Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

Cena Ecológica, parte de la pintura de Maximino Cerezo arreglo de Ana Isabel Pérez y Martín Valmased

12 de marzo de 2021

Leer y meditar el Evangelio de Jesús

 

                LEER Y MEDITAR EL EVANGELIO DE JESÚS

 Antonio Pagola

Para contribuir a la renovación interior de nuestro cristianismo y actualizar la espiritualidad de Jesús en nuestros días hemos de aprender a leer y meditar el Evangelio.

1 La fe cristiana como estilo de vida




Poco a poco vamos tomando conciencia de que el cristianismo no puede quedar reducido simplemente a una confesión de contenido doctrinal, sino que ha de ser cada vez más un estilo de vivir que vamos aprendiendo día a día de Jesús, nuestro Maestro interior. Si queremos caminar hacia la renovación interior de nuestra fe cristiana, es importante y decisivo entenderla no como una concepción doctrinal, sino como un estilo de vivir, inspirado desde sus raíces más profundas en Jesús.

Este estilo de vivir no desde una concepción doctrinal, sino desde la experiencia aprendida de Jesús como Maestro interior, posee su propia coherencia y puede ser vivido en cualquier época y en cualquier cultura.

Lo característico de este estilo de vivir es su inspiración interior en Jesús. Esta fuerza para aprender a vivir y morir, está en el corazón del cristianismo, pues Jesús, su Señor y Maestro, está en el interior de cada cristiano.

Jesús nos enseña un estilo de vivir donde se pueden abrir caminos a ese proyecto humanizador del Padre que Jesús llamaba <<reino de Dios>>. Sus <<palabras>> no son un código de normas estrictas; son <<espíritu y vida>> (Juan 6,63). Sus <<actuaciones>> no son una colección de historias ejemplares, sino gestos que despiertan nuestra creatividad para dar pasos hacia un mundo más digno, solidario y fraterno. Nos abre el horizonte a un mundo nuevo, que debemos construir entre todos.

2 Recuperar la fuerza renovadora del Evangelio

Tal como es vivida con frecuencia en nuestras comunidades, la fe no suscita <<discípulos>> que viven aprendiendo el estilo de vida de su Maestro y Señor Jesús, sino adeptos de una religión. No engendra <<seguidores>> que identificados con su proyecto, se entregan a abrir caminos al Reino de Dios, sino miembros de una institución que cumplen fielmente lo establecido.

No conduce a interiorizar las actitudes esenciales de Jesús, sino que lleva más bien a observar las obligaciones religiosas. Observancia de una práctica litúrgica inamovible a pesar de que no alimente de ordinario la comunión vital con Cristo; insistencia en ciertas verdades doctrinales, aunque no abran los corazones a la experiencia del Dios vivo encarnado en Jesús. A nuestro cristianismo le falta la adhesión vital que nos transforme en discípulos y seguidores de Jesús.

El papa Francisco nos marca el camino. El principio y motor de toda renovación hemos de encontrarlo en <<volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio>>(Evangelii gaudium 11).

Muchos cristianos viven hoy sin encontrarse directamente con el Evangelio de Jesús. Cada vez son más los que, aburridos de esa religión, abandonan la Iglesia. Como dice el papa Francisco, han escuchado una <<multitud de doctrinas que se les intenta imponer a fuerza de insistencia>>. Muchos cristianos solo conocen el Evangelio <<de segunda mano>>.

Esta es hoy la pregunta clave: ¿hemos de seguir trabajando como siempre, tratando de responder a las necesidades religiosas desde esa Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o recuperamos cuanto antes el Evangelio de Jesús como fuerza decisiva, capaz de atraer a las mujeres y los hombres de hoy engendrando en ellos una fe renovada?

3 Los evangelios, relatos con fuerza renovadora

Si nos remontamos a los inicios del cristianismo, descubrimos que el Evangelio de Jesús es la fuerza decisiva que promueve el nacimiento de las primeras comunidades. El hecho decisivo es la Buena Noticia de Jesús.

