir indiferente al sufrimiento grande o pequeño de las gentes. El que ama se hace vulnerable. Amar a los otros incluye sufrimiento, <<compasión>>, solidaridad en el dolor. <<No existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno>>( K.Simonov). Esta solidaridad dolorosa hace surgir salvación y liberación para el ser humano. Es lo que descubrimos en el Crucificado: salva quien comparte el dolor y se solidariza con el que sufre.

 

ANTE LA ENFERMEDAD

 

En cualquier caso, la enfermedad puede ser una experiencia de crecimiento y renovación si el enfermo acierta a vivirla de manera positiva. He aquí algunas sugerencias.

Al mismo tiempo, en esas largas horas de silencio y dolor, el enfermo comienza a revivir recuerdos gozosos y experiencias negativas, deseos insatisfechos, errores y pecados. Y surgen de nuevo las preguntas: ¿esto ha sido todo? ¿Para qué he vivido hasta ahora? ¿Qué sentido tiene vivir así?. Es el momento de reconciliarse consigo mismo y con Dios, confesar los errores del pasado y acoger en nosotros la paz y el perdón.

Pasarán los días y las noches. El organismo se curará, o, tal vez, caerá en un proceso incurable. Pero, siguiendo a Cristo, más de uno podrá descubrir que el grano que muere da fruto, el sufrimiento purifica y la enfermedad puede conducir a una vida más sana.

 

José Antonio Pagola