El Evangelio no es una doctrina, tampoco una religión. El Evangelio de Jesús, el Cristo, es su vida, su mensaje, su muerte y resurrección. En el inicio del cristianismo, el Evangelio circula lleno de vida entre los cristianos, sosteniendo y haciendo crecer la fe en las comunidades.



En otra carta, escrita entre los años 60 a 65, Pablo de Tarso dice a su comunidad más querida que <<lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo>>(Filipenses 1,27).El Evangelio es la gran fuerza que impulsa y dinamiza la vida de las comunidades.

El Concilio Vaticano II, para renovar y reavivar la fe cristiana nos ha recordado que <<el Evangelio es, en toda época, el principio de toda su vida para la Iglesia>> (Lumen Gentium 20). Ha llegado el momento de entender y organizar la comunidad cristiana como un espacio donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús. Nuestras parroquias necesitan conocer la experiencia directa e inmediata del Evangelio.

Los cuatro relatos que narran de forma compendiada y simplificada la actuación y las palabras de Jesús. En ellos se recoge con fe y con amor lo esencial vivido por los primeros cristianos que se encontraron con él y siguieron su llamada.

Cuando nos hablan de Jesús, no están hablando de un personaje del pasado. Sino de alguien actual en sus vidas. Por eso, cuando recuerdan de nuevo sus palabras, no las recogen como si fuera el testamento de un maestro del pasado, sino como palabras de Jesús resucitado, que está vivo y les sigue hablando también ahora desde su interior.

Pero estos escritos no recogen solo sus palabras. Nos hablan también de los hechos de Jesús, su actividad, su actuación. La acción salvadora de Jesús no ha terminado con su muerte.

El que ofrecía el perdón gratuito del Padre a los pecadores nos lo sigue ofreciendo también ahora a nosotros. Lo importante no es saber que Jesús curó ciegos, limpió leprosos, hizo caminar a los paralíticos, sino experimentar que Jesús sigue iluminando nuestra existencia, limpiando nuestra vida, haciéndonos más humanos y salvando lo que, con frecuencia nosotros echamos a perder.

Si vivimos nuestra relación con Jesús meditando los evangelios con cierta hondura, nos daremos cuenta de que nuestra fe no brota de la confesión de verdades doctrinales ni se sostiene en razones o argumentos teológicos, sino que proviene del misterio insondable de Dios, nuestro Padre-Madre, que nos trabaja interiormente por medio del Espíritu de Jesús, nuestro Maestro interior.

Cada uno de nosotros lo podemos experimentar así: mi seguimiento a Jesús se alimenta de algo que no es simplemente mi convicción, mis razones o mi voluntad; me siento atraído por Jesús, no por lo que sé acerca de él ni por lo que me han podido enseñar sobre él, sino porque está vivo en lo más íntimo de mi ser.

4 El Espíritu vivificador de Jesús resucitado

Jesús resucitado infunde en ellos su aliento y les dice: <<Recibid el Espíritu Santo>> (Juan 20,22). Si los seguidores de Jesús perdemos el contacto interior con el Resucitado, nuestras comunidades se quedan sin su <<Espíritu vivificador>> (1 Corintios 15,45)

Sin la obediencia al<<Espíritu vivificador>> del Resucitado, los cristianos caemos fácilmente en la obediencia a falsos señores impuestos desde fuera o desde dentro. Sin embargo, no hemos de olvidar nunca que la Iglesia no es de la jerarquía ni del pueblo, no es de la derecha ni de la izquierda, no es de los teólogos ni de los párrocos, no es de estos obispos ni de aquellos, no es de este papa ni del anterior. La Iglesia es de su Señor, el Resucitado.

Tal vez la primera palabra que hemos de recordar del Resucitado en nuestras parroquias y comunidades sea esta: <<Recibid el Espíritu Santo>>.

 

Próximo capítulo : EL SILENCIO INTERIOR, EJE DE LA LECTURA ORANTE DEL EVANGELIO.